La buena semilla

Por Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Este 10 de octubre, Miguel Díaz-Canel fue ratificado como Presidente de la República. De su discurso de toma de posesión, los medios hicieron énfasis en una de sus frases: “La Revolución no es una lucha por el presente, la Revolución es una lucha por el futuro”. Como era de esperarse, las redes sociales reaccionaron ante el acontecimiento, con mensajes que iban desde el apoyo rotundo hasta la más profunda execración.

Algunos argumentan que, después de tantas décadas luchando por un futuro que nunca llega, ya es hora de luchar por el presente. Otros recuerdan que el presente actual es el futuro de nuestros padres y abuelos, los cuales también fueron en su momento llamados a luchar por un futuro luminoso. Tienen razón, por supuesto, y tienen todo el derecho del mundo a manifestar sus cuestionamientos al discurso del Presidente. El problema comienza, a mi entender, cuando se manifiesta la voluntad de atacar y denostar todo lo que venga del gobierno: cuando se quiere hacer quedar mal cualquier discurso, cualquier acción, cualquier gesto.

Es muy fácil ser tendencioso. Cualquier discurso posee frases que, sacadas de contexto, o puestas bajo determinada luz, hacen quedar muy mal al que las expresó. La pregunta es por qué llega alguien a ser tendencioso. Algunos son opositores profesionales y en su caso todo es fácil de entender, pues ellos tienen un interés directo en afectar al gobierno cubano. Otros, sin embargo, sin ser necesariamente antagónicos a ese gobierno, han acumulado tanta decepción y amargura que son inconscientemente tendenciosos. Estos últimos, me parece, han dejado que las emociones nublen su lucidez.

Algunas veces los intelectuales tienden a ver castillos en el aire, y se olvidan de las cosas más básicas. Lo digo como crítica y autocrítica. En el caso de la situación política cubana, por ejemplo, algunos intelectuales sueñan con fuerzas alternativas y terceras vías socialdemócratas. Pero la gente humilde, en este sentido, no se deja engañar: saben que para Cuba solo existen dos fuerzas con el poder económico, político y militar para ser tomadas en cuenta. Una es el gobernante Partido Comunista de Cuba; la otra es el exilio de la Florida, que cuenta con el apoyo de los Estados Unidos. La gente sabe que, o estás con uno o estás con el otro.

Entonces, si no estás de acuerdo con la restauración capitalista que propone Miami, si tampoco albergas sueños de una democracia perfecta y un capitalismo desarrollado al final del arcoíris, entonces tienes que darte cuenta de que hay que arar con estos bueyes. Puede que no te guste el modelo de socialismo de Estado que impera en Cuba, o que consideres que ha llegado la hora de un cambio imprescindible, pero lo que jamás puedes permitirte es caer en la trampa en que cayeron muchos de los intelectuales soviéticos en la Perestroika, que de tanto atacar al Partido favorecieron la victoria del capitalismo.

En medio de todo esto, tenemos a Díaz-Canel. El error grave que algunos cometen es esperar demasiado de él. Un hombre, por más que sea el Presidente de la República, no puede hacer lo que le corresponde a toda la sociedad. Además, él no gobierna solo, tiene que actuar en coordinación con otras fuerzas en el seno del Estado, en medio del complejo proceso del relevo generacional. Solo con el paso del tiempo, en la medida que se fortalezca su liderazgo, podremos saber con precisión qué podemos esperar de él.

También es un error esperar demasiado poco. Basta ver la eficiencia con la que ha manejado las crisis sucesivas durante su aún corta gestión, para darse cuenta de que es una suerte tener a alguien como él en la presidencia. Díaz-Canel ha sido, además, el mayor impulsor de la informatización y del Gobierno Electrónico. Ha sido de su mano que la palabra transparencia ha entrado en el discurso político. Se podría hacer, en fin, una larga lista de los méritos que ha acumulado como dirigente.

Ahora bien, más importante que Díaz-Canel mismo es lo que él representa: la posibilidad de que sea lo más noble y puro de la Revolución lo que termine primando en la fuerza dirigente cubana. Por aquí y por allá, la Revolución sembró valores que todavía están presentes en personas de todos los estratos de la sociedad. También hubo, por supuesto, quienes sembraron soberbia, intolerancia, corrupción y egoísmo. Pero la buena semilla sigue estando allí, y si se la cuida, si se combate con inteligencia a las fuerzas negativas, puede ser que germine.

Nada está claro en lo que se refiere a Cuba. Tal vez llegue un día en el que sea evidente que la Revolución se ha perdido definitivamente. Todo es posible. El propio Fidel dijo que nosotros mismos podíamos acabar con ella. Pero me parece que todavía estamos a tiempo de dar la última batalla por la regeneración y el reencauce del proceso.

Esta última batalla, como yo la veo, será una batalla que tomará un largo tiempo, y que se dará sobre todo en el campo de las ideas. La cual no se ganará, por supuesto, siendo tendenciosos, y convirtiéndonos en cajas de resonancia de la oposición radical. De lo que se trata es de regar la buena semilla allí donde se encuentre, con el cuidado de un jardinero, y de combatir la yerba mala con recias tijeras.

Por supuesto que Díaz-Canel tenía que hablar del futuro. Eso es lo que hacen los políticos. Pero además, futuro es lo único que tenemos. Solo hacia adelante podemos proyectarnos para encontrar los caminos de solución a nuestros problemas. Nunca se me olvida esa canción de Silvio Rodríguez en la que decía: Te convido a creerme, cuando digo futuro.

Para contactar con el autor: yasselpadron1@riseup.net