Prejuicios en el mundo de las putas

Por: José Leandro Garbey Castillo

Habana. Playa. Hotel Copacabana. Sábado. Una de la mañana.

Dos hombres esperan ansiosos en la entrada del hotel la visita anunciada. Baja estatura, acento poco usual que los delata; gallegos, vascos, catalanes, pueden ser de cualquier región de España.

Esperan a una chica: María, supongo, pues no paran de repetir su nombre, eso y muchas historias de encuentros anteriores.

—Hostia tío, llegó, mirad afuera.

María al fin está al alcance de mis ojos. Supera en belleza cada imagen concebida durante los veinte minutos de espera en las afueras del hotel, llenos de halagos un tanto extraños por las circunstancias del encuentro.

—Cojone, está de pinga- pensé muchas veces.

Es hermosa la María. Rubia, alta, con su pelo minuciosamente tratado que parece no importarle el aire de la madrugada; largo, tan largo que sin esfuerzo tapa su trasero, tan grande como todo en su cuerpo construido minuciosamente a base de gimnasio, a base de cirugías.

Tiene treinta y tantos años que parecen menos. Es elegante toda. Viste zapatos italianos de marca famosa que le hacen parecer más alta, como si quisiera impresionar más, como si no bastara su porte de modelo de alta gamma o el vestido negro apretado que le bordea el cuerpo; imagen de la elegancia europea en estado puro, Europa toda atrapada en un swing tropical.

Lo tiene todo, todo de sobra, todo para todos, para todos con chequera que soporte sus gastos.

Los gustos son caros pero las caras de los hombres hablan solas, vale la pena, y ella sabe que puede lograr lo que quiera. Tiene la belleza, el glamour y la sensualidad necesarios para triunfar, para vivir sin contratiempos con sus lujos recurrentes.

Se hace llamar dama de compañía, mujer de momentos prestados, chica de citas; toda una experiencia diferente para quien le pague; nada de puta, eso no lo acepta, para ella esa palabrota no define quién es, que hace.

—Putas son las baratas, las que se regalan por dos kilos. Yo no soy de esas, soy de alta sociedad, soy cara; tengo una visión de lo que hago con objetivos de vida trazados, muy diferente a los de las putas. Antes, quizás, ahora, soy cualquier cosa menos puta.

Hombres o bestias, pasiones o sexo, instintos o ganas; algo increíble en sí, algo tan natural, algo tan nuestro: como con los años algunos hombres parecen niños. Y esa mirada conmovedora, el pequeño que recibe su primer regalo. Niños con canas. Viejos eufóricos que muestran a los presentes su regalo, hermoso en sí, aunque llegara a ellos tras varios dueños anteriores, de diversos orígenes, de diversos tipos. Todo el pasado obviado por los sentimientos más bestiales; puro éxtasis concentrado en caricias de alquiler.

Se saludan como quienes hace años comparten amistad. Un beso, dos, una cachetada en el trasero a la que María responde con una risa tan sensual; putería en estado puro.

Entramos al hotel. Distintas historias en el mismo lugar, al mismo momento. A ellos un miembro del personal los recibe. Sonrisa amplia. Elegancia al vestir. Saludo trabajado.

No tengo la misma suerte. Me acerco a la recepción. Hablo con la chica. Me presento.

—Soy periodista, estoy haciendo un reportaje de…..

Cambian las caras. Una palabra basta.  Todo es diferente. Silencio. Temor irracional. Pura burocracia. Coge el teléfono. Marca unos números y…

—Solo el gerente puede responderle sus preguntas. No estoy autorizada a dar información.

Calla. Hablo. Me mira. No habla. Sin respuesta. Abro la puerta. Insultado. Me marcho.

¿Horario, color, físico? ¿Casualidad fortuita? Parece que en el turismo lo sencillo te hace diferente, lo diferente se discrimina y lo discriminado es muy sencillo para ser turista. Pregunto del tema. Investigo. Descubro. No soy el único.

Varadero. Son casi las tres de la mañana. Ahí está Yami, una negra alta, sencilla, sin esas curvas exageradas por el bisturí. Tiene 21 años y estudia letras en la Universidad de La Habana. Vacaciona con amigos de estudio. Está en ese lugar de Cuba tan hermoso, tan popular, pero desconocido, tan caro. Parece que lo costoso compra lo bello. Buena forma de ver la vida, buena forma de vivirla.

Los chicos deciden salir a una discoteca. Yumi se arregla para la ocasión. Cambia. Parece a tiempos princesa africana. Brilla. Llega a una de esas discos donde pocos como ella van. Pobres. Cubanos.

