Todos los tonos del gris

Foto: Kaos en la red

Por Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Recientemente, la profesora Alina publicó su artículo “Sea breve presidente”, en el que discutió alguna de las frases e ideas de mi artículo “La buena semilla”. Debo agradecerle el haber abierto la polémica, pues eso me da pie para expresar de un modo más meditado y completo mi pensamiento. De más está decir que se trata de un debate amistoso entre camaradas, y que mi respeto por la profesora es el mismo de siempre.

Lo primero que me gustaría dejar claro, es que detesto las etiquetas y las descalificaciones sin fundamento. Soy un partidario de la inclusión: creo que en nuestra sociedad el reto es sumar, porque restar es muy fácil.

Nuestra discrepancia original fue acerca de cómo interpretar la frase de Fidel que citó el Presidente Díaz-Canel el día de su elección. Quisiera decir que, en realidad, entiendo perfectamente la frustración de quienes han vivido décadas esperando por un futuro que nunca llega. Me parece banal discutir aquí si es más importante el futuro o el presente. Ni siquiera voy a valorar la efectividad discursiva de esa cita en particular, en el contexto específico en que fue enunciada. Me limitaré a recordar que, para una sociedad que se pretende en transición socialista, la dimensión de futuro es algo esencial.

También quisiera, si la coyuntura me lo permite, ahondar un poco en el problema de la responsabilidad del intelectual revolucionario, sobre todo en las condiciones de la Cuba actual.

I

El socialismo no se trata solamente de justicia social. No es educación y salud gratuita. Ni siquiera se trata solo de la ampliación de derechos, entendidos estos en un sentido individual. El socialismo, en la vertiente que nace de Marx y Engels, es también la capacidad de la sociedad para estructurarse como sujeto colectivo de su propio destino. Esa dimensión comunitaria no se puede perder. El camino hacia el comunismo, para los fundadores, pasaba por la creciente capacidad de la sociedad para construir de manera consciente nuevas relaciones sociales, que favorecieran la emancipación de los seres humanos.

Para remarcar esto, voy a citar a Engels en Del socialismo utópico al socialismo científico, aún a riesgo de ser acusado de clasicista. Dice el cofundador del marxismo sobre el socialismo:

“(…) La propia existencia social del hombre, que hasta aquí se le enfrentaba como algo impuesto por la naturaleza y la historia, es a partir de ahora obra libre suya. Los poderes objetivos y extraños que hasta ahora venían imperando en la historia se colocan bajo el control del hombre mismo. Solo desde entonces, éste comienza a trazarse su historia con plena consciencia de lo que hace. Y, solo desde entonces, las causas sociales puestas en acción por él, comienzan a producir predominantemente y cada vez en mayor medida los efectos apetecidos. Es el salto de la humanidad del reino de la necesidad al reino de la libertad.” [1]

Una sociedad en transición socialista es una sociedad que se traza su historia de manera consciente. La conciencia, en cualquier proceso humano, implica la creación y proyección hacia el futuro de modelos ideales. En el socialismo, no se puede prescindir ni del futuro ni del Proyecto.

Por otro lado, para la sociedad de un país del Tercer Mundo, la necesidad de tomar control de su historia es crítica. Ello se debe a que la división internacional del trabajo, y la estructura geopolítica correspondiente, confina a esos países a un atraso estructural y crónico. Las reglas de la economía capitalista no juegan a favor de que los países atrasados puedan entrar al club de los países ricos. Esas naciones subdesarrolladas necesitan más que cualquier otra de la independencia y el control sobre su destino que les puede proporcionar una revolución socialista.

Esa es la situación de Cuba, que solo con el socialismo pudo conquistar su completa independencia política. La pequeña isla del Caribe se rebeló contra la posición que le tocaba en el tablero del mundo. Eso le permitió hacer realidad algunos sueños que parecían imposibles, como son la educación y la salud universales.

Por supuesto, a la larga Cuba no se ha librado completamente de los condicionantes geopolíticos. Eso es porque el socialismo no puede triunfar en un solo país. Pero se puede afirmar que el proyecto de transición socialista es uno de los pilares de la independencia política cubana.

