Necesitamos ser más martianos

Por Giordan Rodríguez Milanés

Mi José Martí no es de piedra. No puede ser agraviado con la sangre de un cerdo ni con otro tipo de sangre. En todo caso, la sangre y los sudores solo servirían para enaltecer su gloria ganada con la coherencia en aras de la unidad de los cubanos por una independencia que aun sigue en peligro. La sangre de los que, aferrados a sus utopías e ideales, se ha derramado profusa por una nación soberana, cuya soberanía se sustente en el respeto a la dignidad plena del hombre y de la mujer. Los sudores de la gente humilde que, cada día de la semana, tensan sus músculos e inteligencias en aras de la Patria. La Patria que es de todo el que la merezca y la respete, y la sueñe y la honre, y la defienda por encima, incluso, de su propia individualidad.

Mi José Martí camina por las calles de Manzanillo y de Cuba. No se horroriza ante los audios que amplifican música vulgar. En todo caso, intenta usar su genialidad para comprender el fenómeno, y transformarlo desde la consagración de la belleza. No procura demonizar las redes sociales ni a quienes –desde el contagio o la ignorancia—, las usan desde los antivalores y los egoísmos. Lo veo aprovechando los puentes que las redes sociales propician para sembrar amor, buena fe y reconciliación. No lo asustan los “parones” ni los odios configurados desde la task force a través de las rabias y las frustraciones de los mercaderes de la deshonra.

Mi José Martí no se deja arrastrar por la trampa excluyente de las listas negras. Tampoco considera enemigo al compatriota que las elabora, aunque estoy seguro de que lo combatiría, con la elocuencia y la contundencia de los hechos, hasta las últimas consecuencias. Trataría siempre con argumentos de dialogar con el censor, y buscaría hasta el cansancio la conciliación de posturas. Por mucho que el dogmático y el extremista injurien e intenten excluir a mi Martí, no podrían jamás arrastrarlo a convertirse precisamente en lo que quisieran que fuera ese dogmático y ese extremista en aras, no de la Patria, sino como pedestal de oportunismos, manías y ambiciones.

Mi José Martí solo es intransigente consigo mismo. Tanto que su única “equivocación” es desdeñar el peligro al que se expondría sobre un caballo guerrero ante la descarga de fusilería española cuando más falta le hace a la causa para la cual consagra su vida.  Un Martí intransigente con el colonialismo, más no con el español. Intransigente con el imperialismo, más no con el trabajador o emprendedor estadounidense. Un Martí intransigente con el traidor, más no con el equivocado o el sujeto de la prisa por hacerle el bien a la Patria, o con aquellos que entendieran el camino de la liberación de Cuba en otro sendero.

Y ni siquiera pudo ser muerto por aquella descarga de fusilería en Dos Ríos.  No es que vaya a endilgarle uno de esos calificativos de “eterno” o “invicto”, más propios de la cursilería política que del respeto a la obra y vida de los próceres; no. Mi Martí está vivo porque lo revisito una y otra vez, como quien va hasta el banquillo de mecánico de un padre sabio. Como quien va al linotipo de cobre de mi abuelo Wanchy, al cordón espiritual de mi otro abuelo Gilberto. Como quien va a orientarse, a confrontar sus dudas con el amigo sincero que no vacila en brindar su mano franca, y le pone crítica a mis certezas. Ese es el Martí del que me apropio con la convicción de que otros compatriotas pueden tener un Martí diverso y de que no es solo mío, ni del discurso oficial, ni de la narrativa alternativa, sino de todos y cada uno.

Siendo martiano, o intentando serlo, he dicho y sostengo que estoy dispuesto a dialogar con esos otros que tienen esa visión otra de Martí, y hasta con los que han perdido toda visión aferrados a sus ambiciones y conveniencias. Lo reitero. Todo sea por Cuba. La Cuba por la que Martí luchó y amó, y por la que cada uno de nosotros amamos y luchamos. La Cuba sin la cual no tendríamos Revolución, ni yerros ni aciertos, ni la aspiración de construir el socialismo, ni ninguna otra aspiración. Porque sin nación solo queda el desarraigo, el destierro del alma. Y nada como el sectarismo y el atrincheramiento de los unos contra los otros pone en riesgo la nación. Martí lo sabe y lo manifiesta con su labor de reconciliación y búsqueda de la unidad entre los cubanos en aras de la independencia del colonialismo español y de las fauces imperialistas que anticipa.

Si Martí crea un Partido Revolucionario no es para convertirlo en bunker desde el cual una élite con relaciones de poder trate de equiparar con la desvergüenza y la traición a todo aquel que piense a Cuba distinto. El Partido Revolucionario Cubano es único porque todos los que comparten sus esencias, con todo y matices, caben en él. Porque todos los revolucionarios caben en él, y porque para mi Martí, revolucionario es todo aquel que, desde la libertad personal y la honradez, forja la libertad de la Nación, y defiende la dignidad plena de cada individuo que la integra. Una dignidad que también pasa por el derecho a opinar y a discrepar con, y desde el gobierno y con, y desde el propio Partido.

Necesitamos ser, en verdad, más martianos.