La prehistoria del socialismo

Por Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Uno de los grandes dilemas actuales del socialismo cubano es el de la conflictiva relación entre los derechos individuales –reconocidos en la nueva constitución cubana— y la hegemonía socialista —también registrada en ese documento—. No se trata solo de un problema teórico: la solución que se le dé impacta en algo tan real como la vida profesional de un profesor universitario. No obstante, reconozco con pesar que no creo que se encuentre una medida adecuada, por una sencilla razón: todos quieren la solución fácil.

Para algunos, todo se reduce a poner el énfasis sobre los derechos individuales, el pluralismo, etc. Un reverdecer del jacobinismo radical que aplaudo y comparto en gran medida, pero que peca de un carácter abstracto. Para otros, se trata de sostener los pilares de la hegemonía del socialismo cubano, encarnado por supuesto en el PCC, tal y como estos han existido hasta ahora.

A los primeros, los que repiten con buenas o malas intenciones el mantra de los derechos humanos, les respondería con una simple observación: el modo de producción capitalista debe ser superado; porque es un orden que mantiene a una gran parte de la humanidad en la pobreza estructural, y además nuestro planeta no aguanta el actual modelo de desarrollo. La construcción de una república, con derechos individuales garantizados, no es suficiente para evitar el capitalismo: recuerden como el Terror jacobino fue incapaz de impedir el ascenso de la burguesía girondina.

Las repúblicas liberales han sido, en realidad, un gran punto de apoyo para el capitalismo, ya que en ellas se concibe la libertad económica vinculada a la propiedad privada, exclusiva y excluyente. En ellas, el poder público solo está para defender el derecho a la propiedad, que puede extenderse a los medios de producción imprescindibles para la reproducción de la comunidad, con lo cual se prepara el camino para que la acumulación de capital se convierta en la relación social fundamental, a la cual se subordinan todas la demás.

En el marco de esas repúblicas liberales, la defensa de una concepción limitada de los derechos individuales va en contra de los derechos de la comunidad: a decidir democráticamente el modelo económico; a una vida digna para todos; a convivir pacíficamente con la Naturaleza; a la armonía social, entre otros.

Ahora bien, para los que ponen el énfasis en la defensa de la hegemonía socialista, también tengo algunas palabras.

Cuando Marx, allá por los mediados del siglo XIX, formuló su brillante crítica del capitalismo, su pensamiento giró alrededor de dos grandes problemas de ese sistema:

  • Primero, la explotación del hombre por el hombre, sobre todo en su consecuencia más directa, el deterioro de las condiciones de vida del proletariado. Esa debía ser una de las principales razones que llevarían a la clase obrera a la revolución.
  • Segundo, la enajenación. Marx fue un pionero en ver como el capitalismo convertía las capacidades intelectuales del hombre en fuerzas enajenadas fuera de su control. Esta vertiente de su pensamiento sería desarrollada en el siglo XX por Lukács, en su obra Historia y conciencia de clase, aportando la noción de «cosificación». Lukács mostró como el capitalismo generaba modelos de racionalidad que le eran consustanciales, los cuales consistían principalmente en mecanismos para objetualizar a las cosas y a los seres humanos, para así ejercer la dominación.

Más recientemente se ha añadido un tercer problema, el desastre ecológico, pero esa es otra historia.

A dónde quiero llegar es a lo siguiente: ¿cuán efectivos han sido los procesos de transición socialista que recoge la historia hasta ahora, incluyendo el cubano, a la vista de estos problemas?

A mí me gusta creer que, en esta vieja lucha contra el capitalismo, todavía falta mucha lluvia por caer, y que lo que conocemos hasta ahora es solo el primer puente que se construyó. Ese primer puente que se ha intentado es el que, sobre el papel, se llama dictadura del proletariado, aunque en realidad se caracterizó por un uso abusivo de la lógica de la vanguardia, lo que abrió el camino a que se estableciera una dominación burocrática.

Ese primer puente, ese modelo, ha sido relativamente eficaz en solucionar el problema de la explotación económica y la pobreza extrema generadas por el capitalismo. Eso se ha logrado redistribuyendo la riqueza y universalizando la seguridad social, la educación, la salud.