II

Planteado lo anterior, se hace necesario reconocer que los mecanismos creados para que la sociedad cubana avance por la ruta del socialismo han sido muy precarios e ineficaces. Cuba, al igual que todos los socialismos del siglo XX, optó por un modelo de socialismo de Estado, lo cual tiene su explicación en la propia historia de ese siglo. El aparato burocrático estatal y partidista se convirtió en un mediador encargado de tomar todas las decisiones administrativas y de llevar a la sociedad hacia la construcción del socialismo.

Ese establishment burocrático ha resultado ser un ente sumamente contradictorio, pues por un lado es el principal encargado de asegurar la reproducción de toda la sociedad, incluyendo aquellas conquistas obtenidas por la revolución socialista, mientras que por el otro utiliza en su funcionamiento métodos retrógrados propios de las sociedades de dominación: discrecionalidad y verticalismo en el ejercicio del poder, mentalidad administrativa y tendencia al mimetismo, es decir, a aplicar métodos, técnicas y formas de racionalidad propios de las sociedades capitalistas. A lo cual hay que añadir que concibe la planificación económica de un modo fútilmente antimercantilista.

Me gusta llamarle, a esta clase de modelo, la prehistoria del socialismo. Se caracteriza por la permanencia, en la nueva sociedad, de lógicas enajenantes y métodos retrógrados. No es de extrañar que, en las sociedades donde se ha implementado ese modelo, se produzca tarde o temprano un camino de regreso al capitalismo.

¿Qué forma toma ese retroceso? La respuesta es fácil: tarde o temprano surgen dentro de la burocracia grupos e intereses particulares que tienden objetivamente, ya sean conscientes o no, hacia el capitalismo. Yo le llamo a esos grupos “capitalismo interno”, aunque no es una expresión del todo exacta.

La relación de esos grupos con el conjunto del establishment burocrático es contradictoria, pues mientras que por una parte ese establishment, con toda su falta de transparencia, les sirve de cobertura perfecta para sus actividades corruptas, por la otra es una traba a la completa satisfacción de sus ansias de acumulación, ya que no pueden vulnerar el pacto social nacido de la revolución socialista.

El carácter contradictorio del establishment burocrático no pasó desapercibido para un estudioso como Herbert Marcuse, en su libro El marxismo soviético:

“La burocracia soviética no parece, por tanto, poseer una base para la perpetuación efectiva de intereses especiales, contra las exigencias generales dominantes en el sistema social, del que ella vive. La burocracia constituye una clase separada, que controla a la población subyacente, a través del control de las instituciones económicas, políticas y militares, y el ejercicio de ese control engendra una serie de intereses especiales, que se afirman gracias a él; sin embargo, esos intereses deben transigir y, en última instancia, sucumbir ante la política general, que ninguno de los intereses especiales puede modificar en virtud de su poder especial.” [2]

Si esto vale para la burocracia soviética, aún más vale para la cubana, toda vez que en el caso cubano es evidente que la hegemonía del socialismo depende del mantenimiento del pacto social revolucionario, el cual consiste en dos elementos fundamentales: la defensa de las garantías sociales, y la preservación de la independencia nacional.

El surgimiento de grupos e intereses particulares dentro de la burocracia es una grave amenaza para una sociedad de transición socialista. Los estudiosos Roger Keeran y Thomas Kenny, en su libro “Socialismo Traicionado, Tras el colapso de la Unión Soviética”, abordan con profundidad el problema de la Segunda Economía en la sociedad soviética, esa parte de la economía que se movía en las sombras, en el mercado negro, y que vivía de la corrupción y de los privilegios de muchos burócratas. Los autores llegan a afirmar que una de las principales causas de la caída de la Unión Soviética hay que buscarla en el crecimiento exponencial de la Segunda Economía, lo que propició el surgimiento de grupos con intereses particulares, para los cuales el sistema socialista ya era un obstáculo que había que eliminar. [3]

En Cuba también tenemos ese problema. El capitalismo interno vive agazapado en las casonas de Siboney, en los bares de los parientes de los dirigentes, en las casa de alquiler de Trinidad, en las mafias del mundo de la industria musical, en el negocio del robo de combustible, etc. Al igual que en la Unión Soviética, tiene una relación contradictoria con el establishment burocrático, que le resulta tanto una cobertura como un freno. Es posible que llegue el día en que quiera eliminar ese establishment y también el socialismo.

