Entre la derecha y la izquierda

Foto: Milenio

Por Yasvily Méndez Paz

El domingo 20 de octubre se produjeron los comicios generales en Bolivia, en medio de un convulso contexto que ha mantenido en jaque al gobierno de Evo Morales. Un tiempo antes, el actual mandatario de la región sudamericana había denunciado un plan golpista –instrumentado por el gobierno de Donald Trump—, con varios propósitos.

En primer lugar, desacreditar la imagen pública de Morales sobre la base de una «guerra sucia» –estratagema política muy utilizada en el contexto político internacional— a través de las redes sociales como herramienta de comunicación. Días atrás, circularon la noticia de una hipotética cuenta que el líder andino tenía en el extranjero, y muchos creyeron en ese supuesto.

En segundo lugar, mantener desinformada a la población boliviana mediante videos, mensajes de voz o de texto que desvirtuaran la realidad o al menos ocultaran una parte de ella. De hecho, las televisoras continuaban con su programación de novelas, películas y otros programas fútiles, mientras en las calles el panorama adquiría otros tonos a través de los enfrentamientos entre civiles e, incluso, civiles y militares, del MAS y la oposición boliviana.

En tercer lugar, financiar una parte de la campaña política de la oposición, utilizando organizaciones que servían como «fachada» para ocultar los verdaderos propósitos expoliadores y de rapiña. Por último, la utilización de organismos internacionales, como la OEA, para sembrar dudas sobre la legitimidad del proceso electoral sudamericano. El detonante perfecto, un supuesto fraude con el tema de los votos, pretexto utilizado para «recomendar» una segunda vuelta en los comicios generales de Bolivia. Sutilezas archiconocidas por aquellos latinoamericanos que no olvidamos el «modus operandi» de la OEA, como traspatio del gobierno norteamericano.

Pero la situación política actual de Bolivia resulta mucho más compleja y responde a una concatenación de factores. Por un lado, el contexto y los planes de la Casa Blanca, junto a la socialdemocracia sudamericana, para eliminar los gobiernos progresistas que quedan en la región del Cono Sur. Entre el «Buen Vecino y Gran Garrote», los marines yanquis y las sutilezas diplomáticas del gobierno norteño, la situación sudamericana se define hoy tras bambalinas, arbitrada por organismos internacionales y regionales bajo el incentivo de la política de laissez-faire, entre otros tributos ofrecidos por Estados Unidos. Argentina, Ecuador, Chile y Brasil, constituyen ejemplos recientes que permiten entender los perjuicios generados con la aplicación de políticas neoliberales en la región.

Por otro lado, el problema de la democracia capitalista, cuyos resortes impactan el imaginario social de las masas populares. En el caso de Bolivia, la derrota de Evo Morales en el referéndum constitucional del 21 de febrero de 2016 –por la aprobación o rechazo del proyecto de modificación constitucional para una nueva reelección— significó un fiasco político. Los intentos de relegirse no fueron bien recibidos por la mayoría de los ciudadanos bolivianos –51% de los votos dijo NO, mientras el 49% dijo SÍ— pues violaba los postulados de la democracia capitalista plasmados en la Constitución Política del Estado (CPE). Algunos colegas consideran que Evo Morales debía haber rechazado su postulación para darle paso a otras figuras dentro del gobierno, como el actual vicepresidente, y otros piensan que a lo mejor no lo hizo por miedo a una traición como el caso de Ecuador con Lenin Moreno. De cualquier manera, los opositores al gobierno de Evo no solo se enfrentan a él como mandatario, sino a todo lo que representa su programa político.

Junto a esto, las crisis de Venezuela y Cuba constituyen una realidad insoslayable. Particularmente Venezuela, cuya situación ha impactado en el imaginario social boliviano por mediación de testimonios de emigrantes venezolanos, experiencias de familiares o amigos, y la manipulación mediática que ha sufrido el gobierno de Nicolás Maduro y su pueblo. “Mucha propaganda y poca cultura política” como diría un colega. La educación boliviana ha estado bajo el arbitrio de influencias neoliberales, y el proyecto de Evo Morales no ha logrado deconstruir el sistema educativo desde el punto de vista estructural. Por último, la izquierda latinoamericana ha presentado diversos problemas para instaurar una política de continuidad que represente una hegemonía perdurable en el tiempo. El histórico caudillismo continúa predominando, dependiendo de personajes políticos, cuya ruptura es inminente una vez fuera del poder. Hace unos años, Luis Inacio Lula Da Silva planteó en una entrevista que los gobiernos de las izquierdas latinoamericanas no han sabido solucionar la contradicción que se les plantea cuando proporcionan educación y mejores empleos a los pobres y, por ende, los ubica en estatus superiores. Esas personas cambian su mentalidad, por lo que resulta necesario articular un discurso político coherente con los nuevos estatus, y que los proyectos representen nuevos estilos de gobierno.

Verdadero reto para la izquierda latinoamericana.

Anuncios