Leo Brouwer y la sombra que da luz

Foto: Leo Brouwer, el origen de la sombra

Por: Manuel García Verdecia

Consternado, profundamente conmovido, con ojos humedecidos al igual que el protagonista en los instantes finales de su relato, he visto el documental “Leo Brower, el origen de la sombra”. El filme se propone realizar una inmersión en la privacidad vital e intelectual de este gigantesco creador, una de las figuras más universales de nuestra cultura.

Nos asoma con tacto, perspicacia y naturalidad al silencioso espacio de donde emergen tantas ideas y sentimientos que luego se concretan en música, traducción melodiosa y armónica de los empeños, sueños y derrotas del hombre. Entramos como amistosos fantasmas al ámbito de sus curiosidades, de sus mínimas rutinas, sus gustos, sus tareas cotidianas, de los actos generadores de energía creativa. Nos acercamos furtivos a su esmerado cultivo de la soledad, isla donde único puede hallarse la simiente de la invención. Resulta admirable la espontánea franqueza del músico para desvelar criterios, sentimientos, motivaciones, posturas y pesares. Al artista solo lo compromete la verdad en que cree y halla orientación.

Desde ahí emprende el descubrimiento de cuanto sustenta e incita su quehacer. Solo la honestidad en la acogida de la existencia en su exacta pureza y variedad fructifica en obra trascendente. La mentira, la falsificación y la impostura pueden lograr destellos momentáneos, fuegos de artificio que el paso de las circunstancias termina por apagar, pues no se corresponden con el impulso real de lo humano. En el filme, cuadro tras cuadro vamos conociendo hasta la desnudez a la persona Leo, a las obsesiones y principios que incitan su creación.

Poesía, pinturas, gestos, rutinas, olores, inclinaciones, memorias, intuición de lo que late un milímetro más allá de la piel, lo conectan con el universo y lo impulsan a la conversión de todo eso en texto de sonidos con que expone lo que halla trascendente y perenne. Nadie que no cultive su soledad puede descubrir las puertas al misterio de lo otro. Únicamente cuando el hombre penetra todo cuanto pueda en la oscura hondura de su yo y lo hace con honradez, discernimiento e imaginación puede entonces alcanzar y entender mejor cuanto existe en él del mundo y fuera de él, aquello que lo incluye, explica y le confiere sentido. Y Leo hace esto con minuciosa dedicación y puntual avidez de desentrañamiento. No solo se trata del universo que lo rodea sino también de la naturaleza humana, empezando por la propia.

El compositor es un hombre que, aun contra su voluntad de orientarse hacia la luz, se mueve entre sombras. Unas son las que le tiende su fragilidad visual, otras las que proyecta sobre él una circunstancia no ansiada pero que, tozudamente por afanes de un destino torcido, se le imponen. Ha transitado por años muy duros para su país. Ha amado y sufrido por él, distingue lo hermoso de lo indeseado, de aquí esa doble condición de amor/odio que lo ata a Cuba.

Su obra y su vida las ha realizado con dignidad y con un decidido y felizmente dotado afán de dejar simiente significativa. Su música es un orbe que expone lo más esencial de lo cubano en diálogo con lo más sutil de lo ecuménico. Es allí donde se refugia para dar coherencia a lo que no la tiene fuera de su piel. Es allí desde donde intenta conferir sensatez a la necedad, sentido a lo ilógico, belleza a lo horrible, humanidad a lo bestial. Allí trata de imponer hermosura y sensibilidad a lo que se deshace en groseros y degradantes actos.

Solo la más atinada y sutil cultura (esa actividad bienhechora despojada de credos, dogmas e ideologías que alejen al hombre de su existencia más gozosa y significativa) salva. No es casual entonces que el artista invoque, como un poderoso mantra a esos que han irradiado resplandores que guían. Tremendamente emotivo y sintetizador de lo que anhela es el segmento donde, orientándose bajo el débil resplandor de una vela, se mesa el cabello como quien espanta el mal e invoca: “Alejo, Roig, De Leuchsenring, ¿dónde están? ¡Socorro! Fernando Ortiz. ¡Socorro! Amadeo Roldán…!” Las sombras solo pueden espantarse con la lucidez más ilustrada y sensible, con el alma más delicada y amable, con la conciencia más plenamente aguzada y benéfica, con la verdad más plena y desprejuiciada.

Se impone la cultura, grande, diversa, generosa, esa que desde la más sensible y sutil inteligencia crea belleza y espiritualidad para el mejoramiento del hombre. Ningún proyecto que intente imponerse a contrapelo de la naturaleza humana puede alzarse en obra perdurable. No hay economía ni política que prosperen ni perduren si no comprenden y acogen las aspiraciones y sueños de los seres humanos según sus potencialidades.

Únicamente la auténtica cultura puede poner fin a tanto desatino y disminución. Para alguien que sienta a Cuba desde su entraña más genuina e íntima resulta inevitable acompañarse de este documento (algo que debemos agradecer a sus realizadores). Solo la luz que surge de los hombres esenciales ayuda a escapar de las sombras de lo imposible y la angustia de la incertidumbre.