No obstante, también existe la amenaza del capitalismo externo, de la cual hablaré a continuación.

III

Sería absurdo negar que existen grupos de poder en todo el continente americano, vinculados a las burguesías y oligarquías de la región, interesados en el hundimiento del proyecto cubano. Es cierto que ya Cuba no representa un tema tan urgente para esos grupos como lo fue en los sesenta. Sin embargo, para el sector de cubanos que domina la política de La Florida, el tema Cuba es trascendental, y utilizan su influencia sobre ese enclave electoral para asegurar una política norteamericana hostil hacia la isla.

En cierto modo, se puede decir que en América la Guerra Fría no ha terminado. Los problemas socio-económicos son caldo de cultivo para el desarrollo de las fuerzas de izquierda, y el bloque de poder en el continente se opone a ellas con un feroz anticomunismo. Durante la Administración Trump esto se ha hecho evidente, dada la escalada de agresividad contra Cuba y Venezuela. Tanto Bolsonaro como Donald Trump utilizaron el podio de las Naciones Unidas para lanzar imprecaciones contra el comunismo.

En esta continuación de la Guerra Fría los EEUU utilizan la experiencia acumulada durante el enfrentamiento a la Unión Soviética. Instrumentalizan los medios de comunicación, lanzan campañas mediáticas, presionan económicamente, etc. Intentan por todos los medios crear quintas columnas al interior de sus países enemigos, para destruir la hegemonía de sus gobiernos. La diferencia de esta Guerra Fría con la anterior es que en Latinoamérica nadie tiene armas nucleares, así que nada evita que se pueda llegar a una guerra caliente.

Durante la segunda mitad del siglo XX, los EEUU aprendieron mucho sobre como destruir “pacíficamente” a sus enemigos. Entre otras cosas aprendieron el servicio que a esa causa pueden brindar los intelectuales, y sobre todo los intelectuales de izquierda renegados. Nadie conocía mejor que ellos el movimiento comunista, y le aportaban a la causa el entusiasmo de los conversos. Los servicios de inteligencia aprendieron, además, a manipular a intelectuales que, sin ser renegados, eran críticos hacia los gobiernos comunistas.

El libro de F. S. Saunders La CIA y la Guerra Fría Cultural es el resultado de una minuciosa investigación sobre los manejos de los servicios de inteligencia norteamericanos en el mundo intelectual. Allí puede leerse lo siguiente:

“El Consorcio que construyó la CIA (…) fue el arma secreta con la que lucharían los Estados Unidos durante la guerra fría, un arma que, en el radio cultural, tuvo un enorme radio de acción. Tanto si les gustaba como si no, si lo sabían como si no, hubo pocos escritores, poetas, artistas, historiadores, científicos o críticos en la Europa de posguerra cuyos nombres no estuvieran, de una u otra manera, vinculados con esta empresa encubierta (…). Entre los miembros de este consorcio había un surtido grupo de intelectuales radicales y de izquierda cuya fe en el marxismo y el comunismo se había hecho añicos ante la evidencia del totalitarismo estalinista.” [4]

Los norteamericanos supieron apreciar, quizás mejor que los soviéticos, la influencia que pueden llegar a tener los intelectuales en un proceso histórico. A la larga sus esfuerzos tuvieron éxito.

La desintegración de la Unión Soviética no fue solamente una consecuencia de los apresurados cambios hacia una economía de mercado, ni de la repartición del país entre los altos dirigentes del PCUS. Esa desintegración estuvo precedida del desarme ideológico y la desmoralización del Partido. El papel de la Glasnost (campaña impulsada por Gorbachov que liberalizó los medios de comunicación) no puede ser minimizado. El historiador Eric Hobsbawm lo deja claro en su libro Historia del Siglo XX:

“Los reformistas, y no sólo en Rusia, se han sentido siempre tentados de culpar a la “burocracia” por el hecho de que su país y su pueblo no respondan a sus iniciativas, pero parece fuera de toda duda que grandes sectores del aparato partido-estado acogieron cualquier intento de reforma con una inercia que ocultaba su hostilidad. La glasnost se proponía movilizar apoyos dentro y fuera del aparato contra esas resistencias, pero su consecuencia lógica fue desgastar la única fuerza que era capaz de actuar (…). Lo que condujo a la Unión Soviética con creciente velocidad hacia el abismo fue la combinación de glasnost, que significaba la desintegración de la autoridad, con una perestroika que conllevó la destrucción de los viejos mecanismos que hacían funcionar la economía.” [5]

