La tríada soberbia-bloqueo-escasez

Foto: The Economist

Por: Mario Valdés Navia

La amplia discusión colectiva de los Lineamientos, la Conceptualización, el Plan 2030 y la Constitución 2019 sirvieron para crear consenso sobre varias transformaciones mínimas al modelo cubano que resultaban claras para la voluntad popular. Ahora se hace evidente que, para los que saben, esos textos se acatan pero no se cumplen, tal y como hacían los funcionarios coloniales con las Leyes de Indias provenientes de Madrid.

Si alguien lo duda revisemos el sentido que asumen las transformaciones a la propiedad en esos textos. Es obvio que el reconocimiento en todos ellos de una economía mixta, con otros tipos económicos además del estatal (cooperativas, asociaciones con capital extranjero, TCP, privados, de organizaciones, etc.) implica que el Estado haga dejación de su monopolio en varios sectores a favor de esos otros. Pero ahí es donde se traba el paraguas y no hay forma de que se abra.

Ni siquiera se ha cumplido la orientación expresa del primer secretario −por entonces también presidente− de que los latifundios estatales entregaran las tierras improductivas para ser repartidas a los interesados en explotarlas. Hoy, más de un millón de hectáreas permanecen sin usar en manos de empresas y sus UBPC satélites, quienes se niegan a deshacerse de ellas y las conservan en barbecho, sin medios para explotarlas, solo preservadas por el inefable marabú.

De la idea, varias veces sostenida, de que se entregarían los centros gastronómicos y tiendas de comercio minorista a los colectivos obreros mediante arriendo, cooperativas u otras formas mixtas, nunca más se ha hablado. El gobierno continúa remozando algunas cafeterías y apostando por el renacimiento de la gastronomía estatal. Mientras, sigue cerrado para los TCP el prometido comercio mayorista, aunque ni aún con esa competencia desleal por la diferencia de costos de producción, logra vencerlos en la preferencia de los consumidores.

Espacio aparte merece la cuestión del comercio mayorista y minorista de bienes, donde los pasos dados constituyen otra vuelta de tuerca a favor del ineficaz monopolio estatal. Desde que en 2013 se cerraran las ventas particulares de ropa y calzado con la promesa de que serían suplidas por la industria nacional y las ventas en TRD, lo único que ha proliferado sin parar es el comercio por encargo de las llamadas mulas que recorren el mundo, desde Haití hasta Rusia, para satisfacer los pedidos de sus clientes.

Cuando recientemente se abrió el comercio en dólares a productos de alta gama parecía que ahora sí el Estado implementaba una política de captación de divisas muy prometedora, pues explotaría al máximo su monopolio en esa rama. Apenas unos meses bastaron para mostrar que ni siquiera en esas tiendas le es posible mantener una oferta estable, por lo que de nuevo las mulas vuelven a partir hacia los cuatro puntos cardinales con sus encargos individualizados.

Ante el bloqueo cada vez más férreo de la administración Trump, el gobierno cubano debería dejar a un lado su obsoleta soberbia estatista y recordar el viejo comercio de rescate que está presente en nuestro ADN económico. Estoy convencido de que las vitrinas y anaqueles de nuestras tiendas no estarían tan vacíos y la irritante escasez sería mucho menor si se pusiera fin al monopolio absoluto de que disfrutan un puñado de super empresas de comercio exterior. Las que, por demás, casi nunca pueden poner los productos en tiempo y forma en el mercado interno.

Cuán diferente sería si mulas, cooperativas mercantiles, pymes y empresas estatales fueran autorizadas a comprar y vender en el exterior, pagando al fisco los impuestos correspondientes –no los impagables que suelen establecerse−. Si a eso le sumamos que, en lugar de limitarla, el gobierno diera un tratamiento preferencial a los negocios de cubanos, tanto de la Isla como residentes en el exterior, el fondo de acumulación se dispararía y las leyes del bloqueo serían casi inaplicables.

Hoy, la Oficina de Control de Activos Cubanos necesita miles de empleados para monitorear el accionar del puñado de bancos y empresas de comercio exterior y sus contados clientes y suministradores. Me pregunto: ¿cómo podría hacerlo si fueran decenas de miles las empresas de todo tipo que vendieran y compraran por el mundo en función del mercado cubano?

La persistente soberbia estatista solo favorece el trabajo de los hombres de Trump, mientras que una mayor  libertad de comercio se lo haría casi imposible. En última instancia, lo determinante es encontrar vías eficaces y eficientes para paliar de alguna forma la sempiterna escasez de nuestros mercados. Si lo hacen estatales, cooperativos o privados no es lo más importante.

Está demostrado que en Cuba hay dinero para respaldar una demanda solvente que hoy se torna inestimable. El Estado no sabe cómo captarlo. Es hora de que se eche a un lado en algunos sectores y deje hacer a los que sepan y puedan hacerlo con más facilidad. La economía y los requerimientos del pueblo están a la espera.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com