Análisis de una consigna

Foto: Cadena Agramonte

Por Alina B. López Hernández

Desde hace varios meses se ha convertido en una consigna gubernamental. La lanzó el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y la repite hoy cuanto funcionario o periodista tenga que hacer declaraciones públicas. Casi siempre de este modo: como bien ha convocado el presidente a que pensemos como país

En un ejercicio cívico poco usual, también se ha pedido a la ciudadanía que exprese su criterio sobre cómo hacer realidad la referida frase. Muchos lo manifiestan en las redes sociales. Por mi parte, la he sopesado bien y este es mi punto de vista, fragmentado pero abarcador, sobre ella.

“Pensar como país”

Desde la Literatura: La personificación o prosopopeya es un tipo de metáfora ontológica y una figura de estilo que consiste en atribuir propiedades humanas a un animal o a algo inanimado (objeto concreto o abstracto), a lo que se hace actuar y reaccionar, como si fuera una persona.

Un país no piensa, son las personas las que pueden pensar en el país que desean, o que necesitan. Su función como recurso literario es ser una de las figuras de ficción, pero la política debe desafiar la ficción y ser realista, de lo contrario se convierte en demagogia, que es una estrategia política que apela, entre otras cosas, a emociones y esperanzas del público para ganar apoyo popular.

Desde la Geografía: En tal sentido es reduccionista. El término país es sinónimo de Estado y su conjunto de instituciones políticas dotadas de territorio, población y soberanía. El país, como ámbito del Estado, es una consecución jurídica de la nación, y esa última incluye también a la numerosa emigración que, no habitando en el país, identifica a Cuba como su Patria, que es mucho más que una ideología, un partido político y un gobierno. Sería entonces más justo e inclusivo Pensar como nación.

Desde la Filosofía: Hemos pasado sesenta años pensando cómo debe ser el país. Los primeros treinta bajo el signo del sistema socialista mundial; los últimos treinta experimentando infructuosamente bajo la misma condición de tener un país-pilar que nos sostenga. Pensar tiene varios sinónimos: cavilar, rumiar, especular, repasar, madurar, reflexionar; todos ellos transmiten la idea de inacción, pasividad, estatismo. Claro que hay que pensar, pero ya hemos arribado a una época en que se impone pasar del pensamiento a la acción y ello implica tomar decisiones arriesgadas y cambiar estructuras obsoletas. Como dijera Marx en la tesis oncena a Feuerbach, con la que critica el materialismo contemplativo de los jóvenes hegelianos en todas las formas de idealismo filosófico: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».

Desde la Sociología: Sería más apropiado expresarnos como país. El pensamiento se materializa a través del lenguaje. No es suficiente que pensemos si no logramos dar a conocer nuestras ideas, opiniones y puntos de vista, ¿Y cómo lograr esto? ¿Qué ocurre con los estudios de opinión en Cuba? Al día siguiente de explicar la “situación coyuntural”, el presidente Miguel Díaz-Canel anunciaba con satisfacción que los estudios de opinión confirmaban el apoyo de la ciudadanía a las medidas anunciadas y el optimismo de las personas. ¿Cómo podía afirmarse algo tan categórico con tanta celeridad? ¿Cómo saben nuestros dirigentes lo que pensamos? En un artículo que publiqué hace algún tiempo argumenté al respecto:

Los estudios masivos de opinión a través de encuestas que respeten el anonimato para la implementación y evaluación de decisiones políticas, resultan una asignatura pendiente en Cuba. Habiendo pasado por años iniciales de efervescencia revolucionaria, en los que pocos cuestionaban el modo colectivo y multitudinario de aprobar determinaciones gubernamentales en plazas, desfiles y actos políticos; convertimos este proceder en una manera controvertible de legitimar las disposiciones de nuestro gobierno. A tenor con esa práctica, extendida en etapas como la actual en que ya los consensos no son evidentes, hemos perdido la posibilidad de conocer las opiniones reales de las personas y sus tendencias porcentuales, desaprovechamos entonces al verdadero asesor de la política de los gobiernos: la ciudadanía.

En resumen, más allá de convocar a la quimérica e ilusoria consigna de pensar como país, deberían crearse las condiciones que hagan posible que cubanas y cubanos actuemos como parte de la nación, y que nuestro gobierno sea capaz de visibilizar y respetar nuestras necesidades y opiniones para, de tal modo, mandar obedeciendo.

 Para contactar con la autora: alinabarbara65@gmail.com

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