La nueva izquierda

Foto: Ramón Espinosa/AP

Por Egor Hockyms

El núcleo común de las izquierdas está en la oposición a un modelo de desarrollo orientado exclusivamente a maximizar el capital privado, generando como subproducto injusticia social en el sentido más amplio. Es sin embargo en el grado de esa oposición, adoptado desde la valoración individual de las alternativas, donde radica el desencuentro fundamental de las fuerzas progresistas. La implementación práctica macropolítica del pensamiento de izquierda sufre de ese mal como de ningún otro; y ya sea el comunismo soviético, las socialdemocracias europeas, el socialismo asiático o el del siglo XXI, ninguna fórmula parece concertar esta polifonía.

En Cuba, donde se jugó un papel referencial para la fase práctica del socialismo, las voces diferentes del progresismo moderno han sido acalladas por mucho más tiempo que en cualquier otro lugar de occidente, una región dinámica en la lucha heterogénea de los desfavorecidos por mayores derechos y libertades. La medida en la que nuestra falta de diversidad dependió de la excepcionalidad de un líder, o de la apropiación institucional de un sistema de valores sociales que enraízan con la línea del pensamiento cubano más humanista, es materia de debate. Sí parece bastante razonable que un elemento fundamental en la cohesión unanimista del pensamiento de izquierda cubano, al menos en las últimas décadas, viene de la observancia de un estado de sitio establecido como reacción a la agresión externa, en la percepción de que cualquier disenso puede llevar a una pérdida de la soberanía e independencia nacionales.

A doble contracorriente, el pensamiento progresista en Cuba ha comenzado finalmente a diversificarse y a leer la situación de bloqueo y agresión como una condición permanente bajo la que se tiene que poder vivir y progresar. La agresión es así entendida como una característica ineludible del contorno, que debe ser asimilada teóricamente en cualquier modelo práctico de socialismo no como estado de excepción sino de normalidad, porque un socialismo sin agresión externa es irreal en cualquier aproximación.

La fuerza conjunta de nuestras nuevas corrientes de pensamiento, que deliberan sobre el presente y el futuro de la Isla, es hoy conciencia crítica de una sociedad de personas reales, donde la “vanguardia esclarecida” está cada vez más obligada a interactuar en igualdad de condiciones con militantes críticos, académicos insumisos y pensadores anónimos. La izquierda cubana ya no es solo el Partido, y ha pluralizado el discurso reivindicando además sin reticencias muchos derechos civiles que son conquistas logradas en el modelo liberal, porque van en el sentido de la justicia social. En esa misma línea la institucionalidad jurídica se ha convertido afortunadamente en un tema de debate y se pondera el socialismo propio con ojos de modernidad, acreditando los logros y los desaciertos desde múltiples visiones.

Esta nueva izquierda que tiene todavía relativamente pocos exponentes, pero cuyas discusiones calan con fuerza creciente en un sector amplio de la intelectualidad, incluida por supuesto la militancia, comienza a parecerse a la izquierda progresista mundial no solo en el tipo de temas que la movilizan, sino también en la pluralidad de esquemas de razonamiento desde los que se emiten sus propuestas. Nacida del natural contrapunto entre visiones claras o aparentemente diferentes sobre las vías para construir la sociedad nueva, tiene sin embargo un reto muy grande en el enfrentamiento a un escenario político que solo concibe dos opciones de futuro: de un lado el capitalismo y el neoliberalismo, del otro el realsocialismo y el capitalismo de estado.

Pero no es solo la izquierda, el futuro mismo de Cuba está atrapado en esa bipolaridad. Tanto que hoy, a pesar de esta creciente oleada de pensamiento progresista, casi nadie pone en duda que el desarrollo del país seguirá uno de esos dos caminos si no algún tipo horripilante de híbrido.  Más aún, vemos claramente que incluso la aparición del disenso progre ha sido asimilada con facilidad por esa dicotomía política al punto de prácticamente no representar ningún peligro.

