Mi compañera de viaje

Foto: Granma

Por Alina B. López Hernández

En su excelente libro La agonía de Mariátegui, Alberto Flores describe al pensador peruano “(…) obsesionado siempre por situarse, definir su circunstancia, entender su época”. En el campo intelectual e ideológico cubano se vive hoy una situación similar. Es una época que permite difundir con rapidez las opiniones y se piden, algunos exigen, posicionamientos y definiciones que deslinden, con precisión milimétrica, las más mínimas motivaciones políticas. Como siempre, la variable reacción del gobierno norteamericano se torna protagónica.

Esto ha ocurrido a raíz de la ola de críticas por las declaraciones de la viceministra primera del MES acerca del rol de los profesores en las universidades cubanas. El gremio ha mostrado una exaltación que recuerda la guerrita de los correos del año 2006, en la que intervinieron intelectuales cubanos residentes en la Isla y en otros países, con algunas diferencias importantes: primero, en aquel momento no existían posibilidades de difundir la información y crear estados de opinión con la prontitud actual; segundo, el gobierno cubano de entonces, tomando a la UNEAC como vocera, tranquilizó rápidamente a los que temían una vuelta a la política cultural del Quinquenio Gris. Una nota —cierto que críptica—, aparecida en el periódico Granma, aquietó el ambiente.

Ahora la situación es más complicada, pues el artículo de la referida funcionaria se hizo viral en poco tiempo, así como las discrepancias con respecto al mismo. Pero, contrario a lo que el sentido común demandaba, todavía se espera por una respuesta del gobierno, que, al callar, ha apoyado una declaración anticonstitucional que desconoce además el Estado Socialista de Derecho aprobado por la mayor parte de la ciudadanía el pasado mes de febrero.

El gobierno de los Estados Unidos ha aprovechado, como siempre hace, como seguirá haciendo, para condenar a Cuba por este asunto. Y curiosamente se han levantado voces que claman porque las personas que firmamos la carta pidiendo a nuestro gobierno una postura clara sobre el tema, nos desmarquemos de la actitud norteamericana, como si necesitáramos probar… ¿qué exactamente?, ¿que no apoyamos al bloqueo?, ¿que estamos en contra de la manipulación que hace EE.UU. para justificar las medidas que toma contra la economía cubana y que empeorarán las precarias condiciones de existencia de las personas? En mi caso estoy contra todo ello. Lo he dicho aquí y lo dije en Miami en julio del 2017, cuando el periodista que cubría para el Miami Herald el evento de la Asociación para el Estudio de la Economía Cubana preguntó mi opinión. Podría firmar otra carta, e incluso, de ahora en lo adelante, ponerle a  todo lo que escribo una posdata al estilo de: “el gobierno de los EE.UU. no puede hacer uso de mis opiniones para atacar a Cuba”.

¿Y qué resolvería con eso? Es de una ingenuidad patética pensar que se abstendrían de hacerlo. Entonces, ¿qué se nos propone?, ¿esperar a que el diferendo entre los dos países se resuelva para realizar cualquier crítica?   Existen intelectuales que desde fuera de Cuba hacen enormes esfuerzos por la normalización de las relaciones entre la Isla y el Norte, esa es su prioridad. Los respeto, apoyo y deseo fervientemente que puedan lograrlo. Pero mi prioridad es, por sobre todas las cosas, armonizar las relaciones entre nuestro gobierno y los ciudadanos, que ningún funcionario esté por encima de la Constitución acabada de aprobar por la gran mayoría y que cese la discriminación en las universidades por motivos ideológicos.

Gobernantes como Donald Trump son parte de una ecuación geopolítica que tenemos que asumir en cualquier proyecto que emprendamos. Sin embargo, a lo interno sí hay elementos novedosos en los últimos tiempos, a saber: un proceso de debate en torno al proyecto de Constitución que dejó más preguntas que respuestas y varias insatisfacciones, que coincidió con la ampliación sin precedentes del acceso a Internet a través de datos móviles, con la aspiración de un gobierno electrónico y con la apertura de cuentas en la red Twitter de los dirigentes de Cuba. Con toda lógica, estas transformaciones amplían las posibilidades de interacción de la ciudadanía con el gobierno y pueden generarse campañas cívicas que no necesariamente sean críticas.

Hay que adaptarse a los tiempos y no podemos permitir que sea el gobierno de EE.UU. el que dicte la pauta a los cubanos sobre lo que es conveniente o no hacer. Esas voces que consideran inoportuna la firma de la carta por lo que pueda influir en la relación precaria entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, deberían preguntarse qué razones han motivado al nuestro a ser blanco fácil de críticas que podían evitarse si se hubiera separado de su cargo a la funcionaria que hizo las declaraciones.

¿Prepotencia?, ¿espíritu de casta?, ¿falta de habilidad para lidiar con una ciudadanía definitivamente visible?

Es cierto que entre los críticos de la viceministra no todos comparten las estaciones de llegada, algunos pretenden un cambio de sistema y otros esperan un verdadero socialismo democrático. Si la terquedad política de los que nos dirigen ha motivado que encuentren un punto de contacto en tema profundamente cívico de sí como es el acceso a las universidades, entonces hay que pedir cuentas a la falta de estrategas entre nuestros dirigentes.

Se ha llegado a hablar de compañeros de viaje para referirse, peyorativamente, a los firmantes de la carta abierta al gobierno. En mi caso tengo una que nunca falla, mi conciencia, a ella me he atenido siempre para tomar cualquier decisión.

Para contactar con la autora: alinabarbara65@gmail.com