Los narradores de la continuidad

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Por Alina B. López Hernández

No es la primera vez que me refiero a la reacción de medios oficiales cubanos respecto a las personas que asumimos una postura crítica sobre determinadas problemáticas de la situación del país. En el artículo «Antiguas costumbres» aludí a la satanización que se hizo de ellas bajo la etiqueta centrismo durante el año 2017, en un período de relativa distensión política bajo el gobierno de Barack Obama.

Argumenté entonces que esa reacción emergía prohijada por el sectarismo de matriz estalinista que portó el Partido Comunista desde su surgimiento. Dicha posición sectaria, como afirmara Fernando Martínez Heredia, «garantiza contra toda contaminación, a costa de hacer estéril la política propia, y trae consigo un pensamiento que solo admite unas pocas certezas establecidas previamente y una necesidad permanente de excluir, junto a los enemigos reales, a los “enemigos”, “renegados”, “desviados”, “embozados”».[1]

Durante el debate del proyecto de Constitución, y ante la visibilidad que este tuvo en medios digitales, salieron a relucir otras etiquetas difamadoras. Esta vez éramos nuevos revolucionarios para algunos o enemigos del pueblo para el resto.

Escribí en aquel momento el artículo «Los otros», en el que expresaba:

Acostumbrados a la pugna contra un enemigo histórico, los representantes de la ideología oficial no han sido capaces de reaccionar a la emergencia de un pensamiento crítico que, desde su propio terreno, reclama como propio un marxismo verdaderamente dialéctico, demanda un socialismo efectivamente participativo y percibe a la burocracia como un peligro más terrible que el bloqueo de EE.UU.

Es ostensible el furor que muestran los hasta hace poco únicos dueños del discurso de la nación. Perciben que su propio análisis, el que utilizaran siempre para examinar de manera crítica los problemas de otros países, también es útil para enjuiciar la realidad insular. A veces no distingo si tanta molestia es síntoma de prepotencia o de agotamiento, pues como bien aseveró Sun Tzu en El arte de la guerra, al referirse a los enviados de un jefe militar: “Si sus emisarios muestran irritación, significa que están cansados”.

Como parte de la usual estrategia descalificadora, se puede ubicar también el artículo «“Progresismo” en Cuba y memorias del subdesarrollo», de Karima Oliva y Vibani B. Jiménez, que hace pocos días fuera publicado por la revista Cuba Socialista. No serán miembros del PCC, como afirmaron en una entrevista a Iroel Sánchez, incluso ambos viven en México y él es natural de aquel país; pero la revista que los acoge es la publicación teórica reconocida del único Partido en Cuba, de ahí que la considere un medio oficial.

En su texto, ellos engloban bajo el término progresismo a cualquier perspectiva que se aparte de lo que denominan «el ejercicio libre del pensamiento crítico desde la revolución».[2] Dan así la espalda a una realidad que es incómoda y que describí en la ponencia «Los intelectuales y sus retos en la época actual»:

La intelectualidad insular estuvo polarizada por mucho tiempo de manera simplista entre los que se oponían a la revolución socialista y los que la defendían incondicionalmente. Tal escenario se ha modificado, y entre esos polos extremos se extienden hoy múltiples corrientes de pensamiento que coinciden en la crítica al modelo socialista burocrático, sin que renuncien a un gobierno de esa tendencia.

Oliva y Jiménez han tomado esas múltiples corrientes para fundirlas en una. Psicólogos de formación, intentan instaurar una especie de modelo único de conciencia política. Algo similar hizo la antropología psicológica cuando afirmaba que existían modelos culturales en base a la personalidad de las culturas, y que cada pueblo tenía un espíritu específico.

Pero esto es otra cosa. A los referidos autores les bastó una palabra, progresismo, para homogenizar a todos los enemigos: reales, potenciales o hipotéticos; amantes de la economía de mercado o del socialismo libertario; anarquistas, socialdemócratas, socialistas, anticomunistas…

Unidad es la palabra de orden, o mejor, enemigos de todas las tendencias: uníos. Partido único vs modelo único de pensamiento adverso. Muy simplificador, muy cómodo, muy oportunista. Sobre todo, muy esclarecedor de la actitud del Partido hacia la crítica. Ciertamente que son continuidad.

La etiqueta, además, es confusa, pues bajo el mismo concepto se refieren los analistas políticos —algunos internos—, a ciertos gobiernos de la región bien vistos por el gobierno cubano, como los de México y el electo en Argentina.

Pedro Monreal se refirió atinadamente al error de método en que incurren Oliva y Jiménez al no aportar evidencia alguna que sostenga su clasificación del progresismo como una corriente de pensamiento. Por ello no es un ensayo y sí un artículo de opinión lo que leemos bajo su firma. Un ensayo requiere contrastación de tesis y aquí, sin haber analizado un nombre, un texto, un enfoque, una fuente; no es posible aceptar, siquiera entender, el punto de vista que ofrecen los articulistas.

