La necesaria hegemonía del amor

Foto: Cubahora

Por Giordan Rodríguez Milanés

Muere de odios el equilibrio ecológico del planeta. Donald Trump retira a los Estados Unidos del Paris Agreement y se burla de Greta Thunberg. Con la misma obcecación de los terraplanistas, los trumpistas descreen del cambio climático, el deshielo, el aumento del nivel del mar y la depredación de la flora y la fauna. No aceptan los cientos de millones de infantes muertos cada año por enfermedades curables o prevenibles, el hambre y la sequía. Casi nadie quiere, al tragar el café del desayuno, que le contemos sobre los homeless, la trata de mujeres, los africanos ahogados en el Mediterráneo y la criminalización de quienes quieren ayudarle, los desplazados de Siria, las niñas violadas en Colombia por The US Army…

Las ambiciones destruyen la biosfera aunque haya animalistas en Cuba, luchadores por los derechos de los emigrantes en Europa, médicos combatiendo epidemias en África y Asia, mártires en defensa de la mariposa monarca, jóvenes que se enfrentan a  los balines de los carabineros, chalecos amarillos protestando una y otra vez; y humildes, valientes,  que cada día se levantan y salen a arriesgar su piel y la de su familia por la reivindicación del más elemental y humano de los derechos: el derecho a vivir en paz y armonía con la naturaleza y los semejantes.

Algunos quieren que todos los cubanos acatemos este mundo en desequilibrio. Nos venden un cambio donde la proclamación de los derechos tenga más peso que su concreción en términos de igualdad y dignidad plenas.  Una sociedad de extremos en la cual un artista deba alinearse con el rencor. Un escritor no deba jamás entender las razones de sus discrepantes o un comunicador tergiverse los hechos para que se acomoden a las matrices dictadas por el poder.  Esto incluye también a los que, según su retórica, parecería que sueñan y trabajan por una Cuba mejor mientras se vuelven expertos en enseñarnos las imperfecciones del resto del mundo y soslayan las internas para “no hacerle el juego al enemigo”. Despachan nuestros problemas en ese tiovivo ideo-político en que los dirigentes caen para arriba. El que roba un pan va preso mientras el que se equivoca,  —y deja millones de pérdidas al país—, tiernamente, pasa a cumplir otras funciones.

Así como el rencor provoca división, la exclusión y represión de cualquier voz disonante respecto a la postura oficial dentro de Cuba nos desmembra. La facción burocrática de nuestra clase dirigente parece haber renunciado al convencimiento y el liderazgo  para, con muy torpes procedimientos de comunicación política, replicar más o menos las mismas tácticas descalificadoras, excluyentes, oportunistas, tan habituales en los enemigos de la Revolución.

Si en Miami demonizan a Haila, en La Habana no le renovamos los contratos a Yasser Porto. Si en La Florida los medios destruyeron discos de Laura Paussini cuando cantó con Gente de Zona en La Habana, aquí secuestran la carátula de un libro de Alina López por indicación de alguien de la instancia partidista que no da la cara.

Alimentar el rencor desde la intolerancia contra el pensamiento diverso y su expresión, jamás va a conducir a una Cuba mejor sino a la polarización de las relaciones entre sus hijos, lo cual es lo más conveniente para nuestros enemigos. La solución a nuestras deficiencias sistémicas no está tanto en si la política del presidente americano de turno, o si tal congresista por La Florida, son más o menos agresivos contra el gobierno y el pueblo cubanos. En un mundo donde el individualismo de unos pocos determina la vida de todos, no es posible la construcción socialista desde la supeditación acrítica de la masa al Partido, o la represión del individuo disidente no por la ilegalidad de sus acciones, sino por la disidencia misma o por el acomodo de la claque burocrática.

¿Cómo superar entonces esa trampa en que la crítica y el disenso interno le sirven al adversario político; y la falta de crítica y de disenso nos inmoviliza, ayuda al oportunista, al deshonesto de modo que, también, beneficia al adversario?

Hay que trabajar en la búsqueda de un consenso que valorice alternativas a la herencia capitalista de aceptación de los aparatos ideológicos del Estado como mecanismos coercitivos. Fomentar el mínimo indispensable de hegemonía cultural, entendida la cultura como sistema y conjunto de valores propios de una sociedad.  De condicionar al individuo según la hegemonía del Partido como ente disciplinario y punitivo de la conducta del sujeto social, hay que pasar a educarnos en la hegemonía de la comprensión mutua donde los aparatos ideológicos del Estado y las instituciones propicien espacios públicos habituales para el ejercicio de la honradez, la bondad, la solidaridad, y la expresión sincera de cada cubano, sea o no militante, tenga o no razón.

Continuar la formación de las nuevas generaciones desde la intransigencia contra cualquier desacuerdo a favor de la infalibilidad de la clase dirigente, no es el camino. El fanatismo acrítico de las consignas solo conduce al anquilosamiento ideológico.  No se neutraliza el odio, con más odio. No se cura el rencor, con más rencor. No se combate la intención enemiga de dividirnos con más exclusiones. Una sociedad futura sin opresión, con todos y para el bien de todos, con respeto a la dignidad plena, solo puede forjarse desde la comprensión de los argumentos del otro y el discernimiento de lo espurio de lo equivocado, la discriminación de lo falso de lo verdadero con la valorización tanto de la inteligencia racional como de la emocional.

Habría que comenzar por cambiar el paradigma instituido de la educación cubana y del denominado “trabajo político-ideológico”. De una enseñanza sustentada en el autoritarismo del profesor, representante irrestricto de la política estatal, a una basada en el intercambio entre iguales.  Lo mismo es aplicable a la relación de los dirigentes con el pueblo.

Llámeme cursi. Hemos de crecer en la hegemonía del amor. “Sólo el amor engendra la maravilla (…) convierte en milagro, el barro”. Deberíamos hacerle caso al poeta.