Pensar un país de trabajadores

Foto: El País

Por Mario Valdés Navia

El nacionalismo ha sido la corriente política por excelencia de la burguesía y de la burocracia. Cuando los patriotas cubanos preparaban la lucha por la independencia las pugnas internas entre nacionalistas y socialistas/anarquistas giraban en torno al modelo de país que se construiría. Solo la adopción mayoritaria del programa ideológico martiano hizo que los obreros radicales volvieran a creer en la necesidad de la independencia. Martí les prometió una república ideal, pero digna de luchar por ella, un país con todos y para el bien de todos.

Entonces, ya los aristócratas cubanos habían pensado y repensado a Cuba mucho y bien. Integristas, reformistas, abolicionistas y autonomistas tenían un cuerpo de libros y ensayos sobre los asuntos cubanos sin igual en América. Pero los campesinos, libertos, artesanos, obreros, profesionales, intelectuales y burgueses medianos y pequeños pensaban de otra manera. Querían soberanía e independencia, pero con libertad política y justicia social plenas.

En la República Burguesa estos anhelos no fueron ni olvidados, ni muertos. Siempre hubo movimientos políticos y sociales, grupos de intelectuales y artistas, e individuos preclaros que se esforzaron por hacer realidad los sueños pospuestos del mambisado. A ellos se sumaban las nuevas banderas del siglo XX: igualdad política entre las clases, justicia social mediante un Estado protector y el sentimiento antinjerencista y/o antimperialista, arraigado visceralmente en diferentes sectores de la población.

La Revolución Cubana reunió nuevamente a nacionalistas y socialistas, ahora en el poder, mediante una alianza coyuntural que se hizo perdurable por el liderazgo indiscutido de Fidel, la amenaza permanente de agresión imperial y el sueño de crear una sociedad nueva y superior. Desde un inicio, el guía había proclamado clasistamente: “Compañeros obreros y campesinos, ésta es la Revolución socialista y democrática de los humildes, por los humildes y para los humildes”,[1] uniendo así los más caros anhelos de luchadores sociales y nacionalistas radicales en un proyecto de socialismo nacional tercermundista.

Con el tiempo la burocracia hegemónica fue consolidando un modelo de país donde los que piensan son los que gestionan los medios de producción, deciden por todo el pueblo y disfrutan como oligarcas del patrimonio colectivo. Es esa visión de país la que ha enajenado a importantes sectores de la población que han acudido a la actividad económica ilícita, los nexos con el exterior y el sálvese quien pueda como válvulas de escape ante el hegemonismo burocrático.

En la difícil coyuntura de estos días, propiciada por las medidas extremas que la soberbia imperial ha aplicado ante su incapacidad para doblegar a Venezuela, Nicaragua y Cuba, se extiende el llamado del presidente a Pensar como país en pos de encontrar las mejores soluciones a las urgencias del momento y vencer en esta batalla. Apoyo y participo activamente de su exhortación, al tiempo que hago dos observaciones.

Primera: el país de los burócratas y el país de los trabajadores no es el mismo. Mientras para unos es la dieta especial, la casa lujosa y los viajes de vacaciones por el mundo, para los otros es la búsqueda del día a día, la escasez sempiterna y el salario que no llega al fin de mes. Es preciso que este espíritu de solidaridad entre todos no se acabe con el retorno a la normalidad, sino que se vuelva el pan nuestro de cada día.

Pensar como país exige mucho más que parar el carro para recoger peatones en las paradas. Es también descentralizar el poder, el plan y los recursos; empoderar a los colectivos obreros; eliminar la censura; publicar todas las estadísticas económicas y sociales; informar del patrimonio de todos los funcionarios y sus familias y liberar las trabas absurdas que sofocan la actividad económica de las empresas estatales, cooperativas y privadas.

Segundo: aquí hay mucha gente que hace tiempo está pensando desde, para y por el país y no son escuchados. Sus ideas y propuestas, que circulan en publicaciones científicas, sitios web, correos electrónicos y redes sociales, son ignoradas olímpicamente. Ni siquiera saben si algún decisor las lee, critica o toma en cuenta. Es preciso un diálogo nacional, abierto y público, donde se excluya solo a los traidores probados y estén todos los demás, para acabar de sacudir la mata y dar respuesta a los problemas enquistados, pero no insolubles, que afectan al país de todos.

Yo siento que pienso y escribo como país. De mis problemas personales jamás digo algo. Se que los que me quieren se pondrían tristes, y los que me odian se pondrían alegres. Muchos hacen lo mismo desde hace tiempo, sin que medien estipendios mercenarios ni pretensiones de trepar en la escala social. Es que pensar como país no debía ser una consigna coyuntural para los obedientes, sino un acicate para los críticos y todos los que bullen de nuevas ideas. Crear es la palabra de orden.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1] Discurso en el entierro de las victimas de los bombardeos a los aeropuertos. La Habana, 16-4-1961.

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