Landy y Assel: una felicitación amarga

Foto: Granma

Por Ariel Montenegro

Hoy es el Día del Médico. Yo no lo soy, pero mi familia está llena de ellos: mi hermana y mi cuñado, que concibieron a mi sobrina en el África Austral mientras se ponía en juego su sistema de creencias por los autos y las mansiones de los médicos allá (en total contraste con su vida aquí) y mientras observaban con horror la cantidad de niños que morían en los hospitales (¿cuántos fuera de ellos?); mi tío el sabio, el monje, el que sabe tanto de literatura y arte como de medicina, y eso que de medicina sabe mucho; mi prima la brillante, la mejor graduada, la que sonrojaba a los profesores, la que intimidaba al resto de los alumnos, mi amiga de cuna dorada que se hizo doctora a sabiendas de que su familia la tendría que mantener eternamente…

De gente así está llena Cuba. Uno por cada ciento once habitantes, para ser más exacto.

Los vemos por ahí, abriendo corazones luego de tomar una guagua atestada para llegar al salón, subiendo las lomas en mula para medirle la presión a una embarazada; enfrentados a las crisis políticas y la violencia en medio mundo para llevar esperanza allá donde la ayuda humanitaria del FMI y la OTAN no llegan y, de paso, generando cientos de millones en ingresos para la economía del país.

Todo por un salario magro. Y dirán que todos cobramos mal, que a ninguno nos alcanza el dinero, que los médicos son los que menos mal cobran: la diferencia reside en el contraste entre la vida de un médico fuera de Cuba y dentro, y la facilidad con la que los que se van, revalidan sus títulos y se convierten en profesionales respetados.

Aun así, estudian medicina, aun así, salvan vidas, aun así (contando con el estado de los hospitales y la falta de medicamentos), logran cifras de salud pública que son de envidia para muchos de los países a los que algunos emigran: estudiar medicina en Cuba es una decisión religiosa, un llamado, fe… y si no se les puede pagar más, al menos les debemos honor, devoción y gratitud.

Sin embargo, todo lo anterior está eclipsado hoy. Todo parece menos importante porque hay dos que no están.

Y no fue que colgaron la bata para manejar un taxi, ni cruzaron la frontera de Brasil para llegar a Estado Unidos: hay dos que no están porque nadie sabe su paradero.

A Landy Rodríguez y a Assel Herrera se los llevaron en Somalia, un país extraño. Se los llevó Al Shabab, una organización extraña que para nosotros los cubanos sonaba tan lejana como el Estado Islámico o Imperio Galáctico… “cosas de la televisión”.

Van a ser ocho meses. ¿Qué comerán? ¿Los golpean? ¿Los obligan a salvarle la vida a los mismos que secuestran niños para convertirlos en soldados y niñas para convertirlas en ancianas? ¿Regresarán? ¿Cuándo? ¿Qué están haciendo las autoridades somalíes? ¿Y las cubanas?

Algo, suponemos; es un asunto delicado; dicen. Uno sabe, uno entiende, uno confía, uno no ubica la ira en quienes hacen todo lo posible por traerlos de vuelta; pero a cada rato, cuando no pensamos en el salario o en la guagua, cuando tenemos un minuto para dedicarle a Landy y Assel, “todo lo posible” no es explicación suficiente.

Hoy es 3 de diciembre, Día del Médico. Felicidades a todos.

Felicidades a Landy y Assel, y suerte, y que los devuelvan pronto.

Es la felicitación más amarga que he escrito en mi vida.

(Tomado de Western Congrí)