El fin de las consignas

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Por: Giordan Rodríguez Milanés

Para propósitos concretos, en contextos peculiares, una consigna puede compulsar al hombre-masa. Si tienes que cerrar la aspillera con los cuerpos de tu escuadra y notas algún remilgo ante la certeza de la muerte, el grito de “hurra” funcionará lo mismo que “por Santiago” o “a degüello».  Quienes lo escuchen, apreciarán que el sujeto emisor resume en sí mismo el coraje, la voluntad y la disposición de todos a enfrentar el posible último instante.  A veces es tanta la autoridad moral de la persona al mando que basta un gesto silencioso para mover los mismos resortes que la más sintética y resonante consigna. Cuentan que Antonio Maceo no necesitaba arengar. A él le precedían sus victorias y sus heridas.

Los buenos propagandistas saben que los lemas son expresiones con vida limitada, tan limitada que, a veces, sólo perduran si logran su objetivo o no cambian la circunstancia que los hace eficientes. Digamos que: “Patria o Muerte”, en lo personal, tiene plena vigencia. Mientras exista una aspillera por cerrar, habrá un “hurra” por gritar. Pero en contextos que superan esa relación binaria, no pocas veces fortuita, entre la vida y la muerte, las consignas son también una trampa para quien las dice, para quien las escucha, para quien las repite, se enquista en ellas y no evoluciona. Aquí pueden llegar a ser la distorsión de un fundamento propagandístico que pretende sustituir  la realidad, la verdad y el resultado tangible, por una oración psicológica más o menos biensonante.

Cuando gritas “¡No pasarán!”, no lo haces para connotar una alternativa de “pasarán”, sino para denotar la imposibilidad absoluta de que pasen. Porque el carácter de una consigna, como el de una señal de tránsito, por ejemplo, es denotativo y no connotativo. O sea, cuando el semáforo está en verde, está diciendo: “Adelante”, no está diciendo “Adelante si esto…” o “Adelante si lo otro”.

De tal modo Somos continuidad no me parece una buena consigna en el contexto cubano actual urgido de cambios. Primero porque es ambivalente y polisémica. Toda continuidad implica la consecución de un cambio sin ruptura pero, en ningún caso, la continuidad denota la alternativa de una ruptura parcial. La representación semiológica que tenemos de lo continuo  se asocia con el hilo de Ariadna. Si se rompe el hilo, nos perdemos en el laberinto. Si se produce la ruptura, no llegamos al final del camino. Si no se es continuidad, no se logra la meta, lo cual constituye una antítesis puesto que todo cambio implica, al menos, una ruptura parcial.

Un físico me dirá que toda recta está “afectada” por la curvatura del universo, y es verdad. En la corriente alterna, la reflexión y los resortes, la continuidad ciertamente posee condición oscilante, sinusoidal. Pero nuestra tendencia a simplificar la imagen semiológica de un concepto o fenómeno nos hace representarnos la trayectoria como una recta continua o bien como una circunsferencia.  Una recta si se segmenta, se convierte en discontinua. Una circunferencia tiene el fatal destino de siempre volver al punto de partida. Si se le mira en una perspectiva tridimensional pudiera apreciarse como una espiral pero esa es una representación demasiado elaborada para que el común de las personas la asocie con una consigna.

Si somos continuidad en el sentido directo y unidireccional de la interpretación de la  propaganda, entonces: ¿Somos continuidad de la creación y desarrollo de instituciones culturales libertarias como el ICAIC  tanto como la censura a un documental (sesgado, ya lo he dicho) que nos presenta los actos de repudio contra los marielitos? ¿Somos continuidad de la ofensiva del 68 tanto como en el Nuevo Modelo Económico? ¿Somos continuidad de la exclusión propia del Quinquenio Gris tanto como en la inclusión propia del CENESEX?

¿Somos continuidad para “cambiar  lo que debe ser cambiado”? ¿Y cómo “cambiar lo que debe ser cambiado” sin una ruptura con los errores que hacen negativa  u obsoleta  determinada política? ¿Cómo ser continuidad en la relación con los emigrados sin una ruptura con una resolución anticonstitucional que declara desertores a un grupo de médicos, y les prohíbe visitar a su familia por ocho años? ¿Es que la Revolución no ha crecido lo suficiente, desde los sus componentes axiológicos y de derecho, como para superar ya ese asunto de no permitirle a alguien que salga del país, o de su casa, o exprese lo que sienta y crea como lo sienta y crea aun cuando esté profundamente equivocado?

Pero asumamos que soy un equivocado y que sí, que pueda existir una alternativa de continuidad que rompa parcialmente con el pasado, que rompa únicamente con aquello que nos avergüenza y no nos deja avanzar. Eso sería una continuidad proyectada como negación dialéctica en forma de espiral que, sin bien no puede atraparse en una consigna, para mí sería valedera.  ¿Cómo y cuándo nuestros gobernantes se van a pronunciar claramente acerca de aquello con lo que rompemos y aquello con lo que continuamos? ¿Cuándo van a reconocer a la más alta instancia que la ofensiva del 68 demostró ser un disparate, que la UMAP fue un atropello a la dignidad humana,  que los actos de repudio son acciones vergonzosas, que los no revolucionarios tienen los mismos derechos ciudadanos que los revolucionarios?

¿Cuándo le vamos a enseñar a nuestros hijos y nietos que las revoluciones no son juegos de muñecos ni maquillajes para barbies, que tienen un alto costo de sufrimiento y desasosiego, incluso, para quienes la defienden? ¿Cuándo vamos a romper con la censura de modo que la vocación libertaria de la Revolución, cuya imprenta nacional publicó El Quijote como primera obra, sea continuidad?

Todo tiene su tiempo. El  de las consignas se ha terminado. Algunos no lo acaban de entender. Así como se ha acabado el tiempo de la repetición acrítica, los coros y las claques. Lean en la biografía de Fidel Castro escrita por Ignacio Ramonet cuando dice que la batalla de ideas son realizaciones concretas. Una consigna, en ningún caso, es una realización concreta. No pasa de ser una representación semántica más o menos efímera en las mentes del hombre-masa. Y ya es hora de que nos propongamos superar el concepto del hombre sumido en el montón, y trabajar por el Ser Humano pleno y libre. Porque sin libertad individual, no hay país libre, ni verdadera soberanía, ni autodeterminación.