Cambiar las reglas del juego

Foto: Diario AS

Por Yasvily Méndez Paz

El 27 de octubre de 2019, a nueve años de la muerte de Néstor Kirchner y justo el día en que Luiz Inácio Lula Da Silva cumplía 74 años, se produjeron las votaciones generales en Argentina y Uruguay. En este último, los resultados apuntan a una segunda vuelta en la que se enfrentarán Carlos Martínez por el Frente Amplio y Luis Lacalle Pou, representando al Partido Nacional. Las disputas por el poder serán un reto. La oposición alude el desgaste del Frente Amplio en estos 15 años, pero la izquierda latinoamericana pone sus esperanzas en el «partido de Mujica». Mientras, la nación sudamericana enfrenta nuevas problemáticas –como la inseguridad— que exigen cambios en los modos de actuar desde el discurso y la praxis política. Este es un problema que afecta a las familias uruguayas, y deberá ser un asunto prioritario en la agenda del candidato ganador.

En Argentina, el binomio Fernández (Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner) recibió más del 45% de los votos, lo que les dio una victoria inexpugnable en la primera vuelta. Este ha sido un triunfo muy esperado por las masas populares argentinas, quienes han sufrido las políticas neoliberales aplicadas por el gobierno de Mauricio Macri. Sin dudas, los resultados de la jornada electoral en Argentina serán sumamente favorables para la región y el proyecto de la izquierda latinoamericana. De hecho, la presión deberá disminuir sobre Bolivia y la derecha tendrá que retroceder o al menos perderá parte de la fuerza que le provee el apoyo de Estados Unidos, la OEA y la Unión Europea.

Durante los últimos años el neoliberalismo ha dominado el panorama político en la región latinoamericana. Los gobiernos de derecha, financiados y apoyados por la Casa Blanca, se han impuesto mediante «vuelta de tuerca» ante los movimientos populares latinoamericanos. Como bien expone David Harvey, «el neoliberalismo promueve el bienestar del ser humano sobre la base del desarrollo de las capacidades y libertades empresariales del individuo, dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada, fuertes mercados y libertad de comercio, para restablecer las condiciones que conduzcan a la acumulación del capital y restaurar el poder de las élites económicas». En el caso de los países subdesarrollados, el dominio del capital financiero resulta fundamental para cumplimentar dichos propósitos. Sostener pactos con instituciones internacionales que regulan el mercado y las finanzas a nivel internacional, como el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización Mundial del Comercio (OMC), conllevan al dominio de dichas economías y, por ende, al endeudamiento y acentuación de la pobreza.

Las políticas neoliberales se injertan en el tejido social a través de un aparato conceptual que se acepte como hegemónico e incuestionable, utilizando diferentes herramientas como: el sistema educativo, los medios de comunicación y las TICs; estas últimas han provocado una verdadera revolución en el pensamiento contemporáneo mundial. Los discursos, las redes de solidaridad laboral, políticas u otras, las relaciones sociales, la seguridad social y cultural, el respeto a las diversidades étnicas, el derecho a la tierra, entre otros valores y conceptos existentes, son proyectados como ilegítimos y dañinos mediante la manipulación sociopolítica y cultural. El espejismo surrealista del neoliberalismo impacta en las masas populares, y la izquierda latinoamericana debe enfrentar los retos que ello representa.

Los gobiernos progresistas en la región deben enfocarse en la lucha contra el neoliberalismo, por lo que representa para los pueblos de América Latina. Teniendo en cuenta el contexto político que enfrenta en la actualidad, la lucha debe ser por el logro de una democracia sobre la base de los postulados posneoliberales, en continuo diálogo con los partidos y el resto de las instituciones que forman parte de la nomenclatura política de la región. Ese debe ser el centro de atención de sus agendas, sin obviar el foco de mejoras sociales y económicas que favorezcan a los pobres.

En la actualidad, América Latina no tiene las condiciones estructurales para radicalizar sus sistemas políticos. Antes, se deben educar a las masas populares, deconstruir los cimientos actuales sobre los que se impulsa la educación, aceptar las diversidades ideológicas existentes y tener la capacidad de dialogar y establecer la hegemonía de los gobiernos de izquierda, sobre la base de estrategias que sean perdurables en el tiempo. Varios gobiernos de izquierda, como Venezuela, Nicaragua y Bolivia, han resistido la fuerte ofensiva de la derecha liderada por los Estados Unidos y la OEA. Este momento debe convertirse en impulso para retomar las alianzas políticas y económicas de la región. Existe una segunda oportunidad para cambiar las reglas del juego.