La Liga cubana de pelota

Por Mario Valdés Navia

El pueblo aficionado al béisbol está convocado oficialmente a emitir sus criterios para sacar al querido pasatiempo nacional del pantano de arenas movedizas en que está hundido. Aprovecho para adelantar el mío: hacer lo que hacen los amantes del béisbol en el resto del planeta Tierra, crear una liga. Los cubanos decimos pelota a este deporte, por tanto, propongo llamarla Liga Cubana de Pelota (LCP).

Creo que al béisbol cubano lo primero que le falta es lo que Napoleón pidió al senado francés para vencer a los ingleses: “dinero, dinero y más dinero”. Este es uno de los deportes más caros y complicados del mundo. Cuba tuvo un alto desarrollo en él gracias a Su Majestad el Azúcar que daba tantos dividendos que hasta una poderosa Liga Azucarera tuvimos, de la que salieron muchos estelares del profesionalismo y de las series nacionales.

El primer escollo para la LCP ya desapareció. Para ir a la Serie del Caribe y poder alquilar peloteros cubanos en ligas extranjeras –ojos puestos en la Gran Carpa− se declaró a los nuestros como profesionales y se les asignó un salario. De un plumazo, borrón y cuenta nueva: adiós a todo aquello de: “la pelota esclava”, “los hombres mercancía” y “la mafia del béisbol rentado”. La ideología fue expulsada del análisis por la propia dirección de este deporte.

Ahora salta a colación que Cuba no quiso eliminar el profesionalismo, sino que fueron las autoridades de los Estados Unidos las que nos cerraron las puertas. En 1959, Fidel declaró que Cuba tenía interés en mantener a los Cuban Sugar Kings −el famoso equipo cubano que jugaba en las Ligas Menores− en el torneo vecino. Fueron ellos los que prohibieron a los cubanos alistarse en su liga sin renunciar a su ciudadanía, por tanto, nosotros no renunciamos al profesionalismo, sino que fuimos expulsados de él.

Claro que esto ya es un poco más duro de aceptar si se recuerda que Cuba lo prohibió en todos los deportes, no solo en el béisbol, por razones ideológicas. En el extinto campo socialista, el deporte solo podía ser amateur y no se cobraba  por practicarlo a ningún nivel, solo el salario que cada uno percibía en su centro de trabajo. Por tanto, los atletas de alto rendimiento vivían en permanente licencia deportiva: una versión socialista de la antigua botella.

El otro escollo actual es mucho más complicado: ¿de dónde saldrá el dinero para hacerlo? Vuelvo a mirar al resto del mundo, añado las peculiaridades cubanas y hallo cuatro fuentes principales: la taquilla de los estadios, la venta de bisutería deportiva, el presupuesto nacional y los aportes de los patrocinadores. Analicemos cada uno con más detalle.

Lo de la taquilla ya existe. Si antes era gratis, hace años que se paga un peso por ver los juegos. Por cierto, nunca nadie da cuentas de esos ingresos. Incluso los narradores no saben decir cuántas personas entraron al estadio. ¿Será que es información clasificada para no dar datos al enemigo? ¿Alguien pudiera informarme sobre lo ingresado en esta serie? Aunque sea en CUP, miles de pesos son una cifra respetable, creo yo.

De todos modos, bien que podría elevarse el precio de entrada siempre que los estadios invirtieran en asientos y servicios de calidad. Por dejar de sentarme en el suelo –en la antigua Grecia y Roma, los estadios tenían almohadones−, estaría dispuesto a pagar cinco pesos, y hasta veinte si tuviera un palco pegado al terreno, algo que nuestros “precavidos” estadios no poseen por razones que ignoro totalmente.

Lo de la venta de bisutería con imágenes e informaciones sobre equipos, deportistas y estadios es algo que se pide a gritos por la afición desde hace años. Que se pueda comercializar la imagen del Che y no la de Omar Linares me parece increíble. Muchos chicos andan con pullovers de Messi, pero no encuentran ninguno de Huelga, Kindelán, o Cepeda.

El presupuesto nacional podría cubrir una parte de los gastos de manera equitativa entre todos los equipos. Los de las provincias y municipios también podrían poner lo suyo. De todas formas, el esquema estrictamente territorial lo considero obsoleto y contraproducente hace rato. La propia práctica lo ha superado y hoy es solo un consuelo para la burocracia vividora del béisbol, pues los deportistas juegan donde los contratan. Pregúntenle a Industriales y Matanzas que son los principales importadores a nivel nacional.

Los sponsors sobrarían: cubanos y extranjeros. Empresas de todo tipo, cooperativas, trabajadores por cuenta propia, instituciones, individuos… todos podrían contribuir si existieran sistemas de control de los aportes transparentes y confiables. Precedentes sobran. Ahí va uno de mi experiencia personal: en 2014, la Dirección Provincial de Cultura de Matanzas pagó unos cien mil pesos a la conga del estadio Victoria de Girón por amenizar los partidos. El jolgorio también cuesta.

La estructura que propongo:

—Seis equipos en dos niveles: A y B. Doce en total. Cada uno con su propia junta directiva

—Dicha junta es escogida mediante elecciones entre peloteros y fans.

—Escuela de béisbol, sucursal femenina y equipos de contratación, especialistas deportivos, economía, salud y comunicación.

—Contratos individuales de los peloteros, según oferta y demanda, en moneda nacional y con los compromisos fiscales al uso.

—Calendario similar al de sus homólogas del área.

He dicho y salvado mi alma. ¡¡Play ball¡¡

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com