Lloran los columpios

Foto: Roberto Alfonso Lara

Por: Roberto Alfonso Lara

Cuando no hubo nada, siempre estuvo el parque.

Cuando faltaron la luz, la candela para cocinar, el televisor, los muñequitos, la ropa y los zapatos, el jabón y el aceite, nunca faltaron los columpios donde mecer nuestras penas.

El parque del barrio, en el pintoresco reparto de La Juanita, era el olimpo en medio del apagón económico que sobrevivimos los cubanos durante la década de los noventa.

Muy pequeño, mi madre me llevaba casi todas las tardes y los fines de semana. Montaba conmigo el cachumbambé, me impulsaba en el columpio y apenas lograba contener sus nervios ante el capricho mío de resbalar por la canal.

Para ambos, y para muchos vecinos, el parque era también la salvación. Nos rescataba del dolor de aquellas terribles carencias para precipitar nuestras esperanzas alrededor del tiovivo.

Siempre fuimos felices en el parque. Nosotros y el resto. Jamás hubo allí razón para la tristeza, incluso cuando a mi madre no le alcanzaran los pies para ir detrás de los carboneros. Mientras el entorno afeaba, aquel sitio lucía hermoso y cuidado. Con los niños del barrio gobernando los aparatos entre miradas chispeantes y sonrisas.

En mi infancia no tenía televisor, pero tenía el “parquecito”. Mis primos y amigos nos apoderábamos a veces del lugar desde bien temprano en la mañana hasta la tarde, cuando la puesta del sol imponía el receso. Corríamos entre sus enormes árboles, nos matábamos a cuentos y desafiábamos la temible altura de la canal como reto para probar nuestra valentía.

El parque nunca dejó de ser entonces el espacio más frecuentado del barrio. El preferido; también el único. Para jugar pelota y fútbol, para coger lagartijas y darle riendas sueltas al primer beso.

Incluso cuando comenzaron a aparecer los juegos de Nintendo y Atari, ni los muchachos ni los padres traicionaron el parquecito. Siguió siendo el sitio de los mejores afectos, con sus atendidos aparatos: los cachumbambés, los columpios, la canal, el tiovivo. Un lugar lindo; el dibujo más singular de mi niñez.

Después ignoro exactamente que pasó. Crecí y el parque fue muriendo. Es muy absurdo que casi al mismo tiempo en que los bolsillos empezaron a desahogarse, el espacio con mayor vida del barrio perdiera poco a poco la respiración.

Algunos hasta dejaron de amarlo. Luego de cierto esfuerzo por recuperar lo que una vez fue, los caníbales destrozaron todas sus ropas. Rompieron columpios y cachumbambés, desaparecieron los bancos de granito, robaron la cerca perimetral, arrancaron árboles de raíz.

Dice mi pequeña sobrina, en el idioma de la inocencia, que es el parque desbaratado. La canal existe, pero no existe. Ningún niño puede deslizar por ella su cuerpo ni sus sueños sin correr el riesgo de salir herido por el zinc feo, mal puesto y oxidado.

Es incomprensible que en época de mejor bonanza, el destrozo sea la inspiración: dos columpios remendados, una canal inservible, par de cachumbambés hastiados de tanta desidia.

La única luz en el parque son los niños, que aún en las tardes, o los sábados y domingos, colman el lugar con sus ilusiones merodeando los escasos y destruidos aparatos. Debería avergonzarnos, pero tampoco sucede.

Para quienes visitábamos el parquecito cuando no teníamos nada, duele mucho escuchar el llanto de sus columpios meciéndose.

Tomado de: La Fogata