Lo que aprendí de Bolivia

Por Giordan Rodríguez Milanés

“Día aciago para Latinoamérica”. “Estupor y rabia”, he leído en comentarios. “Parece que el MAS no estaba tan consolidado como creía, y que han subestimado la derecha”, también he visto. Si uno se pone a pensar en las víctimas que están por llegar, los niños hambrientos que están por nacer en las más humildes comunidades bolivianas, en el desmontaje que –a continuación— harán de los logros del gobierno de Evo Morales, por supuesto que duele.

Da rabia si nos detenemos en la ignorancia de aquellos bolivianos que no han sabido aquilatar ni entender el país que eran y el país que son ahora tras la gestión de Evo Morales. Si nos quedamos con la impotencia de los ciudadanos acosados, sus casas quemadas, los asaltos a sus propiedades, las violaciones, los muertos, los heridos, los humillados, da mucho coraje y uno quisiera tomar un AKM e irse a echar su suerte definitiva con los pobres de la tierra.

Entonces llega Salvador Allende y me dice: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

Sólo en los carteles y las consignas las revoluciones auténticas son dechados de victorias. Hay derrotas políticas. Hay errores garrafales de cálculo. Hay ingenuidades que cuestan vidas y sueños.  Pero también con cada revolución traicionada por los propios o agredida por sus enemigos, hay un cambio en el sistema de valores de los pueblos. Un cambio del cual los medios no hablarán, la mayoría de los académicos no reconocerán, pero que está ahí, latente en la consciencia social de los bolivianos, incluso, en muchos de aquellos que ahora desde la autoflagelación le hacen el juego a la derecha.

Mucha vanidad hay en líderes y ciudadanos, revolucionarios o no, que creemos que en el transcurso de una vida se puede medir el alcance histórico de un proceso sociopolítico. He dicho, y sostengo, que la impronta de Evo Morales a favor de los trabajadores, obreros y campesinos bolivianos, terminará impuesta más temprano que tarde. Que ni siquiera el aymara necesitaba aferrarse al mal ejemplo de no querer soltar el poder personal como, efectivamente, no hizo. He dicho, y sostengo, que ya ni Bolivia ni el pueblo boliviano son los mismos. La derecha, para lograr la renuncia de Evo Morales, se ha visto obligada una vez más a mostrar su peor cara, con sus carcinomas de racismos y odios. Y la seguirá mostrando, como el mazazo que el pueblo boliviano necesita para despertar.

¿Acaso no creemos que “esta Humanidad ha dicho BASTA, y ha echado a andar”? Yo lo creo; y también creo firmemente que nadie dijo jamás que el camino a la justicia, el respeto a la dignidad y la libertad plenas, debería llegar a ser expedito.

Tampoco ese camino se va a transitar por obra y gracia del espíritu de Marx y Engels. Las revoluciones no están predestinadas ni a ser eternas, ni a morir. En todo caso, somos los ciudadanos quienes les alargamos o cercenamos la existencia a las revoluciones. Digo los ciudadanos y no los líderes, y digo los ciudadanos y no sólo los revolucionarios. Considero que el primer paso para que las revoluciones perduren más tiempo, y en una cualidad superior, está en que sus líderes continúen el proceso de aprendizaje de las conciliaciones, la participación activa no de masas entusiastas repetidoras de consignas, sino de individuos y grupos de ellos dispuestos también a ese aprendizaje común que no estaría exento jamás de contradicciones y desencuentros. Los líderes revolucionarios han de aprender a interpretar su tiempo y sus códigos más allá de las pre configuraciones doctrinales, de sus propias ideas y plataformas programáticas. El aferramiento estanco a determinados “principios” –solemos llamarle “principio” a cualquier cosa con demasiado indulgencia—, lejos de fortalecer la proactividad a favor de la izquierda y sus gobernados, la enrarece y agita no pocas veces en dirección contraria. El resto de los revolucionarios también tenemos que aprender e intentar mirar desde la óptica de quienes defienden otros métodos. No sólo aquello que detentan responsabilidades y poderes, sino todos. Incluso nosotros, que desde la academia o la percepción personal, emitimos pareceres y juicios, no podemos soslayar que la derecha existe, se disfraza, está al acecho, y siempre intentará utilizar nuestras honestas confrontaciones entre sí en beneficio propio. No estoy hablando, por supuesto, de renunciar a la crítica ni a la confrontación públicas.

Poco ganan los humildes de la Patria, los desposeídos, esos pobres de la tierra con los que Martí nos enseñó a echar suerte… poco ganan con esa obcecada y aberrante intención de algunos de asociar con los enemigos históricos de las revoluciones cualquier expresión de crítica. Los llamamientos a la unidad deben trascender de una vez el discurso hueco o la intención sectaria aglutinadora de hombre-masa acrítica, y convertirse en acciones concretas, sistemáticas y proactivas que nos permitan evaluar por dónde andamos y cuáles son o podrían ser las diferencias entre lo que queremos y lo que necesitamos, todos o la mayoría real, en vez de esa engañosa mayoría mediatizada de los likes y los gritos en las plazas. Primero ellos que cualquiera, los líderes y revolucionarios con poder, primero ellos deben auto regular sus egos y preconcepciones ideológicas porque mayores son sus responsabilidades y potestades. Después aquellos que, por disciplina partidista, convicción, o ambas, conscientes o inconscientes, se convierten en las marionetas de esos egos desmedidos.

También, y simultáneamente, nosotros los críticos, en aras del perfeccionamiento debemos aprender a desligarnos de nuestras “verdades fundamentales”, y comienzo por reconocérmelo a mí mismo. No pocas veces, sumidos en el movimiento browniano de las ideas confrontadas, sujetos a nuestra formación ideopolítica, no aquilatamos el buen favor que le hacemos a los carroñeros que se alimentan de los despojos de nuestros encontronazos internos.

Sin humildad no se puede pretender llevar adelante una Revolución “con los humildes, por los humildes y para los humildes”. Tampoco la sola humildad basta. Las relaciones políticas del mundo actual demuestran que no basta con usar la democracia representativa como vía para legitimarse. Tampoco es menester volver a la lucha armada. ¿Qué nos queda entonces? Llevar la democracia representativa actual a un estadio de democracia participativa y activa, primero, en la consciencia de los pueblos, después a las instituciones. El camino es largo y complejo, pero posible, si dentro de la izquierda nos entendemos en lo esencial.

A mí, por lo menos, Bolivia me dejó estas enseñanzas.

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