Pasado y presente

Foto: Clarín

Por Mario Valdés Navia

Desde que Zeus nos castigó con la mortalidad por haber aceptado el fuego que nos trajera su rebelde hijo Prometeo, la vida humana es una lucha contra el tiempo. En la primera línea estamos los historiadores, porque el tiempo es el objeto de nuestra labor. Pasado y presente se entremezclan en nuestros juicios incesantemente, pero no somos los únicos. Todos luchamos por el ahorro del tiempo y por eso no dejamos para mañana lo que se pueda –y se deba− hacer hoy.

Aunque se relacionan estrechamente, pasado y presente son momentos muy distintos. El primero ya ocurrió; es objetivo e incambiable, está fuera de nuestro alcance. El segundo está en pleno desarrollo, y depende del carácter y la eficacia de nuestras acciones. Intentar vivir el presente como si fuera el pasado es, por tanto, una quimera peligrosa e irresponsable.

Al respecto decía Gramsci: “¿Cómo es posible pensar el presente, y un presente bien determinado, con un pensamiento trabajado por problemas de un pasado remoto y superado? Si ello ocurre, significa que se es anacrónico en relación con el tiempo en que se vive, que se pertenece a los fósiles y no a los seres modernos”.[1]

En lo político, el tiempo histórico del llamado socialismo burocratizado, real, o estalinista fue el siglo XX. Pertenece al pasado de la humanidad. Cuando, a inicios del milenio, el revolucionario Chávez se propuso construir una sociedad socialista en Venezuela no contaba aún con un modelo teórico para hacerlo, pero sí estaba claro de qué no podría ser: una copia del fracaso. Por eso lo llamó Socialismo del siglo XXI.

Intentar mantener a toda costa ese modelo en el contexto del mundo actual es, no solo contrarrevolucionario, sino un crimen de leso anacronismo. El auge actual del llamado socialismo de mercado en China, Viet Nam y Laos, con sus virtudes y defectos, ocurre por senderos bien distintos al de aquella malograda experiencia de origen soviético.

Por eso, lo que quede de ese socialismo en Cuba ha de ser extirpado de raíz mediante un profundo conjunto de transformaciones que sacudan la morralla burocrática y liberen las fuerzas productivas sociales de una vez y por todas. En lugar de curitas de mercurio para sobrevivir un tiempo más, hay que tratar nuestros males con purgantes fuertes y bisturíes afilados que den nuevos aires al proyecto.

Solo así se podrá expulsar el lastre y la basura enquistados en el tronco de la nación. Esas taras económicas, sociales y políticas que todos advertimos no pueden sostenerse caprichosamente hasta un futuro incierto. Muchas de ellas inclusive habían sido condenadas a desparecer en los documentos de los últimos congresos del partido, pero siguen ahí, sin fecha de vencimiento.

Me refiero –entre otras cuestiones explicadas por valiosos especialistas del patio en repetidas ocasiones— a: la extensión de una economía mixta, donde el sector público/estatal se concentre en los sectores claves y de alto grado de socialización; el fomento de las pymes y cooperativas en los demás sectores como fuente principal de empleo y de creación de PIB. Para eso es imprescindible una Ley de Empresas, moderna y contextualizada, que ponga condiciones claras y similares para todos los sectores.

La eliminación –¡no la proliferación!— de la multiplicidad monetaria y cambiaria; la creación de un mercado mayorista para todos los sujetos económicos; la reforma general de salarios y precios; la ley del patrimonio de todas las personas, en particular de los funcionarios públicos; el empoderamiento de los colectivos laborales para la gestión de sus recursos humanos y materiales y la distribución de las ganancias; la descentralización de los municipios y el fomento de un real Estado de derecho.

Si bien medidas como empezar a planificar a partir de los colectivos, elevar el salario del sector presupuestado y pensionado, y vender bienes en dólares electrónicos en tiendas especiales apuntan hacia esos fines, lo cierto es que van más a lo urgente que a lo fundamental. No llegan a la esencia de los cambios necesarios. Ojalá estén concebidas a crear condiciones para hacerlos y no sean meras formas de eternizar el pasado en un presente tan urgido de cambios liberalizadores.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

 [1] “Todos somos filósofos”, en El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, La Habana, Ediciones Revolucionarias, 1966, p. 11.

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