Sin embargo, ese sistema ha sido incapaz de combatir el segundo problema. Todo lo contrario, en ciertos aspectos lo ha agudizado. Los modos de dirección social de los modelos de transición socialista que se conocen hasta ahora están basados en mecanismos cosificadores, lo cual se hace evidente cuando se ve el papel primordial que toma en ellos el concepto de Administración.

Solo hay que ver los actuales debates sobre la economía cubana: todo gira alrededor de la proporción entre mecanismos económicos y administrativos. Los mecanismos económicos se asocian al libre desarrollo del mercado, los administrativos a la intervención del Estado. La preeminencia de los económicos se asocia al capitalismo, y la preeminencia de los mecanismos administrativos es considerada nada menos que como la marca distintiva del socialismo.

Socialismo igual a Administración.

¿Pueden imaginarse mayor afrenta a la intención libertaria del pensamiento marxista?

En los países del capitalismo desarrollado, la cosificación es un fenómeno que existe como el anverso dialéctico de la libertad individual, es el límite en el que esa libertad queda vaciada de contenido. Pero bajo la dominación burocrática, la cosificación es simplemente el lente cotidiano a través del cual es resuelto cada problema, cada trámite, cada asunto. Con la racionalidad administrativa se da la grotesca paradoja de que, lo que es el peor resultado ideológico del capitalismo, es tomado, por los que pretenden superar ese sistema, como punto de partida.

¿Por qué esta deformación? Hay muchas razones. Tiene que ver con el hecho de que esa transición se intentó en países atrasados, que tenían que pensar más en resolver el primer problema que el segundo. Además influye la feroz agresividad con la que los poderes del mundo capitalista han atacado a estos sistemas, favoreciendo que en ellos se desarrollara una mentalidad de cerrazón espartana.

Tiene que ver con que los hombres que se lanzaron al socialismo no han estado a la altura de un reto tan grande. Sus mentes en cierto modo seguían perteneciendo al viejo mundo, e intentaban solucionar los problemas que surgían con las herramientas mentales de ese contexto. Muchos socialistas creyeron que la racionalidad administrativa, con toda su aura de ilustración y cientificismo, era la joya que debía salvarse, la joya que los burgueses monopolizaban y que debía ser puesta al servicio del pueblo. Solo muy tarde se comprobó que esa joya era más bien una bola de pegamento, que los dejaba atrapados en la telaraña envejecida.

Estos primeros modelos de transición socialista, de dominación burocrática y estatista, probablemente serán recordados algún día como la prehistoria del socialismo, como aquellos locos intentos de construir el mundo post-capitalista usando mecanismos racionales y categorías económicas de ese sistema social; ni siquiera los del capitalismo más desarrollado.

El segundo puente, el del futuro, será el de la república socialista. Es decir, una república verdaderamente democrática, en la que el mundo de la producción económica se organice sobre bases no autoritarias, y en la que los derechos individuales se engarcen sin contradicción con los derechos de la comunidad. Debe desaparecer la propiedad exclusiva y excluyente sobre los medios de producción imprescindibles para la reproducción de la vida de la comunidad. Debe surgir la propiedad social, pública y voluntaria, de los trabajadores sobre los principales medios de producción.

No se tratará de administrar sino, de crear.

El pensamiento mecanicista, mercantilista y positivista será sustituido por el pensamiento complejo y dialéctico, impulsado hacia la cooperación y la solidaridad.

En esa república no habrá ningún problema en escuchar a los que estén en contra del orden social. Estos difícilmente lograrán que sus conciudadanos renuncien a los derechos y la seguridad alcanzados.

La gran pregunta es si se puede dar ese salto partiendo desde un sistema de transición socialista del viejo tipo, como desgraciadamente sigue siendo el cubano. Yo creo que la Revolución tiene el potencial, por muchas razones históricas, para dar ese salto de paradigma. Quiero creer que la nueva constitución es un reconocimiento tácito por parte de los que dirigen de que es necesario ese salto, esa radicalización republicana y socialista. Todo lo cual no significa, sin embargo, que finalmente se logre dar el paso.

Los viejos métodos, la cerrazón de la Guerra Fría, los intereses creados, el imperialismo, todo conspira. Menos se resolverán los problemas mientras se sigan buscando soluciones simples.

Para contactar con el autor: yasselpadron1@riseup.net

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