Las armas melladas del estalinismo

Foto: Sputnik Mundo

Por Mario Valdés Navia

No soy de los que atribuyen a Iosif Stalin todos los males del socialismo, aun cuando merezca el mayor repudio por su abandono de la revolución y el empleo de métodos sanguinarios para instaurar un régimen de socialismo de Estado más cercano al absolutismo que a las tradiciones democráticas y libertarias del movimiento socialista internacional. Muchos horrores, errores y oportunismos cometieron otros luego y se lo achacaron a su influencia nefasta como a socorrido Señor Oscuro.

Históricamente, lo peor de la herencia estalinista fue la mundialización del criterio de que el modelo soviético era el socialismo real, el único y verdadero. Las armas melladas del estalinismo se entronizaron así en la teoría y la praxis de los partidos comunistas y sus seguidores en muchos lugares. Ese es el quiste que aún supervive y que es preciso superar en muchas mentes, individuales y colectivas, organizaciones y estados de vocación socialista; entre ellos Cuba.

En cuanto a democracia y libertad, lo primero es la cuestión de los soviets, tan necesarios y olvidados. Los consejos de obreros y soldados surgieron espontáneamente en Rusia, en momentos de crisis revolucionaria, como estructuras políticas de base donde coexistían los revolucionarios de todo tipo, con y sin partido. Aún cuando los bolcheviques llegaron a controlarlos, los soviets seguían siendo plurales y serían ellos los que arrebatarían el poder al zar, la aristocracia y la burguesía en las jornadas de febrero y octubre de 1917.

Tras el triunfo el lema de: ¡Todo el poder a los soviets! fue sustituido, en medio de la aguda lucha por el poder entre las organizaciones revolucionarias, por el de ¡Todo el poder a los bolcheviques! lo que, en la práctica, abrió paso al monopolio del poder por su alta dirección convertida ahora en Comisariado del Pueblo.

El genio maquiavélico de Stalin y sus acólitos les temía como al diablo y pronto descubrió como tergiversarlos y desempoderarlos para siempre. Cuando surgió la URSS, los poderosos soviets de industrias, unidades militares, granjas y koljoses se convirtieron en circunscripciones de vecinos en campos y ciudades. Así, de bastiones del poder de los trabajadores devinieron meras demarcaciones   electorales. La ansiada democracia directa de los de abajo cedía ante la democracia representativa, tan afín a la nueva hegemonía burocrática.

Otro elemento determinante del modelo estalinista es la estatización casi absoluta de la propiedad social y su gestión. Mientras Marx y Engels aspiraban a una sociedad postcapitalista de productores libres y el mismo Lenin afirmaba que el socialismo sería el régimen de los cooperativistas cultos, el estalinismo extendió la propiedad estatal sobre los medios de producción en general −fundamentales y no fundamentales− y entregó a la burocracia su gestión en todos los niveles. No obstante, el país socialista que alcanzó los más altos niveles de estatización no fue la URSS, sino Cuba, tras la Ofensiva Revolucionaria de 1968.

Este usufructo de la propiedad estatal por la alta y mediana burocracia tuvo su alter ego político en la entronización de un Estado/Partido, o viceversa, con un nivel de identificación absoluto entre ambos aparatos, incluso en el plano personal. De ahí que resulten estériles, y hasta risibles, los llamados periódicos a la separación de funciones y la autonomía relativa entre uno y otro, pues este es un rasgo consustancial a la gobernanza en las condiciones de este modelo.

La abolición de las facciones en el seno de los partidos comunistas y la subordinación del resto de las formaciones políticas en los países de socialismo real vino a consolidar este monopolio político por los grupos de poder de las altas instancias partiestatales. Para la participación popular en la esfera política quedaron el aplauso, las marchas y actos ritualizados y sus contrapartes universales: doble moral, economía subterránea y el choteo compensatorio. En el caso cubano, con la fusión de las organizaciones revolucionarias y la eliminación de todos los restantes partidos, el monopolio ha sido absoluto.

A esta forma de gobernanza le son imprescindibles la falta de transparencia informativa, el discurso hiperoptimista y la censura a las opiniones divergentes. Este rasgo, que suele ocultarse tras el mito de que hacer lo contrario daría recursos al enemigo para sofocar el socialismo, solo conduce al voluntarismo, el ocultamiento de los problemas y la posposición de los cambios necesarios para las calendas griegas.

Sin la crítica científica, opositora y popular, los que saben pueden medrar a su antojo con el poder, o aplicar medidas de buena fe que solo conducen al abismo. Ventilar públicamente cómo superar el lastre del modelo estalinista está al orden del día en la Cuba actual.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com