Lo que aprendí con el caso Alcántara

Foto: Maria Matienzo Puerto/Cubanet

Por: Giordan Rodríguez Milanés

La detención gubernamental de un artista de la plástica en Cuba por «actos denigrantes contra la bandera», nos obliga a reflexionar sobre los cambios ocurridos en la sociedad cubana.

Los símbolos son objetos a los cuales adjudicamos cierto valor según la perspectiva de los sujetos que los usan.  Lo que pueda haber de sagrado en los símbolos depende de nuestra interpretación individual y la conciliación social de su significado. Por mucho que un artista pretenda reconfigurar el significado que le adjudicamos a un objeto, tal empeño no es posible hasta que un sector de la sociedad concilie y legitime esa trascendencia.

No voy a entrar a discutir si lo que hace Luis Manuel Otero Alcántara es arte o no. Si arte es toda creación humana que provoca en otros una respuesta que supera lo utilitario, entonces el arte es relativo a los grupos o sectores sociales que lo interpreten como tal, más allá de que lo acepten las instituciones o no.

En alguna medida, en Cuba la mayoría hemos sido afectados por los manuales soviéticos de estética que, durante todo el siglo XX, nos enseñaron en escuelas y universidades. Allí el arte tiene un componente axiológico insoslayable en su función social: debía  contribuir al “trabajo político-ideológico”. Visto desde esa óptica, defecar acompañado de la bandera sería, efectivamente, una aberración y no un performance, entendida la bandera como símbolo sagrado de la Patria. En tal caso, el performance de Alcántara sería eso, una aberración, no un delito. Solo una aberración, como algunos consideran las parafilias y excitarse con la imagen de un blúmer de Marilin Monroe, pero por eso no juzgamos  a nadie, que yo sepa. Y menos en Cuba, donde un violador de perros anda suelto y feliz por las calles de La Habana a pesar de las constantes denuncias de los animalistas.

Si llegamos al punto en que parte de la sociedad cubana entiende que el arte no debe auto-limitarse en aras de cumplir el componente axiológico de su función social. Si hemos llegado al punto en que un sector de la juventud entiende que la bandera no es un símbolo sagrado como para no ir a defecar con ella. Si llegamos al punto en que un grupo de dirigentes no puedan notar cuándo la bandera está al revés durante semanas. Nada de eso lo vamos a resolver con detenciones, juicios, escándalos y encarcelamientos.

Tampoco el resto de  la sociedad  tiene por qué quedarse inerte ante quien, con la intención que sea, mancille los símbolos patrios. Pero no es con prisión o con regalarles un «héroe» a los serviles del imperio de turno como vamos a lavar la afrenta, si la hubiera. Y más allá de que Luis Manuel Otero Alcántara sea un artista o no, que su performance clasifique como obra artística o no, quienes decidieron juzgarlo lo único lograron fue convertirlo en el “héroe” que nunca ha sido.

 ¿Dónde estudió Alcántara? ¿En una primaria en un barrio blanco de Miami? ¿En una secundaria privada con hijos de los fascistas del Partido Republicano? Si fuera un testaferro del odio y un mercenario: ¿ante los ojos de quiénes se hizo tal? Aquí el problema es cuántos  jóvenes cubanos tienen una interpretación del arte que soslaya su función social axiológica, o que la asume desde otro sistema de valores. Esos jóvenes son resultado de nuestro sistema de enseñanza, de una educación nacionalizada e institucionalizada, son también resultado de la Revolución. Y es menester encontrar un código, un canal de comunicación con ellos.

Hoy es Alcántara, mañana será otro.

¿Los vamos a encarcelar a todos? ¿Ha resuelto alguna vez la cárcel asuntos de la espiritualidad, suponiendo que estuvieran distorsionados sus modos de expresarse? Lo he dicho muchas veces estos últimos días: la historia que no se cuenta desde el amor, te la cuenta tu enemigo desde el odio. El artista que no incluimos desde el amor, lo usa tu enemigo para el odio y contando con nuestra propia exclusión.

Durante demasiado tiempo los ideólogos en el poder pretendieron que son las instituciones culturales estatales las únicas que pueden legitimar la trascendencia simbólica de un objeto. Que son las instituciones artísticas o académicas estatales las únicas que jerarquizan la obra de arte y su impacto semiológico. Siguen brutalmente equivocados, tanto que ni siquiera se dan cuenta y siguen cometiendo error tras error. De tal modo, un decreto cinematográfico pretende que sea una especie de tribunal de entendidos el que decida si un proyecto conducirá o no a una obra de arte, o si tal fulano es creador o no.

Seguimos con un obsoleto sistema de castas y vanguardias organizadas en la UNEAC, la AHS, etc.… Un sistema que ya no le funciona a los ideólogos y menos al país. En Manzanillo, por ejemplo, nombraron Historiador de la Ciudad a un profesor sin una investigación acreditada, sin un libro publicado o escrito sobre la historia local. Y lo nombraron por encima de un miembro de la Academia de Historia de Cuba, de la UNEAC  y de la UNHIC, con una docena de libros y una enciclopedia sobre tales temas. ¿Por qué? Porque a uno lo consideran políticamente correcto y al otro lo consideran hipercrítico.

Los «delimitadores de cualquier nacimiento” no se dan cuenta que estamos llegando a un punto de no retorno, al sustituir la educación en valores con la represión sutil o explícita de esa rebeldía que crea toda revolución. Deberían mandar a los ideólogos del poder para la caña y promover a personas proactivas, dispuestas al diálogo y comprender la razones del otro, que también podrían ser las razones de Cuba. De hecho lo son.