Andar provocando

Por Giordan Rodríguez Milanés

La noche de los cristales rotos tuvo una exhaustiva preparación psicosocial sustentada en las plataformas comunicacionales a disposición del poder nazi. La radio, el cine, las representaciones de teatro popular y la gráfica, hábilmente manejados por Joseph Goebbels, maximizan los prejuicios antisemitas a la vez que refuerzan los valores tradicionales del pueblo alemán, y modulan el sentimiento de frustración debido a la derrota en la Gran Guerra.

¿Cómo lo habían logrado los nazis alemanes? ¿Cómo había logrado el metarrelato nacionalsocialista embaucar al pueblo alemán, de tal modo, que los pusieran al borde de la barbarie y redujeran casi a cero cualquier enfoque crítico?

Responder esas preguntas, y generar sus propias aplicaciones, fue el gran cometido de la Mass Communication Ressearch (MCR) que comienza a  ejecutarse en los Estados Unidos a partir de 1940 con fondos estatales asignados a universidades públicas y privadas.  La MCR se sustenta metodológicamente en la aplicación de un modelo mecanicista de estímulo-respuesta, y sobrevalora el papel de los medios respecto a otras variables de orden antropológico y socioeconómico. No obstante, permite a los centros de poder imperialistas acumular y codificar durante décadas, y analizar,   modelar y simular matemáticamente los procedimientos  para la inducción de determinados comportamientos de grupos o comunidades,  con el uso de la inteligencia artificial y el recorte de las distancias comunicativas a través de las redes sociales.

No es por casualidad  que al discurso beligerante de Donald Trump contra el nuevo “eje del mal”  socialista, o sea: Cuba, Venezuela y Nicaragua, se le indexa una  hostilidad psicosocial contra los valores nacionales de sus pueblos. En el caso de Cuba, por ejemplo, una ojeada a las redes sociales nos muestra una diferencia entre cubanos “de la Isla”, que viven “bajo el sometimiento de la tiranía castro-comunista” y los “cubanos del mundo libre”. Los de la Isla, según esta matriz, somos cobardes porque no nos rebelamos contra el régimen, haraganes y acomodaticios porque pretendemos vivir de las remesas que nuestros familiares nos envían desde el “mundo libre”, culturalmente inferiores porque estamos ajenos.

Según esa matriz supremacista, los emigrantes en tránsito hacia los Estados Unidos comienzan a ser criminalizados o asociados a todo tipo de desmanes.  Los médicos colaboradores en Latinoamérica son acusados lo mismo de esclavos, que de agentes desestabilizadores. Estigmatizan a los emprendedores que, debido a las limitaciones no pocas veces absurdas que nuestro gobierno les pone, salen a otras naciones a intentar adquirir lo que necesitan para sus desempeños. Los anti-valores enunciados por la tradición occidental: la impiedad, el irrespeto a la vida, la incompetencia profesional, son común y vulgarmente discriminados en función de la demonización cubana.

Tanto los medios tradicionales como las redes sociales sirven para esa demonización del “cubano en la Isla” o el “cubano procedente de la isla” como un mecanismo  para, primero,  degradar a escala simbólica los valores de la nación a través de los yerros y excesos ciertos o inventados de sus ciudadanos, —yerros y excesos  de cualquier ciudadano en cualquier país del mundo—, y de modo prospectivo justificar el asedio, el acoso económico instrumentado en la Ley Helms Burton, y quién sabe si una agresión directa. Esto no es un problema de las plataformas comunicacionales en sí mismas –como algún trasnochado criollo nos sugiere—, sino por la combinación de la intención hegemónica imperialista y las torpezas, absurdos y abusos, en no pocos casos, de los ideólogos y decisores en la Isla.

Así, por ejemplo, el desamparo jurídico y administrativo en el que el MINREX deja a nuestros emigrantes legales o ilegales, facilita el empeño de esa demonización. Cuando la policía ecuatoriana, en medio de las protestas contra Lenín Moreno, detienen a un cubano en el aeropuerto de Quito bajo la presunción de que estaría monitoreando las actividades del presidente de aquel país,  y el consulado cubano demora varios días en ir a representarlo  y preocuparse por su ciudadano, está alimentando con la desidia  la matriz de que Cuba tiene sembrado  agentes desestabilizadores por toda América Latina. También cuando nuestro gobierno se pronuncia en contra de cualquier injusticia o crueldad contra los emigrantes en tránsito del mundo, y a la vez soslaya a los propios que, ahora mismo, están siendo  abusados y violentados en centros de detenciones norteamericanos, o sobreviven  en condiciones precarias en cualquier país latinoamericano; o cuando el omnipotente jefe de una misión médica chantajea y reprime cualquier expresión crítica o de exigencia de derechos de uno de sus trabajadores, apelando a la retórica ideopolítica para camuflar sus ineficiencias, y el afectado o acata lo que se le ordena, o se le regresa a Cuba. Un fenómeno más frecuente que lo éticamente aceptable que alimenta el mito de la esclavitud de nuestros galenos.

¿Qué no hace una persona que, por las razones que sean, sale en busca de un sueño y lo ponen en la condición límite de una pesadilla? ¿Por qué decidió irse a buscar ese sueño fuera? ¿Solo por aspiración material o también por aspiraciones espirituales asociadas a esos anhelos materiales? ¿Qué responsabilidad tiene nuestro Estado Socialista de Derecho en esa decisión de emigrar?

El sesgo y el reduccionismo semántico propio de los medios tradicionales de comunicación y las redes sociales –que se basa en una adecuación del modo en que neuropsicológicamente convertimos las señales en estímulos, pensamiento y lengua—, se convierte en un arma de destrucción de los valores de una nación, una comunidad humana o determinado estamento, desde los centros de poder imperialistas, con la lamentable complicidad, en nuestro caso, de las propias víctimas y sus representantes. Como si los judíos, con la agudización de la usura y el proselitismo, hubieran facilitado las intenciones de Hitler y Goebbels. Lo cual convertiría a la víctima en victimario a través de la manipulación mediática, la exageración y la diatriba.