En nombre de la risa

Por Mario Valdés Navia

En torno al Caso Facundo reapareció el viejo debate sobre el empleo de la burla a nuestros problemas nacionales como rasgo peculiar y estable de la idiosincrasia del cubano. Los méritos y limitaciones de esta actitud vuelven a cuestionarse ante el fin abrupto del popular personaje quien, con su látigo de cascabeles en la punta, sometió a la figura del burócrata cubano a un inusual bocabajo semanal en las pantallas de la TV.

Me llama la atención que para arrojar luz sobre la cuestión no se haya acudido a un clásico del tema como es el ensayo de Jorge Mañach “Indagación del choteo” (1928).[1] En él su polémico autor analiza los vericuetos de este comportamiento del criollo y devela las que considera sus raíces socio-psicológicas e histórico-políticas, funciones y limitaciones.

Si bien discrepo de algunas de sus apreciaciones, teñidas de un fatalismo geográfico que otorga supuestas características tropicales al pueblo cubano −ligereza y superficialidad, entre otras− como causas del choteo; sí comparto varias de sus tesis sobre el sentido que atribuye al empleo de esta burla extrema como parte de la contracultura popular ante los vicios y excesos de los grupos hegemónicos y su pretendida respetabilidad.

Mañach distingue el choteo de otras formas de humor y parte de su acepción popular −»no tomar nada en serio/tirarlo todo a relajo»− para acercarse a su esencia. Desde aquí apunta hacia elementos que pueden explicar lo ocurrido con un choteador como Facundo:

[…] una falta crónica de respeto puede originarse también en una ausencia del sentido de la autoridad, ya sea porque el individuo afirma desmedidamente su valor y su albedrío personales o porque reacciona a un medio social en que la jerarquía se ha perdido o falseado. «Tirar a relajo» las cosas serias no será, pues, más que desconocer −en la actitud exterior al menos− el elemento de autoridad que hay o que pueda haber en ellas: crear en torno suyo un ambiente de libertinaje.

Y añade que lo que lo distingue de las demás formas de protesta contra la autoridad: “es que se endereza contra lo que ésta tiene de cómico, es decir, de contradictorio consigo misma. Señalando esa contradicción, aspira a minar la autoridad que la exhibe”. Por ello cree que “lo frecuente es que el choteo no denuncie, en absoluto, nada realmente cómico. Un chiste, un rasgo de ingenio cualquiera, surte su efecto de risa en cualquier lugar o momento; el choteo, en cambio, está estrictamente condicionado en el tiempo y en el espacio”.

Para Mañach “el choteo es enemigo del orden en todas sus manifestaciones” y asegura:

Esa afición al desorden, ese odio a la jerarquía, que es esencial del choteo, informa la manifestación más importante del fenómeno: su prurito de desvaloración. El índice convencional del valor es el prestigio. Y el prestigio es, en efecto, otra de las formas de seriedad contra las cuales el choteo se pronuncia con especial ahínco: es la seriedad en la reputación. Lo «choteado» es, en cambio, aquello que tiene una reputación precaria o falsa: lo desprestigiado.

El ensayista nos permite entender por qué el choteo a los burócratas ha resurgido en la Cuba actual:

En todos sus aspectos, el choteo es enemigo de cuanto proponga una limitación a la expansión individual. Otra cosa ocurre cuando la limitación, en vez de proponerse, se impone. Entonces, el espíritu de independencia que siempre hierve al fondo del choteo tiene dos vías de escape: o la rebeldía franca, o la adulación. Ambas son maneras de reivindicar mayor albedrío del que se tiene. La rebeldía produjo la República; la adulación ha engendrado eso que hoy llamamos «guataquería». Pero, a poco que la autoridad sea débil, indirecta o inerme, surge el choteo como una afirmación del yo.

También nos ilustra sobre las diferencias entre lo bufo y el humorismo, al que define como: “lo cómico serio, lo trivial trascendental, la risa triste, filosófica y cómica. Pero el choteo ignora deliberadamente ese plano de respetabilidad y se instala, inquilino contumaz, en el plano de lo cómico”. Por eso lo llama: “perversión de la burla” y concluye que: “Es el espectáculo de la autoridad falseada lo que exacerba el natural espíritu crítico de la gracia criolla”.

Al respecto argumenta que:

No todas las autoridades son lícitas o deseables, y por eso siempre fue la burla un recurso de los oprimidos −cualquiera que fuese la índole de la opresión. Al par que uno de los grandes padecimientos del cubano, la burla crónica ha sido una de sus grandes defensas. Le ha servido de amortiguador para los choques de la adversidad; de muelle para resistir las presiones políticas demasiado gravosas y de escape para todo género de impaciencias. En otras palabras, ha sido entre nosotros un descongestionador eficacísimo.

Su crítica presenta al choteo como una rémora de las etapas inferiores, formativas, del cubano y lo explica porque: “En Cuba nos hemos dedicado con mucho ahínco hasta ahora a hacer hombres no-analfabetos, hombres ilustrados, pero no a hacer hombres de cultura”. Y, lleno de optimismo, sentencia: “El sentido crítico se acendra en Cuba por doquier con el advenimiento de una juventud enfrentada a una mayor experiencia colectiva.”

Hallo que la burla del burócrata ha cumplido su función de denuncia en nombre de la risa pero, como aconsejara Mañach: “Ha llegado la hora de ser críticamente alegres, disciplinadamente audaces, conscientemente irrespetuosos”.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1] He empleado la edición de 1955, revisada y actualizada por JM.