Por supuesto, la máxima responsabilidad por la Glasnost les corresponde a Gorbachov y a sus aliados en el Politburó. No obstante, es imposible concebir esa Glasnost sin los intelectuales que tomaron los medios de comunicación y los utilizaron para atacar indiscriminadamente al Partido, cayendo incluso en la tergiversación de la historia, y desdibujando la contradicción histórica entre socialismo y capitalismo. Lo peor es que muchos de los cuadros políticos y los intelectuales que participaron en ese proceso se llamaban a sí mismos socialistas y justificaban su acción como un intento de reformar y renovar el socialismo.

La desintegración de la Unión Soviética estuvo precedida de la victoria cultural del bloque capitalista liderado por EEUU. Ellos lograron que todos creyeran en la incompatibilidad entre socialismo y libertad. Llegó el día en que incluso en la Unión Soviética se puso todo el énfasis del discurso político en la contradicción entre burocracia y ciudadanía, bajándose la guardia frente al peligro del capitalismo. Los intelectuales y disidentes de la Glasnost actuaron, en fin, como intelectuales orgánicos del capitalismo.

En el caso de Cuba, los EEUU utilizan las mismas estrategias que con la Unión Soviética. No se pueden comprender de otro modo las ingentes contribuciones de la USAID y la NED a las llamadas organizaciones de derechos humanos en Cuba, a los grupos disidentes, e incluso a supuestos artistas contestatarios.

Sin embargo, en el fondo, ellos tienen interés en que las nuevas posibilidades que nos ha brindado el Internet, las cuales nos han llevado a una glasnost digital de facto, sean utilizadas para desarmar ideológicamente al Estado-Partido, aunque ellos no estén detrás. Un intelectual que por sus propias convicciones lleve al paroxismo la contradicción burocracia-ciudadanía, ciertamente puede considerarse a sí mismo un ciudadano decente, pero no dejará de ser indirectamente orgánico al capitalismo externo que embiste contra Cuba.

De ese modo, el intelectual crítico cubano se encuentra también en una relación contradictoria con el establishment burocrático. Sabe que este se merece toda su crítica. Pero corre el peligro, en su labor intelectual, de propiciar la victoria de las fuerzas imperialistas, las más interesadas en la destrucción de ese Estado-Partido.

IV

Además de los peligros del capitalismo interno y externo, que asedian la torre de establishment burocrático desde el frente y la retaguardia, está el problema de que Cuba sí necesita cambios estructurales. Cambios que son, además, extremadamente complejos.

Cuba necesita modificar su modelo de planificación de la economía para que este sea coherente con una economía mercantil. Debe permitir la acumulación privada de capital, un corolario necesario para cualquier economía contemporánea. Todo ello con vistas a que Cuba pueda integrarse de algún modo a las cadenas globales de valor. Solo por esa vía se podrá aumentar la productividad, el ahorro y el consumo.

Por otro lado, tiene que hacer todo ello sin que la nueva burguesía, incipiente ya en el capitalismo interno del que antes hablábamos, tome el control político y destruya el pacto social surgido con la revolución. Para ello, la única vía es fortaleciendo la base económica del poder socialista, la empresa de todo el pueblo, que debería llamarse pública y no estatal. Ello requeriría el fortalecimiento de la democracia obrera. Además, sería necesario fortalecer la democracia política para que hubiese transparencia y control social sobre el conjunto de la economía. Como se ve, son cambios políticos de gran calado.

Para impulsar esos cambios, sin ceder un ápice al capitalismo interno y externo, sería necesario conformar un frente de lucha revolucionaria, una alianza entre individuos y grupos interesados en sacar adelante un socialismo mejorado. El gran problema, en mi opinión, es que en las condiciones actuales, sobre todo con el aumento de la hostilidad norteamericana, es imposible crear ese frente. Estamos empantanados en una situación de tensión entre la ciudadanía, los intelectuales y el establishment burocrático, en la que todo es nebuloso y no hay forma de distinguir claramente quienes son orgánicos al socialismo y quiénes no.

