De aquellos silencios a estos ruidos

Foto: La Demajagua

Por Giordan Rodríguez Milanés

“Acompáñennos en esta canción que podemos considerar el segundo himno nacional de Cuba”, le pide al público el trovador Adrián Berezaín.  Justo en el acorde donde florece la armonía de las cuerdas, entona junto a Mauricio Figueiral: “No te acuerdas, gentil Bayamesa/ que tú fuiste mi sol refulgente…” Es la mañana del 10 de abril del 2019 en el Altar de la Patria… “Y risueño, en tu lánguida frente,/ blando beso imprimí con ardor…” Formando parte de una gira del Proyecto Lucas, los trovadores se notan emocionados con la campana y el jagüey de escoltas, y las banderas cubanas enseñoreadas al viento: “Vamos a cantar todos juntos…”

Es La Demajagua, el lugar desde donde se iniciara la Revolución libertaria: “No recuerdas que un tiempo dichoso/ me extasié con tu pura belleza”… Y han hecho muy bien los de «Lucas» al escoger este lugar para comenzar su gira nacional.

Tal vez César Martín, el inefable historiador del lugar, solo murmulla la letra porque su modestia no le permita entonar en voz alta: “Ven y asoma a tu reja sonriendo,/ven y escucha amorosa mi canto…”, Pablo Nogueras, el director del pre-universitario “Julio Antonio Mella”, de Manzanillo, acompaña tímidamente: “Ven no duermas, acude a mi llanto/ Pon alivio a mi negro dolor”…

El resto del público calla. Estudiantes de los preuniversitarios, de los politécnicos, de la facultad de medicina y la escuela de música de Manzanillo, no pueden hacer coro. Funcionarios políticos y gubernamentales, tampoco. Evidentemente no conocen la letra. Lo más probable es que si les preguntas por el último éxito de El Chacal o Maluma con Marck Antonhy, rápidamente te contestarán.  Cada uno de ellos ha reconocido la declaración de “Me voooooy, pa mi casa”, de Cimanfunk pero no pueden cantar lo que, sabiamente, Adrián Berezaín considera “nuestro segundo himno nacional”.

Cuando los trovadores terminan la interpretación, uno de los estudiantes susurra: “Esa es la canción de la película ‘Inocencia’, y es verdad. La Caro, mi hija, llega a casa con sus amigos. Me cuenta. Pido detalles: “Yo tampoco me sabía la letra, pa”, se nota avergonzada. Reconozco mi propio fallo como padre mientras me fijo en Facebook en un cartel que anuncia el concierto de un reguetonero, asociado a otro cantante, donde aparece la el nombre de nuestra ciudad, Manzanillo, escrito con la letra «S». Parece evidente que nuestra generación no les ha sabido cautivar con la trascendencia de que uno de sus autores sea Carlos Manuel de Céspedes, El Padre de la Patria; que la letra fue escrita por el poeta José Fornaris y que, con el tiempo, en medio de la manigua redentora, esos versos se convertirían en símbolo de la rebeldía de los cubanos.

Y ahí están Atilio Borón e Ignacio Ramonet en la Mesa Redonda. Nos alertan acerca de Google, Facebook, las redes sociales. Que si se apropian de nuestra información privada, que si nos estudian las preferencias culturales. Que si los imperialistas tienen una enorme base de datos con nuestras posturas ideopolíticas clasificadas. Que si se inmiscuyen en nuestra intimidad. Todo eso es verdad, Ya Gerhard Maletzke, Yuri Lotman, Teodoro Adorno y Noam Chomski, lo habían anticipado. De cualquier modo, mucho antes de que Google existiera, ya la responsable de vigilancia de mi CDR, eventualmente informaba a qué hora llegaba a casa, qué libros leía sentado en mi balcón, cuántas camisetas mi madre tendía al sol, o el aspecto de cuánta novia o amiga iba a visitarme.

El problema de los otrora vigilantes es que, con las nuevas tecnologías, no pueden evitar que sean vigilados, y estudiados. De modo similar, para los que antes decidíamos qué música podrían escuchar los jóvenes y cuál no, el dilema es que no anticipamos el día en que, cada uno de los jóvenes, andaría con su tribuna musical a cuestas en forma de bocina portátil o audífonos, y con un Smartphone para bajar lo que quisiera, según su estado de ánimo y sus referentes, sin que nada ni nadie pueda evitarlo. Y como no los formamos en la diversidad, ahora son presa fácil de los algoritmos que nos mencionan Borón y Ramonet. Mientras nuestros medios seguían apostando a tratar de imponer la música que consideraban “correcta”, o “inocua” en términos de crítica política –de ahí que proliferara el reguetón en Cuba justo después de “el que no brinque es yanqui”—, los estudiosos de la comunicación social y mediática, los psicólogos sociales y los matemáticos pagados por el Imperio, creaban algoritmos para entender las preferencias culturales, sectorizarlas, personalizarlas y manipularlas sutil y eficazmente. Nosotros: inmóviles en el concepto de masa de Ortega y Gasset. Inertes en el afán de censurar o estandarizar de modo acrítico. Ellos: aprendiendo a explorar y conocer nuestra individualidad, para usarla a su favor. Permitiendo que cada cual, desde Calle 13 hasta Bad Bunny, se exprese como le diera la gana. Ya sabrían cómo aprovecharlo para inocular su modo de vida.

Y ahora resulta que nuestra “masa” se conecta torpemente, como colonizados culturales, con los valores más auténticos de la música cubana.  No sabe que sin son montuno no hubiera salsa, que sin rumba no existiera el reguetón. Que la nueva trova, en realidad, era –es—, rebelde y contestataria. Cuando escucha “Contigo en la distancia” por Cristina Aguilera cree erróneamente que es una canción mejicana.

Por eso, el 10 de abril del 2019, al enterarme de que mi hija no conocía ni la letra ni la trascendencia simbólica de “La Bayamesa”, salgo como un bólido al multiservicio de Etecsa a bajar canciones de La Trova que considero emblemáticas y que, alguna vez, incluso, estuvieron prohibidas en la radiodifusión revolucionaria. Comienzo por “Resumen de Noticias de Silvio”, y termino por “El loco del tranvía”, de Wilian Vivanco; “Lucha tu yuca, Taíno” de Ray Fernández, y Extremistas nobles de Buena Fé y Frank Delgado que nunca estuvieron prohibidas oficialmente pero que, cada vez que las radiaba, tenía que ir a un consejillo de dirección en Radio Granma a explicar por qué las había incluido en mi producción musical. Recuerdo la aciaga tarde en que, debido a un debate en las redes entre Silvio y Pablo, el director de Radio Granma me informó acerca de cierta misteriosa comunicación que prohibía las canciones de ¡Pablo Milanés! y mi: “tendrás que botarme”, y su: “pues te boto”. Por suerte, luego llegó una “rectificación” a través de un email que circuló la UNEAC en el cual, aclaraba, que Pablo Milanés no había sido prohibido. Podría jurar que el directivo me torció los ojos, recuerdo mientras me digo: “Nunca es tarde para comenzar”, y tarareo: “y doblemos los dos la cabeza/ moribundos de dicha y amor”.