Del autoritarismo a la participación

Foto: Big Think

Por: Giordan Rodríguez Milanés

La campaña de alfabetización es aún el hecho de mayor trascendencia cultural de la Revolución Cubana. La nacionalización de la enseñanza y la ejecución de la política cultural fundacional de la Revolución, puso esta nación a la vanguardia hasta la llegada del Quinquenio Gris.

Enfrentados a las intenciones hegemónicas imperialistas, los actores políticos cubanos intentan conciliar la ética martiana con el carácter clasista de una revolución socialista a través de procedimientos de persuasión y coerción social, ensayados exitosamente por el socialismo estalinista según la teoría de las masas de Ortega y Gasset. La herencia libertaria de la intelectualidad cubana entraría en contradicción con tal empeño lo cual se agudiza, paradójicamente, con la resistencia de la propia intelectualidad creadora forjada por la Revolución.

No fue posible en Cuba la sovietización de la cultura, pero tampoco nos podemos desprender del todo de esa especie de rémora ideológica autoritaria que enquista las prácticas de comunicación política del Estado cubano. Las relaciones de correspondencia en nuestra sociedad, se configuran a través del control. Así el profesor, el padre, el ideólogo o jefe, escogen el repertorio temático, establecen pautas, castigan o premian con sus evaluaciones y deciden a qué mensajes adjudicarle relevancia social y cuáles no.

El “trabajo político-ideológico» no está a la altura del éxito burgués en convertir los individuos en sujetos y luego en masa, apelando a los aparatos del Estado, según la definición de Louis Althusser. Esto funciona así en contextos que Martin Serrano define como “sistemas cerrados”: la relación entre el sacerdote y los creyentes, en la iglesia; el profesor y sus alumnos en el aula magna, el jefe común y sus subordinados, en el centro de trabajo.

Los imperialistas se superan cada día en el ámbito de la manipulación ideológica y política. Las luchas por los derechos civiles y el fin de la guerra estadounidense contra Vietnam demostraron que ya no funcionaba la coerción ni la inyección de propaganda a una audiencia pasiva para manipularla. Entonces los conservadores, paradójicamente, actuaron de forma dialéctica. Se pasó a la seducción consumista y la absorción mercantil de la contracultura. Así, la agudización de las asimetrías entre los productores de mensajes y sus receptores, dejó de ser un problema para ellos.

Neutralizaron las críticas con el fomento del hedonismo y sustituyeron la relevancia de la respuesta racional por la reacción emotiva. El sujeto interpretante de Umberto Eco, ya no importa. Importa que el consumidor se sienta incómodo hoy, y mañana sabroso. Que se emocione de un modo u otro. Vaya del llanto a la alegría, de la desesperación a la tranquilidad, y viceversa, en un ciclo adictivo. La fórmula del culebrón, inventada por Félix B. Caignet, a escala global multimedia.

Paulo Freyre advirtió la crisis del paradigma de transmisión informacional autoritaria en la comunicación. Pero ningún partido de izquierda en el poder prestó atención a su propuesta alternativa de acción-participación. En el discurso de inauguración del Festival de Cine de La Habana, apenas a un año de Telesur iniciar sus transmisiones, Alfredo Guevara explicó el peligro de replicar, desde la versión de los oprimidos, las mismas fórmulas de la CNN. Pero nuestros ideólogos estaban demasiado entretenidos con “Propagandas silenciosas”, el libro de Ignacio Ramonet que, ya para entonces, era un texto meramente descriptivo de las técnicas que los imperialistas habían estado aplicando desde los años sesenta del siglo XX. Los enunciados de Ramonet adquirirían valor histórico pero no tendrían trascendencia proactiva. Entonces, cuando los políticos socialistas comienzan a entender los mecanismos de seducción, aparecen la blogosfera y las redes sociales, el reguetón, el pop latino, los memes y la gestión robotizada de las reacciones.  El universo de la comunicación humana vuelve a mutar como un virus al que le descubres la vacuna cuando ya se manifiesta una nueva cepa.

La blogosfera y las redes sociales igualmente trasiegan información, pero esta no es bidireccional, sino omnidireccional. Lo que antes se propagaba en una dirección (el oyente que telefoneaba a la emisora, el lector que escribía al periódico, el elector que hablaba en la Asamblea de Rendición de Cuentas) ahora se propaga en una compleja urdimbre donde lo virtual prevalece sobre lo interpersonal, genera tendencias e induce a determinados comportamientos pre-configurados, y ni siquiera nos percatamos del fenómeno.

Se trata de un problema cultural de orden tecnológico, simbólico y discursivo cuya resolución pasa, sobre todo, por lo político. ¿Cómo crear nuestro discurso y superar los métodos hegemónicos hacia una ética de la emancipación? ¿Cómo adelantarnos a la actualización de los métodos de control capitalistas y crear algoritmos propios para la construcción de una sociedad nueva? El único modo es aumentando y mejorando las competencias comunicativas de la nación cubana según, precisamente, nuestra herencia ética martiana y libertaria.

Lo primero sería aprender a leernos a nosotros mismos. Entender el lenguaje del siglo XXI para modificarlo a nuestro favor. Volvernos a alfabetizar, ya no para convertirnos en interpretantes y seguidores de un proyecto político, como en 1961, sino para alcanzar la categoría de participantes proactivos y generadores de alternativas. Luego que el gobierno tenga la humildad de guiar, administrar y propiciar la ejecución de las ideas conciliadas socialmente.

Dejar de considerarnos y ser considerados sujetos de cambio para convertirnos en agentes de cambio. Romper el nudo gordiano de una educación orientada al acatamiento -que se manifiesta en los seguidores acríticos del periódico Granma y en la legión pretoriana de siervos del odio fomentado desde un sector minoritario y putrefacto de Miami-, y convertirnos en instrumento de los propósitos conciliados de nuestra nación. No veo otra manera.

Para contactar con el autor: grmilanes@gmail.com