La trayectoria del piolet

Profesor René Fidel González García. Foto: La Liga Camagüey

Por Giordan Rodríguez Milanés

En la novela “El Hombre que amaba a los perros”, hay un pasaje en el cual un instructor de la NKVD le pone una pistola en la mano a Ramón Mercader, y le ordena asesinar a un adolescente acusado de “enemigo del pueblo”. Siempre los detentores del poder le “crearon” enemigos a la clase que decían representar y guiar, de entre los propios, como un modo expedito para perpetuarse, ante el terror de que defensores de su misma causa fueran más inteligentes, o coherentes, o queridos, o generaran dudas de la infalibilidad del líder supremo, o movieran el pensamiento oficial de su zona de acomodo.  Stalin leía compulsivamente y su instinto de macho alfa ideopolítico terminó por imponerse dejando un mar de sufrimientos y sangre entre la misma clase social que decía defender.

No sé si Leonardo Padura imaginó el pasaje referido o tuvo alguna referencia de los métodos de entrenamientos de la NKVD. Tampoco recuerdo si Mercader disparó o no contra aquel adolescente picado por la viruela. Debió de hacerlo. De otro modo no le hubieran confiado la misión de matar a Trotski. Para ciertas misiones no sirve el guerrero que duda, con escrúpulos, con algún sentido de la decencia. El asesino a sueldo, tanto como el asesino doctrinal, tiene que seguir ciegamente la orden del autor intelectual. La víctima tiene la historia de vida que el autor intelectual le contó al victimario. El verdugo es una especie de robot con un algoritmo configurado para dos opciones: revolucionario o contrarrevolucionario, simpatizante o enemigo. El asesino a sueldo lo hace por dinero. El doctrinal lo hace por fanatismo, porque no concibe otra solución que no sea el exterminio, porque en la trayectoria de su piolet no ve a un Ser Humano, ni a un revolucionario que tiene otro punto de vista, ni a un abuelo, ni a un intelectual con pensamiento transformador, ni a un sujeto social que pudiera ser portador de una alternativa loable, ni siquiera al sujeto de una clase antagónica. Delante del asesino doctrinal únicamente hay líderes infalibles o “enemigos del pueblo” en la trayectoria del piolet.

Algunos llamados ciberguerreros, pretendidos defensores de la Revolución, se comportan como Mercader. Basta con les “marquen” un objetivo, y proceden a asesinarle en las redes.  Esta semana hemos detectado el modus operandi contra el doctor René Fidel González García. Alguien cita una supuesta publicación de una supuesta exalumna del profesor que lo acusa, desde venderle notas a cambio de favores sexuales hasta esquizofrénico, pasando por oportunista y subnormal. Aunque el mismo ciberguerrero dice que: “Facebook le quitó la publicación” a la supuesta “víctima” de René Fidel, el cibercombatiente tuvo la precaución de copiar el texto y nos lo comparte, y lo comparten otros como él cuyo algoritmo no les permite la más mínima duda. De tal modo realizan la “preparación artillera” para la publicación de una declaración del Consejo de Dirección de la Universidad de Oriente donde se reconoce que invalidaron la categoría docente del doctor René Fidel porque, y cito: “desde el 2012, comienzan a aparecer una serie de publicaciones del entonces profesor en sitios como La Joven Cuba, Rebelión, Sin Permiso, Cuba Posible, entre otros”.

Según esta declaración, los escritos de René Fidel “provocaban que profesores, estudiantes o ciudadanos en general cuestionaran sus contenidos o se afiliaran a sus posiciones (…) evidenciándose en la posterior revisión de los trabajos de culminación de la asignatura {Sociología de la democracia} de dichos educandos”. O sea, el “crimen” de René Fidel no es que haya requerido favores sexuales, o que padezca una enfermedad psiquiátrica o sea oportunista o subnormal, como aseguran los sicarios virtuales. El “crimen” del doctor René Fidel es el mismo del escritor soviético Mijaíl Bulgákov o de León Trotski o de Virgilio Piñeira o de Lezama Lima: ponernos a pensar. Es el mismo “crimen” de cada colaborador de La Joven Cuba o de Rebelión cuando no se atiene al pensamiento oficial del gobierno cubano.

Ese “crimen” se lo hubieran podido perdonar si René Fidel hubiera aceptado la plaza de técnico en una biblioteca. Si al cabo de unos meses hubiera hecho un mea culpa o “aclaraciones o argumentaciones de su parte”. Pero hizo lo que, todo parece indicar, no se le puede admitir a un cubano de la Isla bajo ningún concepto: establecer una queja contra sus represores según sus derechos constitucionales. Es, para mí, evidente que, en este Estado Socialista del Derecho, la Constitución de la República se acaba donde el poder entiende comienzan las divergencias ideopolíticas lo cual demuestra que, como los retrovirus, el estalinismo criollo únicamente ha mutado, se ha envuelto en nuevos ropajes.

El problema esencial es que, junto con el castigo a René Fidel por propiciar que sus alumnos piensen más allá de la postura oficial también, con la aplicación del método del asesinato de la reputación, están castigando la decencia justo cuando el presidente Miguel Díaz-Canel está llamando a recuperarla. Junto con la reputación del “enemigo de la Revolución”, hieren de muerte la institucionalidad, la misma que Raúl Castro llamara a fortalecer en Cuba. Convierten la Constitución de la República en una caricatura todo lo cual, a mediano plazo, tendrá un efecto político que traicionaría la esencia libertaria y justa de la Revolución misma. Alguien tiene que decirles que están matando esta Revolución. Allá ustedes con las nuevas generaciones. La historia, como siempre, hará sus juicios y dictará sentencia. La incoherencia y la falacia no serán absueltas por muchos ciberguerreros que chillen o calumnien. Así como millones de seres humanos recuerdan a Bulgákov o Trotski, y nadie puede pronunciar el nombre de alguno de los que escribía los panfletos de Pravda o Isvetia, la historia no los absolverá. Así como no absolvió a Iosef Stalin.

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