Pensadores vs Fanáticos

Foto: Cubadebate

Por Mario Valdés Navia

Buda dijo: “El que no quiere pensar es un fanático; el que no puede pensar es un idiota; el que no osa pensar es un cobarde”. La convocatoria del Presidente a pensar como país puede ser un acicate para superar esas posturas infames. Desde 1960, Fidel llamó a hacer de Cuba un país de hombres de ciencia y de pensamiento[1]. Lamentablemente, la segunda parte de la cita se fue disolviendo y casi siempre se recuerda mutilada.

Desde los orígenes de la nación cubana esta se concibió como un proyecto que se diseñó y enriqueció con el aporte de muchos de sus hijos e hijas de diferentes sectores sociales. Aunque se sigue hablando de los supuestos padres fundadores –al estilo estadounidense− de la famosa Generación del 90 del XVIII (Espada, Arango, Romay…) y de la del 20 del XIX (Varela, Luz, Saco…) se hace menos de Aponte, Heredia y Viriato de Covadonga, a quienes por no ser hombres de la sacarocracia se le siguen negando virtudes, aportes e influencias.

El pensamiento del mambisado aun se eclipsa por sus proezas militares, al punto que muchas veces parecen jinetes sin cabeza, sobre todo en las clases que se imparten en la educación general. Si se dedicara tanto tiempo a estudiar el pensamiento de Maceo como sus combates, todos seríamos mejores ciudadanos, y se entendería cabalmente por qué Martí aseguraba que tenía “tanta fuerza en la mente como en el brazo”.

De hecho, leer a Martí parece ser un oficio de iniciados, aunque se suelen buscar sus citas aisladas para adornar textos y discursos, pero casi siempre fuera de contexto e ignorando las esencias de su pensamiento. El problema no es fácil para los que intentan usar al Apóstol como muleta. Su vida y obra fueron tan subversivas que rompen cualquier molde al que se quieran trasplantar por la fuerza.

En la República Burguesa los voceros del poder, aliados subalternos del imperialismo, subordinaban el pensamiento nacional al logro de superganancias comerciales. Mientras, el ideario nacionalista y socialista bullía de inquietudes y propuestas de cambio para resolver los problemas acumulados. Grupos intelectuales, revistas y periódicos, revolucionarios y patriotas de diferentes corrientes, debatían sus puntos de vista a la luz pública, tanto con los pensadores oficialistas, como entre ellos.

A inicios de los años 60, eran normales los debates entre hombres de la revolución sobre problemas de la transición que implicaban adoptar diferentes caminos hacia la meta común de desarrollo socialista. Estas líneas divergentes se enfrentaron en varios campos: economía (Cálculo Económico vs Sistema de Financiamiento Presupuestario), política (socialismo nacional vs pro-soviéticos) y cultura (vanguardistas vs realismo socialista). Pero desde la adopción del modelo de socialismo burocrático, en los 70, el pensamiento creador entró en declive.

Lo provocó la importación de un modelo establecido en la URSS, que era preciso comprar llave en mano. Venía sustentado por sus famosas siete regularidades sagradas –aprobadas en la Conferencia de Partidos Comunistas de 1957−, abarcadoras de todas las esferas de la vida. Como irrisoria expresión de democracia se concedía a los recién llegados la potestad de introducir particularidades nacionales en su aplicación. Pero el paquete había que aplicarlo completo, a riesgo de ser considerado un socialismo heterodoxo.

Era todo o nada.

Lo más terrible para Cuba es que, desaparecida la URSS y el campo socialista, esta manera esquemática de pensar siguió preponderando. La centralización de las decisiones y los recursos, el desarrollo de un capitalismo de estado que tiende a la alianza con el capital trasnacional, mientras desconfía de una posible burguesía cubana, y la censura a cualquier corriente o expresión crítica que se distinga de la línea establecida por la élite del Estado/Partido-único, sometieron el pensamiento a fórceps estrechos.

En este escenario, pensar como país lo hallo equivalente a discutir todas las alternativas para desarrollar el proyecto con independencia, soberanía y justicia para el pueblo. Hacer política para un ciudadano de esta polis tropical es contribuir a resolver los problemas cardinales del país con sus ideas creadoras, no limitarse solo a los del barrio y el centro de trabajo o estudios. Si los obreros se hubieran limitado solo a cumplir los encargos que les hacían los patronos nunca hubiera existido Blas Roca. Si los médicos solo se consagraran a curar enfermos no hubiera aparecido el Che Guevara.

Para ser un representante digno de nuestra especie Homo Sapiens esta función es obligatoria. Pero no para hacerlo solo de lo intrascendente sino “de lo que pica” −como decía Martí en El Diablo Cojuelo−. Los que no quieran pensar porque están fanatizados, los que no puedan porque están idiotizados, y los que no osen por cobardes, tendrán que cambiar; echarse a un lado y dejar pasar las nuevas ideas cuando estas se hagan pueblo.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1] Discurso en la Sociedad Espeleológica de Cuba, 15 de enero de 1960.

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