Los que defienden al establishment burocrático tienen razones para decir que son defensores del socialismo. Después de todo, ese establishment es el que posee una sólida hegemonía sobre la sociedad cubana, al encargarse de la reproducción del pacto social nacido de la revolución. Es imposible distinguir quiénes apoyan al Estado-Partido porque le sirve de cobertura a sus manejos corruptos, quiénes creen sinceramente, porque son viejos comunistas con mentalidad de guerra fría, que el modelo tal y como es con todo su verticalismo es el camino correcto, y quiénes saben que se debe cambiar hacia formas más democráticas, pero consideran que de momento hay que ponerse de parte del Estado.

Del mismo modo, hay de todo en el sector que ataca al establishment burocrático. Están los que se vendieron hace tiempo y son procapitalistas conscientes, están los que genuinamente pugnan por cambios necesarios, y están los que, dignos herederos de la Glasnost, están deslumbrados por las maravillas de los países capitalistas desarrollados, y están convencidos de que la burocracia es el único obstáculo para construir una Suecia tropical. Resulta nebuloso decidir quiénes son orgánicos al socialismo o al retorno al capitalismo.

Así vivimos, en un baile de máscaras, entre todos los tonos del gris. Es muy difícil alcanzar la claridad sin un debate público amplio, en el que participen todos los actores.

Probablemente, la única fortuna para el socialismo cubano es que los capitalistas que pueden destruirlo, los de fuera y los de adentro, también están divididos. Ambos grupos, pero sobre todo el de Miami, quieren la isla completa. Eso los mantiene enfrentados e impotentes.

V

Profesora Alina, todo lo que he planteado hasta ahora, lo he hecho para concluir que no hay condiciones en la actualidad para crear un frente revolucionario, y que este no se puede construir sobre la contradicción ciudadanía-burocracia.

Para que no haya confusión, no estoy hablando de movimientos políticos. Un medio de comunicación, como puede ser La Joven Cuba, La Pupila Insomne o el Granma, no es lo mismo que un movimiento político. Un intelectual no equivale tampoco a un movimiento político. Pero un intelectual, cuando utiliza un medio de comunicación, contribuye a la creación o ruptura de consensos, contribuye a la creación de un clima de época. Es por eso que es tan importante el sentido de la responsabilidad intelectual: tenemos que saber que bolas de nieve echamos a rodar.

Me parece que este momento histórico es de fermentación de contradicciones, y que pasará todavía un buen tiempo antes de que se pueda formar un claro frente revolucionario. También creo que sería un despropósito que jugáramos el mismo triste papel que los impulsores de la Glasnost soviética.

Mi hipótesis es que el Presidente Díaz-Canel será un actor importante en la conformación de ese frente. Lo digo basándome en su trayectoria, sus palabras y sus acciones. Pero se trata de una hipótesis mía que usted no tiene por qué compartir. Puedo estar equivocado.

Del mismo modo estoy convencido de que el establishment burocrático es el eje de la hegemonía del socialismo cubano. Todos estamos con él en una relación contradictoria. Creo que tal y como es en la actualidad, con él no llegamos a ninguna parte. Pero que sin él o contra él tampoco llegamos a ninguna parte, como no sea al capitalismo. Su transformación debe partir de él mismo, con la participación de la ciudadanía.

La alternativa es la victoria del capitalismo, de una u otra forma, y probablemente también la pérdida de la independencia nacional efectiva.

Le repito, estas son mis ideas y mis hipótesis. Lo importante es polemizar desde el respeto y la consideración, que no están reñidos con las diferencias de pensamiento.

Para contactar con el autor: yasselpadron1@riseup.net

  1. Carlos Marx y Federico Engels: Obras Escogidas, Editorial Progreso, Moscú
  2. Herbert Marcuse: El marxismo soviético, Editorial de la Revista de Occidente, Madrid, 1967
  3. Roger Keeran y Thomas Kenny: Socialismo Traicionado, Tras el colapso de la Unión Soviética, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2015
  4. Frances Stonor Saunders: La CIA y la Guerra Fría Cultural, Editorial Debate, Madrid, 2001
  5. Eric Hobsbawm: Historia del siglo XX, t. 2, Editorial Crítica, Buenos Aires, 1998
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