El extraño caso de una burócrata sincera

Foto: Roberto Garaicoa / Mesa Redonda

Por Mario Valdés Navia

Pocas veces la intervención de una viceministra ha movido tanto el pensamiento en Cuba como la publicada por Martha Mesa Valenciano, el pasado 8 de agosto. La actitud de “veladora de la fe” que asume esta funcionaria −con un espíritu dogmático digno del Consejo Nacional de Cultura del Quinquenio Gris− ha provocado una ola de repudio en las redes sociales. Su error fue caer en un pecado imperdonable para un burócrata de su oficio: la sinceridad.

Desde que la burocracia floreciera en la naciente URSS y hallara en Stalin el  caudillo que la encumbrara a lo más alto, los burócratas asumieron modos de actuación que apenas han cambiado en un siglo. Entre ellos el de la subordinación estricta de los niveles inferiores a los superiores (verticalismo), que implica saber amoldarse, ser dúctil ante los superiores, no andar pregonando ideas propias.

Por tanto, el oficio de burócrata requiere, como una condición sine qua non, de cierta plasticidad del carácter. Rasgo difícil de encontrar en un intelectual verdadero, como deben ser los profesores universitarios. Estos han de ser mantenidos bajo control estricto, pero de forma tal que la censura sea indirecta, más bien una autocensura, no una burda prohibición.

El burocratismo como corriente de pensamiento tiene rasgos bien definidos: mecanicismo, falta de creatividad, rutina, obediencia, impunidad, inercia, corrupción, clientelismo, indolencia y secretismo. Por eso los burócratas aprenden a no decir jamás la verdad alta y clara.

El propio Stalin nunca se adjudicó una teoría propia, sino que presentaba sus ideas con el nombre de marxismo-leninismo para que sus concepciones y las de sus acólitos quedaran como una continuidad de las ideas de Marx y Lenin en las nuevas condiciones históricas.

En realidad, la burocracia socialista es la usufructuaria de los medios de decisión. Grandes transformaciones, tareas que involucran a todo el pueblo, inversiones del capital de todos y posiciones en política interna y externa de las que dependen los destinos de la nación, son consensuadas y decididas por la alta dirigencia burocrática. De hecho, ellos –los que saben— suelen pensar por el pueblo, del que solo esperan aclamaciones y alabanzas.

Les son aborrecibles la duda, el error, la opinión contraria, e incluso, la contradicción. Por ello, de manera general, la burocracia desconfía del sector intelectual y lo tolera con reticencias. En principio, engloba a los portadores de ideas críticas y novedosas con etiquetas peyorativas: disidentes, subversivos, renegados, inconformes, hipercríticos, partes blandas, francotiradores, centristas, etc.

De ahí que el buen burócrata nunca hable a título personal, sino siempre como representante de causas generales: el pueblo en general/el comunismo/la historia/la revolución/los intereses de todo el pueblo/la masa de trabajadores/los revolucionarios de ayer, hoy y siempre/las mujeres/los campesinos/la niñez y la juventud

En función de establecer la hegemonía burocrática se ponen todos los mecanismos del poder cultural socialista. Esos aparatos ideológicos convierten la hegemonía burocrática en el modo de vida compartido por todos los grupos sociales mediante la reproducción cultural a través de la enseñanza autoritaria, los medios timoratos, el partido centralizado y los sindicatos pro-administrativos.

La burocracia teme al poder de la palabra. De ahí que sepultara en el olvido la tradición de oradores famosos de los comunistas cubanos. Desde Mella hasta Fidel. La asignatura Oratoria fue eliminada en las escuelas del Partido y las vibrantes piezas de esta manifestación de antaño sustituidas por insípidos textos, siempre leídos y previamente revisados, rectificados y aprobados por los organizadores. De ahí el desespero actual ante las incontrolables redes sociales.

Hoy le toca a los cubanos y cubanas resolver aquella pregunta que nos legara Einstein sobre la sociedad socialista: “¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?”[1]

La viceministra responde con desfachatez: ni modo, derechos ciudadanos tendrán en el papel, los intelectuales solo podrán defender a ultranza las decisiones de la alta burocracia, sin críticas y con permanente optimismo.

Pero todos los que alguna vez hemos sufrido un revés personal en el enfrentamiento con el poder burocrático, terminamos lamiéndonos las heridas para matar el hambre y guardamos cicatrices del encuentro, sabemos que eso también tiene su encanto. El de recordarnos, de manera permanente, que ese régimen hegemónico no es la sociedad libre y democrática por la que tanto se ha luchado durante siglos y que la revolución antiburocrática está todavía por hacer.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1] En “¿Por qué socialismo?”, Monthly Review, Nueva York, mayo de 1949, en http://www.rebelion.org/opinion/030618einstein.htm#

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