Día de la Invasión Devastadora

Foto: Página 12

Por Mario Valdés Navia

El mundo mira asombrado el levantamiento heroico de los indígenas ecuatorianos ante los desmanes del gobierno neoliberal y extranjerizante de Moreno y yo me digo: ¡excelente forma de conmemorar las efemérides del 12 de octubre! Es que lo acaecido aquel lejano día de 1492, —cuando por una acumulación de azares harto conocida entraron en contacto Europa y América—, trastornó el devenir natural de los procesos mundiales.

Aún hoy se discute cómo llamar al acontecimiento y lo que vino después. Según diferentes puntos de vista se le ha denominado: Descubrimiento –unos para Europa, otros mutuo−; Encontronazo, Encuentro de culturas, Día de la Raza, o, de la Resistencia Indígena. Todos me parecen edulcorados, parciales, o sencillamente mistificadores. Por ello me animo a proponer el calificativo que me parece  más exacto: Día de la Invasión Devastadora.

Fue Martí quien logró la mejor revelación sintética de lo ocurrido el 12 y sus consecuencias históricas al afirmar:

Interrumpida por la conquista de la obra natural y majestuosa de la civilización americana, se creó con el advenimiento de los europeos un pueblo extraño, no español, porque la savia nueva rechaza el cuerpo viejo: no indígena, porque se ha sufrido la injerencia de una civilización devastadora, dos palabras que, siendo un antagonismo, constituyen un proceso;[1]

Por lo general, en la historia a ese tipo de oleadas de conquista se les llamó invasiones bárbaras, pero todo cambió cuando fue la civilizada Europa la que empezó a enviar sus nobles segundones, guerreros desocupados y otras excrecencias sociales a la bárbara América. Así, los que en propiedad no eran más que inmigrantes ilegales pasaron a ser evangelizadores, enviados reales y civilizadores de millones de infelices aborígenes idólatras.

Para Martí la conquista y colonización no fue solo un problema económico, sino fundamentalmente cultural e ideológico. Por eso insistió en que nos desembarazáramos de lo más peligroso que Europa nos trajo: “el hábito servil de creencia”. Durante siglos, los colonos nos impusieron religión, política, economía y cultura. Frente a ello, defendía el “hábito noble de examen” pues “la pregunta curiosa sigue al dogma y el dogma, que vive de autoridad, muere de crítica”.

A su criterio, los más peligrosos eran los americanos ajenos, que abjuraban de su origen y se esforzaban por aplastarnos para mantenernos sumisos a cuanto venga de Europa y la América Europea –los Estados Unidos—. Arremetía contra los que comprometían el futuro de Nuestra América al “desdeñar el sol patrio y calentarse al viejo sol de Europa (…) torciéndola a ser propia de historia y pueblos extraños” y les espetaba: “no debemos mirar con ojos de hijo lo ajeno y con ojos de apóstata lo propio”.

Ante este peligro mayor nuestro Héroe se empeñó en liberar el espíritu, la conciencia de sí de los latinoamericanos para que fueran capaces de sacudirse del letargo en que yacían. Solo de esta manera se podría revelar al mundo el verdadero pueblo joven, inteligente y robusto, que había nacido del matrimonio forzoso entre Europa y América.

Tras la independencia de España (1810-1825) no se logró la liberación efectiva de los nuevos países y los pensadores del área optaron por la copia al calco de los modelos de desarrollo europeo y estadounidense que asignaban a la región un lugar subordinado y dependiente en el nuevo mundo capitalista. A ellos se enfrentó Martí con su concepción de Nuestra América y su proyecto de alcanzar la segunda y definitiva independencia.[2]

En lo cultural esta dependencia se manifestó en cuestiones tan interesantes y polémicas como la proclamación del 12 de octubre como Día de la Raza por España y numerosos países americanos. En Cuba el debate que se suscitó fue de altura[3] y finalmente no se instauró como conmemoración oficial por la oposición de numerosos intelectuales y políticos y la terca resistencia popular a aceptarla. En contraposición se afianzó la cercana fecha del 10 de octubre como Día de la Independencia.

A esta concepción eurocentrista no escaparon las ideas socialistas en América, aunque fundadores de la talla de Mella y Mariátegui se esforzaran por crear un socialismo americano. Durante años la hegemonía del llamado marxismo-leninismo estalinista hundió a los Partidos Comunistas en la sumisión a los dictados de Moscú y el ansia de trasplantar el modelo soviético a Nuestra América. Aún hoy se percibe en algunos la añoranza vergonzosa por la época en que, supuestamente, no era necesario pensar con cabeza propia.

Hoy, cuando un presidente aimara da lecciones de buen gobierno al resto del continente y los aborígenes ecuatorianos amotinados, poniendo el pecho a las balas, obligan a un presidente entreguista a derogar un decreto antinacional, la conmemoración del 12 de octubre en medio de la lucha contra la invasión devastadora de los nuevos colonialistas globales cobra una connotación trascendental e inolvidable.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1] “Los códigos nuevos”. Guatemala. 1877. OC. T5, p.98. El subrayado es mío.

[2] “Nuestra América”. OC, T6.

[3] Alina López y Mario Valdés (2016).  Contrapunteo cubano de la identidad cultural: ¿hispanos, aborígenes, africanos, o mestizos?”, Debates americanos, Vol.1, No 1, Enero-junio.

Anuncios