¡Ay, Halloween, compadre!

Foto: elToque

Por Maikel José Rodríguez Calviño

Mucha polémica ha generado la celebración de Halloween en Cuba. Asunto viejo, debatido con anterioridad en varios espacios y medios de prensa. Como era de esperar, en esta ocasión no faltaron los comentarios epidérmicos y facilistas cargados de una nociva paranoia que al final solo hace daño. Mi predilecto: «eso es una penetración del enemigo», idea tan absurda como anquilosada, propia de personas que no conocen cómo se configuran las identidades culturales, cómo evolucionan y se transforman. Los Beatles fueron una «penetración» en su tiempo y hoy John Lennon está perennemente sentado en un parque de La Habana.

Incluso, hubo alguien que comentaba sobre la inexistencia de brujas en nuestro país, sin tener en cuenta que ellas forman parte del folklore cubano, pues constituyen uno de los arquetipos mitopoéticos importados desde Europa, debidamente naturalizados aquí. Brujas y casas embrujadas aparecen recogidas en Mitología cubana, de Samuel Feijóo, y Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, de Rivero Glean y Chávez Spínola, por solo citar dos ejemplos.

Lo que nunca tuvimos fue celebración de Halloween, que no pasa de ser una invención mercantil basada en ritos celtíberos asociados con el culto a los muertos. Esa tergiversación comercial es la misma que nosotros causamos cuando, en aras de vender, generamos productos culturales basados en imágenes estereotipadas de lo cubano (mulatas voluptuosas, negros rumberitos, eterna diversión). Entonces, el extranjero ve un show mediocre con tres malas bailarinas destrozando un guaguancó y cree, porque así se lo hacemos creer, que disfrutó de la Cuba real y profunda, que se lleva un trozo autóctono de nuestra identidad. Ergo: nosotros también generamos pseudocultura. Cambiemos eso y después podremos criticar al otro. Recuerden aquello de las piedras y el tejado de vidrio…

Lo tradicional es una construcción cultural en toda regla, que se reconfigura a diario. Muchas tradiciones mueren, otras se incorporan. Debemos preservarlas, pero ello no implica que no aceptemos o conozcamos otras. De hecho, lo tradicional, en cuanto zona sagrada, es dúctil y poroso. Perderlo implica no ser, no estar: resultados de la adopción de patrones culturales hegemónicos importados. Pero ninguna cultura debe negarse a lo nuevo; el secreto está en aceptar lo nuevo sin demeritar ni olvidar lo viejo, lo que nos define, lo que ya somos, lo que se cohesionó tras siglos de praxis cotidiana. Muchas veces, de eso depende la supervivencia de un grupo cultural. Así evita desaparecer: no ser, no estar. Así lo demuestran nuestros sincretismo y transculturación.

Con ello no estoy defendiendo la polémica celebración ni abogando por su puesta en práctica. Quiero, ante todo, evitar malentendidos. Ya sabemos lo susceptibles que pueden ser determinadas personas con respecto a temas así. Antes bien, quiero llamar la atención sobre una sencilla realidad: las tradiciones cubanas no tienen su origen en Cuba. Somos el ajiaco que mencionaba Don Fernando Ortiz, autor de una magnífica trilogía centrada, precisamente, en lo que él llama brujería de los blancos (para diferenciarla de la brujería o santería cubana de origen africano) donde la bruja, como arquetipo, tiene un rol protagónico. De hecho, conservamos poco de nuestra cultura autóctona, y lo que tenemos, muchas veces no lo conocemos ni valoramos. Hoy muy pocos hablan de Opiyelguobirán, Caracaracol o Iguanaboína. Pregonamos la necesidad de conservar nuestra identidad, cosa que defiendo todos los días, sin embargo, las salas del Museo Nacional de Bellas Artes no inician su recorrido con un dujo o un hacha petaloide tallados por un taíno. Ahora, y esto es importante: somos producto de una mezcla, una gran fusión que ha originado algo nuevo, deslumbrante, único y plural: nos originó a nosotros. Todo se reduce a eso. De muchas cosas, algo nuevo. Dialéctica pura.

Más que atacar la fiesta de Halloween, debemos preguntarnos por qué nuestros niños y jóvenes celebran esa y no otra. Debemos preguntarnos qué hacemos todos los días para transmitirles nuestra identidad (su identidad) sin recurrir al panfleto vacuo y a la muela retórica que no interesa a esas generaciones; cómo mostramos lo cubano de forma atractiva, actual, novedosa, en consonancia con el horizonte de expectativas de los nuevos públicos. Critiquemos la mercantilización hegemónica de lo cultural, no el sustrato histórico, mítico y poético que lo sostiene.

Además, la identidad cultural no es algo que se pierde de la noche a la mañana. Quien se olvida de ella con tanta facilidad (quien se deja «penetrar» alegremente) nunca la tuvo o mereció. ¿Podemos considerar «penetraciones» las obras de Hans Christian Andersen, Charles Perrault y los Hermanos Grimm, quienes recopilaron y adaptaron al universo infantil un sinnúmero de leyendas europeas que hoy conocen y disfrutan niños de todo el mundo? Leyendas que, por demás, contienen sistemas ideológicos bien estructurados, ajenos, otros.

La cubanía y la cubanidad van más allá de pedir caramelos de puerta en puerta y disfrazarse de zombie; va más allá de memorizar pasajes históricos y largas consignas sin conocer sus verdaderos significados, lo que representan en nuestro camino histórico y cultural. Pedir caramelos y vestirse de bruja no ponen en crisis la cubanidad. Sí lo hacen el simplismo y el desconocimiento, la crítica festinada que no viene respaldada por soluciones ni propuestas centradas en preservar y transmitir lo que somos.

La identidad está en nuestra mitología, en nuestras criaturas fantásticas, en Feijóo y René Batista Moreno. Cuando enseñemos con talento e inteligencia esos mitos a las nuevas generaciones (mitos, por demás, de origen europeo, debidamente aplatanados en nuestra Isla), daremos el primer paso para que los niños y jóvenes pongan a un lado el «truco o trato» y se detengan en la horrible belleza del güije, en el mortífero encanto de la madre de agua, en los estremecedores aullidos de La Gritona.

(Tomado del Facebook del autor)

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