La honda de David

Foto: teleSUR

Por Mario Valdés Navia

Siempre he creído que, para Cuba, vencer el bloqueo impuesto por los Estados Unidos no es solo sobrevivir, o constatar, año tras año, que casi todos los países lo repudian. En realidad, esto último no ocurre porque nos quieran tanto, sino por una cuestión de soberanía, intereses económicos, o dividendos geopolíticos. La verdadera victoria sería demostrarle al Imperio, y a nosotros mismos, que podemos crecer y desarrollarnos con las fuerzas propias y la integración económica al resto del mundo.

El bloqueo a Cuba es ya un corolario de la política exterior estadounidense que está por encima de demócratas y republicanos. Para la Isla ha de ser como la gravedad, la sequía o los huracanes. Está ahí y estará por mucho tiempo. Si no nos desarrollamos en estas condiciones, no lo lograremos nunca. Al menos en la forma que queremos.

En este momento los Estados Unidos no son, ni los dueños del planeta, ni los únicos que pueden brindarnos mercados, financiamientos y tecnología de punta. Para que David venza a Goliat necesita una honda apropiada, no solo voluntad de vencer. Si por más de medio siglo la Revolución ha demostrado que sabe defender la independencia y soberanía de las agresiones imperiales, no ha sido así en el campo vital de la economía. Solo crecemos cuando alguien nos ayuda.

La cuestión puede plantearse de varias formas: ¿hay condiciones reales para hacerlo, o estamos condenados a esperar que aparezca un gobierno yanqui que nos quiera bien, solidario y colaborativo, dispuesto a eliminar la Ley Helms-Burton y demás instrumentos legales que lo soportan?; ¿de dónde saca Cuba los recursos para crecer y desarrollarse en medio del bloqueo?

¿Hay tela buena para hacer la honda de David?

Con mi optimismo inagotable considero que sí. El primer retazo es la voluntad mayoritaria del pueblo de la Isla de preservar el meollo de la sociedad socialista que lleva ya casi sesenta años. Además, en Cuba hay gente que aceptaría un retorno al capitalismo, pero no un nuevo tipo de sometimiento a los Estados Unidos, que haría parecer a la Enmienda Platt un niño de teta. Ambos grupos coinciden en su postura antimperialista.

El segundo factor es ignorado por el gobierno cubano, pero existe. La mayor parte de la emigración cubana está dispuesta a ayudar a Cuba, no solo a sobrevivir, sino también a desarrollarse. Para eso habría que darles tratamientos especiales a los emigrados cubanos para que inviertan en el país, o lo representen en el extranjero. Tal y como han hecho exitosamente otros países socialistas, como China, Viet-Nam y Laos, al brindarle esas oportunidades a sus ciudadanos radicados en el exterior.

Lejos de estarlos explotando como fuente de ingresos adicionales mediante los costos de pasaportes, y otros documentos, y altas tarifas para importar, habría que tratarlos como cubanos en igualdad de derechos con los de la Isla. Con terroristas y tenedores de dinero sucio bastaría con hacer listas de personas no gratas –como hacen todos los países del mundo— para excluirlos de estos beneficios.

El tercer factor, quizás el más importante, es el de acabar de sacudirnos la pesada herencia del socialismo stalinista y reconocer que este proyecto no llegará jamás a convertirse en una sociedad socialista mientras la burocracia hegemónica no abandone el monopolio del poder. La cuestión no es eliminar la burocracia, ni menos aún a los burócratas imprescindibles −que son personas buenas y malas como en cualquier otro oficio−, sino enfrentar resueltamente el burocratismo en el funcionamiento de toda la sociedad.

Esto permitiría, entre otras cosas, liberar las fuerzas productivas sociales al  eliminar prohibiciones absurdas y procedimientos obsoletos, como el de la mal llamada doble moneda; achicar al Estado y sus estructuras atrofiadas; empoderar a los colectivos obreros para que tomen las riendas de la gestión de sus empresas; liberar la contratación de la fuerza de trabajo de agencias explotadoras; equiparar a todos los agentes económicos: estatales, cooperativos y privados; liberalizar la sociedad civil, etc.

Un cuarto factor que se ha considerado, pero no aplicado, es el de retomar experiencias de los países socialistas de Asia antes mencionados. Lo digo con reticencias, pues prefiero el socialismo autogestionario al de mercado. Pero, lo cierto es que sin lograr crecer y desarrollarnos no habrá construcción del socialismo del modelo que sea.

Y ya no quedan mecenas dispuestos a pagarnos el viaje al desarrollo. Tenemos que comprar el pasaje con el dinero de nuestros bolsillos. Eso sí le dolerá definitivamente a los reaccionarios representantes del Imperio y el exilio retrógado, y será orgullo y sostén de nuestros hijos y nietos.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com