Su color de piel llama la atención de los visitantes con tez casi transparente. Ella lo ignora. Se acomoda en la pista. Baila con los suyos. Se mueve al ritmo que solo los cubanos imprimen a la música.

Inevitable. Conoce a un chico. Blanco. Es extranjero. Veintitantos años. Le gusta. Bailan. Deciden continuar la noche fuera de pista. Comienza la fiesta para ambos, solos, juntos.

Yumi nunca ha estado con un extranjero. Nunca ha pensado estar con un extranjero para viajar. Nunca ha querido estar con un extranjero por dinero. Nunca. Solo que ahora está junto a uno. Quieren conocerse, quieren divertirse, quieren placer.

Ya es tarde en la noche. Van al hotel donde el chico italiano está hospedado. Los recibe una muchacha en la recepción. Gorda. Ojos Claros. Blanca. Mira todo el tiempo a Yumi. Mirada intensa, de sospecha. Le pide sus documentos, y con ello, aparecen las insinuaciones.

Yumi le responde no ser lo que está pensando, que no es puta, que estudia letras en la Universidad de La Habana, y que solo está con el chico porque le gusta, por placer.

—Yo no estoy pensando nada –dice la recepcionista— lo estoy haciendo por tu bien, para cuidarte. Si tú tienes algún problema allá afuera –en La Habana— eso se va a saber porque te vamos a tirar por la planta. Va a venir la policía y te va a sacar de acá.

«Yo no tengo ningún problema, puedes poner mis datos con confianza», responde Yumi.

La chica del hotel desconfía. Sigue mirándola. El guardia de seguridad se acerca a la recepción. No quiere perderse la escena. Mira a la cuestionada Yumi mientras la recepcionista pasa a un cuarto. Chequea los datos. Tarda un rato. Sale. La mira. Le dice al huésped que tiene que pagar una noche para la chica. El accede para salir de la molesta situación.

—Son 192 euros para que ella esté hasta las doce del medio día.

Al chico no le alcanza el dinero en efectivo, le faltan unos pocos pesos. Da su tarjeta de crédito. No hay conexión en el hotel. La inquisidora recepcionista le indica donde hay otros cajeros para sacar los pocos euros que necesita. Lo intenta. No hay conexión en todo Varadero.

Desesperados por las trabas, ambos amantes parten para la playa del hotel deseosos de placer, llenos de ganas. Un guardia los detiene. Les explica que solo los huéspedes pueden estar ahí, que esa es la «playa del hotel», que si los ven, le ocasionarían un problema y a ella la sacaría la policía.

Los chicos desisten. Tantas negativas solo puede ser un mal augurio.

—¿Cuánto quieres? –Pregunta aquel joven deshecho antes de irse, ebrio de tanta frustración.

«Yo no quiero nada de dinero. Estoy contigo porque me gustas, sólo por eso», responde Yumi, lo besa y se marcha. No se verán más. Es Cuba, y otra vez ha ganado lo inexplicable.

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Comments

    1. @ milblogscubanos (Josep Calvet, SoliCalvet, etc) … joder tío! 🤪 deje que el experto llegue!! No me asustes al Harold, que es más conservador que yo en esos temas, capaz que lo pongan un “baneo erotico” al ina, orly, como se quiera llamar ahora, mira que Orlando, es el único profesional capaz de utilizar los servicios, de decenas de trabajadoras del sexo, con un cheque del retiro americano!!! 😜😝 Saludos

    2. Jorge te faltó insinuar que este post puede que sea pagado por la USAID o la mafia de Miami 😁. Es tan grande tu desconexión con la realidad cubana que eres capaz de decir que el tema del artículo no sucede en Cuba. Para tu información, sucede bastante.

      1. ¡Qué divertido leer a Carlos! Es como Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como. Conozco a Orlando el Inagotable desde hace muchos años (conocimiento digital, a distancia, etc…) y no he dicho nada ni de USAID, ni de las gusanera de Miami, etc. He dicho lo que sabe Tony y resto de viejos comentaristas, y es la publicidad que suele hacer el señor de la «gun» (eso no lo sabe Carlos, creo) del uso que hace de servicios profesionales relacionados con el sexo. Ni valoro, ni enjuicio, ni nada de nada… Y respecto a lo que sé o no sé del tema, se supone que quien más sabe si sé o no sé….¡soy yo! y ya pasó el tiempo de escribir tanto…así que feliz día de San Severino, abad de Agaun. 😆

  1. Yo, muy ingenuo pensaba que si pagas una habitación de un hotel puedes llevar a quién quieras.

    ¿Está prohibida la prostitución en Cuba?

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