La cara oculta del ICRT

Por: Giordan Rodríguez Milanés

El pasado sábado, en el programa Pensando en 3D de la televisión cubana, se mutiló la escena final de la película Love, Simon donde dos hombres jóvenes se dan un beso de amor. Los activistas LGTBI se indignaron con razón. Denunciaron la censura en las redes sociales y convocaron a una besada frente a la sede de ese organismo en La Habana. En la mañana del domingo, la página web del ICRT emitió una nota de disculpa por “el error”, prometiendo retransmitir la película sin mutilarla y avisando que se harán los análisis pertinentes. ¿Se sacrificará un chivo expiatorio o nos enseñará honradamente la cara oculta del ICRT?

En un comentario en su blog Segunda Cita, Silvio Rodríguez recordó que otro beso, en aquella ocasión entre heterosexuales, motivó hace 50 años la censura al programa De otra manera. Alguien debió creer, como ahora, que el trasiego de saliva y gérmenes entre dos seres humanos es un serio atentado contra la moral socialista. Entonces no hubo disculpa, ni rectificación inmediata, ni una nota. Tampoco las otras tantas veces que el ICRT ha censurado, omitido y excluido a lo largo de su historia. La película La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, incluso fue anunciada en Cubavisión una noche a fines de los noventa, pero nunca llegó a exhibirse.

Que no siempre el televidente avezado se percate del corte correctivo y sólo se hable de este tema cuando se arme algún escándalo no significa, en lo más mínimo, que quienes hemos trabajado en el ICRT no sepamos que el corte correctivo es una práctica habitual en todas las televisoras del país. Como el denominado fenómeno El Grito, en la CNC TV de Bayamo, cuando un material que “no debería haberse transmitido” burló el mecanismo censor y entonces los directivos del canal sancionaron a  dos miembros de la UNEAC –entre ellos al actual presidente de Granma-, aunque en aquella ocasión ellos echaron pelea. Tampoco olvidemos aquella disolvencia a negro contra el beso entre las dos chicas que acompañaban a Descemer Bueno, Israel y Yoel durante el paseo en barco de Ser de Sol.

Si aplicamos en sentido estricto lo reglamentado por el ICRT –que sólo se aplica cuando es en contra de un realizador “problemático”-, los responsables de lo que la nota llama “un error” son el director y la asesora del programa Pensando en 3D. Sucede que conozco personalmente a mi coterráneo Ernesto Bosch, director del programa. Puede decirse que asistí a su nacimiento como realizador en la radio. Es muy posible que yo haya sido el editor del primer documental para la Televisión que  él editara en su vida. Sé que no es homofóbico, excluyente, ni de mentalidad estrecha o prejuiciada. Pero ahora la dirección del ICRT necesita un chivo expiatorio y apuntarán sus cañones contra el Equipo Básico de Trabajo o, si se permiten ir un poquito más arriba, contra el jefe de redacción.

Pero el televidente y el radioyente no saben –no pueden saber-, los dramas que se desarrollan tras las cámaras o micrófonos entre realizadores audiovisuales, jefes de redacción, jefes de programación, directivos de canales y, el personaje principal de esta historia: el funcionario del Departamento Ideológico o miembro del buró del PCC desde donde “se atiende” la televisora.  Quienes nos formamos como artistas en el ICRT sabemos dos cosas:

  1. Si jamás vas en contra del funcionario político-ideológico que atiende la emisora y/o aprendes a adivinar el alcance semiótico que éste espera de nuestro mensaje, tendrás mayores opciones de éxito que cualquier otro.
  2. Si no te arriesgas a reflejar temas escabrosos en tus programas o, cuando te obliga el plan temático (que estoy casi seguro ha sido el caso), te remites inexorablemente al postulado anterior, tendrás mayores opciones de éxito que otros en el medio.

¿Y quién no quiere ser exitoso en un medio tan competitivo?

En los enunciados actuales de las políticas de programación de radio y televisión en Cuba, probablemente usted no encuentre una sola oración homofóbica o discriminatoria. Tampoco hay en la actualidad listas oficiales de músicos prohibidos, ni películas prohibidas, ni otra prohibición de ninguna índole. Quienes, como Ernesto Bosch, nos formamos en una emisora de radio que en 1992, expulsó de su colectivo por homosexual al poeta, ensayista y realizador radial Julio Sánchez Chang, sabemos –o pretendemos saber- cuál ha sido históricamente la postura del ICRT al respecto.

Quienes, como seguramente el jefe de esa redacción, nos hemos formado en un organismo que “dejó correr la bola” de que las películas cubanas, -las del ICAIC, no las de La Muestra Joven, las de Titón, Fernando Pérez, Rebeca Chávez, Nicolasito Guillén, Daniel Diaz, etc.- estaban prohibidas en las televisoras territoriales, según le confesó un directivo del telecentro de Caibarién hace unos años a los participantes en el Festival de Invierno de Cine Clubes de Santa Clara, no necesitamos que nadie nos dé una orden expresa de mutilar la escena de una película que se considere incorrecta para la “moral socialista”.

Lo interesante del ICRT es que, después de la guerrita de los emails sobre el Quinquenio Gris, nunca, jamás, un directivo o el funcionario político-ideológico ha vuelto a hacer públicas sus órdenes de censura o exclusiones por homofobia o intolerancia. Ni siquiera el jefe del grupo metodológico de la radio en Granma, en 2009, supo explicarle a su esposa bautista que apareciera un travesti en una serie aprobada por él.

Como bien dice la nota, a lo mejor ninguno de los directivos actuales del ICRT es homofóbico, en este caso. Pero tampoco ningún directivo del ICRT se ha ocupado de organizar debates y talleres de actualización, entre sus realizadores y funcionarios a todos los niveles, en los que se deje explícitamente claro que mutilar la obra artística de otros, avalada y reconocida estéticamente, es en todos los casos irresponsable, irrespetuoso e indigno. Que no nos hace mejores revolucionarios ni contribuye a la política cultural de la Revolución, sino lo contrario.

De tal modo, sugiero a la presidencia del Instituto Cubano de la Radio y la Televisión que, en vez de buscar el “culpable” de un “error”, aprovechen este asunto para mirarse por dentro, con esa dignidad que mencionan, y hagan pública esa mirada desde el reconocimiento de sus disfuncionalidades históricas y estructurales como organismo.

 Entonces sí merecerían mi más profundo respeto.

Para contactar con el autor: grmilanes@gmail.com