Pulmón ardiente y voluntad paralizada

Foto: BBC

Por Mario Valdés Navia

El mundo entero clama ante las imágenes impactantes de la calcinación de millones de plantas y animales por los incendios que asolan la Amazonía. La mezcla entre el interés económico más egoísta, el oportunismo político y la cobardía generalizada consume sin remedio el llamado pulmón del planeta ante la mirada asombrada de los aliens que nos observan.

Aunque Einstein considerara que la estupidez humana parece ser lo único infinito, siempre me he resistido a la idea. La cuestión es que los llamados a la cordura y al instinto de conservación que han hecho muchos –desde el siglo XIX hasta la actualidad— encuentran oídos sordos ante el interés superior de la maximización de la ganancia que impone el capitalismo trasnacional hegemónico.

En otras palabras, la acumulación desenfrenada del capital trasnacional marcha a ritmos mucho más rápidos que la reproducción de los recursos naturales que devora. El planeta se agota irremediablemente y las condiciones materiales de existencia de la vida se esfuman en esa Boca de Sauron. Hoy, solo un milagro en forma de lluvia podría salvar a la Amazonía de la desaparición.

Si eso no ocurriera perderíamos un cuarto de la capacidad planetaria de producir oxígeno. Junto con ella se extinguirían miles de especies animales y vegetales, se afectaría toda la atmósfera por la colosal humareda y los países involucrados perderían inmensos recursos madereros. Si el milagro llega tarde los ecologistas radicales seguidores de la Hipótesis de Gaia dirán: “Esto es solo el comienzo del reacomodo planetario ante la injerencia destructiva de los humanos”.

Tras secar las lágrimas por las heridas tremendas a la Pacha Mama sería bueno ir a las causas principales del problema y entrarle con la manga al codo a su eliminación. Basta de hipótesis catastrofistas, llantos hipócritas y rezos colectivos: esto es una cuestión política y su solución definitiva hay que encontrarla en esa esfera.

Ya hoy los medios y las redes encontraron un culpable, Jair Bolsonaro, y un superhéroe, Enmanuel Macron. El escenario está listo para que el anfitrión de la Cumbre del G7 se luzca como salvador del planeta y promotor de un capitalismo de rostro más humano frente a los trogloditas Trump y Bolsonaro y la amenaza ambiental que representa la expansión industrial de una potencia como China.

Realmente ambos –por más que nos pese− son presidentes electos democráticamente que están cumpliendo con promesas hechas en sus programas de gobierno, apoyadas por millones de votantes en esos países. Todos ellos son culpables de lo que ocurre hoy. Si tanto rezaron los evangélicos brasileños por el triunfo de su Mesías, veremos si tienen el mismo éxito en apagar el fuego amazónico.

Macron ha hecho una movida política digna de un druida galo. De represor de los Chalecos Amarillos ha devenido en campeón del planeta. Lo cierto es que Francia, como todas las potencias colonialistas e imperialistas actuales, tiene gran responsabilidad en el saqueo y destrucción de los recursos naturales mundiales y en la imposición de un modelo económico depredador en áreas donde las comunidades vivían en equilibrio secular con la naturaleza.

No es fortuito que tanto Jair como Donald sean creacionistas, incrédulos ante el calentamiento global, repudien los tímidos tratados internacionales de protección del medio ambiente y desprecien al pensamiento ecologista más que al terrorismo y la venta de armas de guerra. Es que su tarea como políticos es quitarle cualquier retranca al capital global en su carrera consumista, en primer lugar, las ecológicas.

Minerales, animales y plantas son materias primas para el enriquecimiento capitalista. Hoy lloramos ante el incendio amazónico, pero en las hogueras de la industria moderna se consumen aún más recursos de manera innecesaria. Solo un gran acuerdo mundial para detener esa acumulación a costa del planeta podría salvarnos de la extinción.

Más oxígeno que los árboles amazónicos producen las algas y el plancton oceánicos y lo destruimos con la contaminación y el calentamiento global. Al ser la base de la cadena alimenticia en el mar su escasez provoca la muerte de miles de ejemplares de la fauna marina y mata más ballenas que los pescadores japoneses.

Es hora ya de establecer acuerdos mundiales que limiten el saqueo de la Tierra por los humanos sometidos al frenesí consumista del capital. Los derechos de la humanidad, de los seres vivos y del planeta entero tienen que imponerse ante los supuestos derechos individuales de unos pocos a maximizar las ganancias por encima de todo y de todos.

Ojalá la quema del pulmón del planeta obligue al cerebro político mundial a la toma de decisiones impostergables. Esto parece ser solo el principio, pero no sé si del fin o del recomienzo.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

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