Interrogada por Iroel Sánchez sobre por qué se abstuvieron de hacer esas referencias, la respuesta de Karima Oliva nos deja más confundidos aún:

No nos referimos a ninguna persona o medio en específico porque lo significativo que vemos en ellos es precisamente el formar parte de lo que identificamos como una corriente de pensamiento con determinadas características dentro de cierto sector. Fue en la caracterización de esta corriente donde quisimos poner la mirada. No considero serio personalizar un análisis que precisamente adquiere interés para nosotros en la medida en que se va convirtiendo en análisis de una tendencia y no de la obra de algún intelectual en específico…

Vieron el bosque, pero no los árboles; es obvio que no les interesaba hacerlo. Después de valorar a los progresistas como elitistas, acaban por confesarse igual de sectarios y parcializados. Vibani Jiménez afirma: «En realidad el texto no está dedicado a los actores mediáticos que se asumen dentro del progresismo, presentándose constantemente como lo que no son. Va dirigido sobre todo a quienes identificamos como compañeros de una lucha común por el socialismo, incluso más allá de las fronteras, para servir al diálogo honesto y la reflexión seria». En fin, el texto es sobre el progresismo, pero no está dedicado a los progresistas, sino a sus detractores.

Faltan argumentos, eso es indudable, como también lo es que a los autores les sobra presunción. En la mencionada entrevista, Karima Oliva argumenta algo que rompe con cualquier tratado de lógica: «Rápidamente algunos se sintieron aludidos y reaccionaron de forma defensiva ante el texto. Esto, a nuestro entender, pone en evidencia que la tendencia que estamos describiendo existe. Interpretamos la magnitud de su incomodidad con el grado de certeza que tuvimos en describir el fenómeno».

Si tomáramos ese juicio para invertirlo, sería muy relevante el grado de incomodidad de la esfera ideo-política del Partido Comunista y sus diversas dependencias respecto a los críticos de cualquier tendencia, que tendríamos, según el curioso razonamiento de Oliva, toda la certeza en nuestros puntos de vista.

Tres acápites dividen al artículo. Los dos primeros —«Intelectualismo “progresista” y sus referentes», y «“Progresismo”, influencers cubanos y capital intelectual redituable»—  son extensos y pueden despertar el mayor interés, pues en ellos es que se fundamenta la existencia de la fantasmal corriente única. Sin embargo, el tercero: «Pensamiento crítico y socialismo en Cuba», apenas de tres cuartillas, es dónde se logra deducir la intención real del texto.

Leamos con detenimiento tres citas de las que he enfatizado algunas frases:

«En este sentido, es claro el planteamiento del gobierno revolucionario sobre el hecho de que en Cuba sólo puede haber lugar para la continuidad y profundización del socialismo en un proceso de carácter irreversible».

«Es desde la continuidad como se puede profundizar la democracia socialista…».

«Y es precisamente también el ejercicio libre del pensamiento crítico desde la revolución, el que permite reivindicar el socialismo cubano…».[3]

El disfraz utilitario que intenta hacer pasar al gobierno por la revolución, una vez rasgado, nos permite calar bien que este artículo, con apariencias de novedad, es exactamente más de lo mismo. El mensaje es claro: solo los gobernantes y sus ideólogos oficiales saben discernir entre el bien y el mal, solo ellos pueden actuar como guardianes de la doctrina.

El embuste de que la corriente del progresismo, en cohesión unánime, apela a valores propios de la democracia burguesa; intenta ocultar la lucha de  intelectuales y ciudadanos porque se cumplan la democracia y el estado socialista de derecho que fueron aprobados en la constitución cubana.

La libertad de pensamiento, de expresión, de manifestación, de movimiento; la no discriminación por motivos ideológicos, y, no menos importante, la conversión de la propiedad estatalizada en propiedad realmente social con la consiguiente transparencia de la gestión pública, son motivo de tensiones constantes en este país. No son mitos de la democracia burguesa, son deudas pendientes del socialismo burocratizado que tenemos.

Buscando una narrativa común al progresismo, Oliva y Jiménez se convirtieron en los narradores de la continuidad. A mí, en lo personal, me ofende menos la etiqueta de progresista que la de continuista. El continuismo siempre es conservador.

Los progresistas tenemos mejores oportunidades.

Para contactar con la autora: alinabarbara65@gmail.com

[1] Fernando Martínez Heredia: La revolución cubana del 30. Ensayos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007.

[2] Op. cit. p. 13

[3] Op. cit., pp. 12 y 13.

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