¿Se hace camino al andar?

Desde 1998 nuestra economía entró en una fase recesiva que, como tendencia, dura hasta hoy. Foto: Bohemia

Por Mario Valdés Navia

Si el poeta Antonio Machado hubiera sabido cuántos disparates se justificarían con su precioso verso, quizás no lo hubiera escrito. No porque crear haya dejado de ser la palabra de orden de los revolucionarios y reformistas, sino porque para hacerlo hay que pensar con responsabilidad y sopesar todas las alternativas posibles antes de poner en riesgo el capital de todos y el futuro de las presentes y futuras generaciones.

Cuando el Che asumió funciones directivas en la economía cubana, lejos de ponerse a inventar se dedicó a estudiar las experiencias más novedosas y eficaces del capitalismo y decidió partir del alto nivel de socialización alcanzado por su sector de punta: los monopolios norteamericanos. Al mismo tiempo se negó a aceptar la aplicación del obsoleto cálculo económico soviético que copiaba el mecanismo de las empresas en el viejo capitalismo de la libre competencia, poco concentrado y centralizado. Al respecto afirmaba con claridad meridiana:

En la parte técnica, nuestro sistema [se refiere al de financiamiento presupuestario que propugnaba desde el ministerio de industrias] trata de tomar lo más avanzado de los capitalistas y por lo tanto debe tender a la centralización. Esta centralización no significa un absoluto; para hacerla inteligentemente debe trabajarse de acuerdo con las posibilidades. Podría decirse, centralizar tanto como las posibilidades lo permitan; eso es lo que guía nuestra acción. Esto permite un ahorro de administración, de mano de obra, permite una mejor utilización de los equipos ciñéndonos a técnicas conocidas. No es posible hacer una fábrica de zapatos que, instalada en La Habana, reparta ese producto a toda la república porque hay un problema de transporte de por medio. La utilización de la fábrica, su tamaño óptimo, está dado por los elementos de análisis técnico-económicos […] No podemos tener una General Motors que tiene más empleados que todos los trabajadores del Ministerio de Industrias en su conjunto pero sí podemos tener una organización, y de hecho la tenemos, similar a la General Motors.[1]

Después de años de experimentación idealista (1965-1970), en pos de construir el comunismo de manera acelerada, el país quebró económicamente. A los gastos inmensos para la defensa ante la agresión externa e interna, se añadieron las pérdidas por los inventos: renuncia a las relaciones monetario-mercantiles, los registros contables y los estímulos materiales; eliminación de todo tipo de pequeños y medianos negocios privados, e intento de hacer una zafra inmensa que nos diera fondos para el desarrollo económico.

En aquel momento (1971) la alianza con la URSS y el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME)  se presentaron como tabla de salvación. A partir de aquí se inició un nuevo período de industrialización que nació viciado de gigantismo, dependencia de la materia prima importada y empleo de tecnologías despilfarradoras y antiecológicas. Los encadenamientos productivos al interior de la economía cubana fueron sustituidos por los externos en la llamada división socialista del trabajo.

A inicios de los 90, destruido aquel mundo que nunca fue verdaderamente socialista, nuestra economía quedó como el pintor al que se le parte la escalera: colgada de la brocha. Mas, la voluntad de resiliencia de Cuba pronto dio resultados. Tras los años terribles de 1991-1994, se aplicó un paquete de medidas liberalizadoras para reanimar las fuerzas productivas –apertura a la inversión extranjera, ampliación del turismo, despenalización del dólar− que alcanzó su cima en 1997, pero desde 1998 entramos en una fase recesiva que, como tendencia, dura hasta hoy.[2]

Desde entonces se han hecho numerosas propuestas para continuar las reformas, pero a pesar del amplio consenso existente para hacerlo −tanto entre los especialistas como en la sociedad− el aparato burocrático, temeroso de que la continuación de las transformaciones ponga en peligro su sistema de dominación, ha postergado una y otra vez su aplicación aun cuando aparecen postuladas en los documentos rectores aprobados: Lineamientos, Conceptualización y Plan 2030.

Así, lejos de continuarse el proceso de entrega de tierras estatales ociosas a los productores privados y cooperativistas, este se ha detenido porque las empresas no entregan el millón de hectáreas que aún conservan sin producir. La gastronomía, el comercio y los servicios −no incluidas entre los medios de producción fundamentales− siguen confinadas a empresas municipales descapitalizadas y sin recursos, mientras sus materias primas se desvían inexorablemente hacia la economía sumergida y el TCP.

El perfeccionamiento salarial en las empresas viene por la vía de un cuestionado sistema de pago por resultados nunca visto en ningún país; la reforma general de precios y salarios espera por las calendas griegas y la unificación monetaria es sustituida por la multiplicación con la reaparición del dólar en el mercado. Mientras, el ineficaz acopio estatal sigue a sus anchas en la agricultura; el comercio mayorista para los TCP no se acaba de implantar y de la Ley de Empresas y la autorización de las pymes ni se habla.

Cuba posee el recurso más preciado del mundo: el talento, preparación y creatividad de su fuerza de trabajo. Lo importante es pensar primero a dónde queremos ir y qué hacer para ello, como nos enseñara Varela. No hacer camino al andar, sino trazarlo en nuestras mentes –con bloqueo y cambio climático incluidos− y recorrerlo luego a pasos firmes y seguros.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1] E. Guevara: “Algunas reflexiones sobre la transición socialista” (fragmento de una carta a Fidel de abril de 1965), en Mis sueños no tendrán fronteras”, p.102. El énfasis es del autor.

[2] Vidal, Pável y Annia Fundora: Tendencia y Ciclos en el Producto Interno Bruto de Cuba: Estimación con un Modelo Estructural Univariante de Series Temporales. Universidad de la Habana, 2004.