Desde el realsocialismo se asume que, con el tiempo, los reclamos por las libertades individuales podrán formar parte del folclor oposicionista de un capitalismo de estado. Desde el capitalismo se sabe que la eterna lucha por la justicia social se podrá integrar suavemente al circo libreexpresionista neoliberal. Así se complace el adorador de la democracia burguesa y del libre mercado, viendo en nuestro progresismo solo una oposición al gobierno; y también el venerador de la ideocracia comunista, que ve en la nueva izquierda solo el impulso de reformas superficiales para mejor legitimar el unanimismo.

Si para algo podemos usar entonces esta apertura progresista en Cuba más allá del necesario debate sobre hechos e ideas específicas, es para construir una posición “nueva” cualitativamente diferente, que irrumpa en el espectro político de los pronósticos. Una posición impulsada por cubanos de bien comprometidos con la persona real, que somos nosotros mismos y nuestros hijos. Cubanos que no van a comparar para el futuro ni la democracia capitalista de la ideología del dinero, ni el modelo realsocialista de la ideocracia de una vanguardia. Martianos y antimperialistas que en los detalles y en las ideas concretas somos absolutamente diversos, como corresponde a una sociedad vibrante que no depende ya ni de un menú ideológico preestablecido ni de un líder excepcional. Consensuar eso que nos une, visualizarlo y darle forma, será el primer paso; de nuestra diversidad hacer una fuerza será la clave del desarrollo.

Necesitamos entonces algo más que pensamiento progresista, necesitamos un núcleo teórico que asimile nuestra diversidad y levante un paradigma, una narrativa que nos legitime y que sirva como referencia para coordinar la fuerza intelectual y el consenso popular imprescindible. Necesitamos nombrar y describir colectivamente una tercera opción que las personas puedan identificar como futuro posible y que sirva de guía para la eventual puesta en práctica de estrategias de acción cívica, política y ciudadana.

Si la narrativa de la participación no es este núcleo, otro ha de ser, y debemos buscarlo juntos. Pero es responsabilidad de los intelectuales de la nueva izquierda elaborarlo y definirlo, como único modo de evitar seguir siendo arrastrados por una deriva política que en una forma u otra apuntará siempre hacia la marginación de los desfavorecidos.

Si la máxima dirección del Partido no es capaz de darse cuenta y cree seguir la estrategia del menor de los males, o si simplemente le asisten intereses de otra naturaleza desligados de la persona real, será verdaderamente lamentable en términos históricos y hará más difícil el camino en términos prácticos. Pero su militancia de base, que reúne gran parte del potencial progresista de nuestro país todavía atado mayoritariamente al acatamiento, es y seguirá siendo una cantera preferencial de la nueva izquierda, porque la esencia profunda que mueve el anhelo de una sociedad justa y libre es un valor compartido.

Militantes y no militantes vivimos en un país desgastado de realsocialismo, ávido de cambio, pero firme todavía ante la injusta agresión imperialista y el espejismo de una democracia liberal que sabemos socialmente injusta. El cambio imperativo que tanto hemos evitado hacer desde el desespero, no debe venir tampoco de la resignación. Nunca como en la Cuba de hoy ha sido tan posible para la izquierda materializar una macropolítica que pueda asumir al pueblo en su diversidad, bajo el manto de un sistema electoral apartidista e impulsada por el consenso ciudadano sobre los medios de prensa, que son, en el mundo moderno, los verdaderos lugares donde las personas militan.

Va entonces a los intelectuales la exhortación: frente a la obra que tenemos delante, frente al país apasionante que podemos construir para la persona real, la historia nos compele a posicionarnos activamente por la realización de un socialismo participativo, democrático y fundacional. Como aquellos revolucionarios franceses, sentémonos a la izquierda de todos los modelos de desarrollo establecidos, y esta vez desideologicemos la participación ciudadana como acto mayor de progresismo, para luego desarrollar desde la pluralidad una sociedad sin precedentes que pueda marcar de nuevo un calendario y una geografía de la esperanza.

Para contactar con el autor: ehockyms@protonmail.com