Macartismo, emigración patriótica y la burbuja en Miami

Foto: jpellgen (Flickr)

Por: Arturo López Levy*

Sugiero leer el artículo «Miami en una burbuja» que expresa una percepción desde Cuba, bastante compartida, sobre la barbaridad macartista de montarle una campañita al actor cubano Fernando Echevarría por simplemente tomar la postura digna de oponerse a la ley Helms-Burton, que hasta los abogados del Departamento de Estado consideraron en su tiempo ilegal y violatoria de la soberanía cubana y de terceros países. Aquí va mi comentario:

El artículo contiene muchas verdades sobre una parte importante del exilio cubano, por cierto, no solo del histórico. Hay una serie de revolucionarios descontentos con la propia revolución, jóvenes y no tan jóvenes que arribaron a EE.UU en las últimas décadas que muestran mucha pasión u obsesión —para usar la palabra de Orestes Hernández Hernández— en limpiar su historial de «comedidos» y «obedientes» en Cuba no siendo contestatarios contra los nuevos mantras aquí, sino contestatarios y radicales contra lo que hay en Cuba. Han cambiado el software de a quién adorar y a quién vilipendiar, pero lo de comedidos para los cercanos y agresivos y sin ley ni escrúpulos contra los que discrepan se mantiene.

Le veo sin embargo al artículo dos problemas:

El primero, la falacia de convertir la parte en el todo. El segmento denunciado es un grupo grande, hasta mayoritario según encuestas en ocasiones, —recordemos que hay unos cuantos que quieren quitar el embargo porque no funciona, pero ante la pregunta de una posible invasión militar a Cuba, y ahora a Venezuela, para quitar a los gobiernos respectivos, dicen sí— pero no es el todo. Me ha ocurrido que le he mencionado a alguno el derecho internacional y contestan que les importa un bledo, sinceridad que se agradece, pues no hay derechos humanos sin derecho internacional, y aclaran su condición de anticastristas, no demócratas.  Ahora, y repito, está muy lejos de ser el todo.

Segundo, es en el resto donde esta una división importante que el artículo pasa sin tocar. Hay mucha gente que te dice que no le parece bien el embargo, ni la ley Helms-Burton justa ni apropiada, pero no tira un hollejo para que se quite. Por cierto, también entre las últimas camadas de emigrantes abundan. No es que no les importe Cuba, están más que informados o mal informados sobre lo que pasa en la Isla. Los hay que hasta te cuentan cómo se han repatriado para no perder las ventajas en un futuro país reformado o cambiado, pero no muestran disposición alguna a hacer nada por poner en una senda constructiva las relaciones entre Cuba y la gran potencia a noventa millas de sus costas. Esos cubanos existen desde la época del Padre Varela que era bastante realista en juzgar «el alma del negocio» de sus compatriotas. En aquella época Varela podía decir que España tenía políticas para quitar al criollo su sentido de pertenencia, pero ¿ahora?

Que me disculpe Yassel Padron Kunakbaeva, pero Cuba como tantas otras comunidades construidas —si toda la idea de pertenencia a una nación tiene una carga de construcción intersubjetiva a partir de una narrativa común— no puede partir hoy de dicotomías dentro/fuera que ignoran la transnacionalidad. Cubanos hoy, gracias a muchos sacrificios, van y vienen, viven entre la Habana, Holguín, Miami, México y también Madrid, entre otras ciudades y países del mundo.

Lo que quiero apuntar es que si el centro de la nación está por naturaleza en la Isla, ese centro es cada vez más poroso a pesar de los que les encantaría la idea en los dos lados de la separación. La emigración es parte indisoluble de la nación y es además un error político empujarla afuera, para los que como él, quieren acabar con las políticas inmorales, ilegales y contraproducentes como la ley Helms-Burton. No se puede reclamar la centralidad de Cuba, su gobierno y sistema político en el manejo de los asuntos nacionales, sin referirse a las responsabilidades que vienen convoyadas con ella.

Un Varela que se despierte en el siglo XXI, no puede decir que los cubanos que hoy llegan desde la Isla, convencidos que el embargo es criminal, y no hacen nada por quitarlo o incluso se identifican hasta en el interés de castigar al gobierno cubano a través de actos contra el país son resultado de que España no deja educar bien a los cubanos. En una construcción imaginada, como el patriotismo siempre es –repito— riesgoso imponer un relato en el que la única manera de ser patriota es identificarse con un partido político, un gobierno específico o una ideología.

Hay quien dice «si esa es Cuba, no quiero ser parte de ella». Lo cual es una respuesta en la cual el cubano recién llegado, no necesariamente una mala persona, ni un desarraigado, decide,  autoexcluirse de la competencia de narrativas por lo que Cuba es.  Obvio que en esa decisión cada cual es responsable y vivirá con su conciencia, si un día, Dios no lo quiera, por los errores, desidias y hasta pillerías de los cubanos o  las lógicas del poder internacional, en las cuales el imperialismo es opción viva y coleando, una invasión militar a Cuba o un colapso del estado cubano ocurriese.

Sin embargo, al margen de lo personal, hay razones estructurales que conviene indagar desde la centralidad para la isla que se reclama. ¿Por qué un número tan alto de compatriotas llega a Miami –como dice Yassel Padron Kunakbaeva— y adopta los mantras dominantes sobre Cuba en esa ciudad que son por cierto más intolerantes y hasta contrarios a los pilares de la cultura liberal estadounidense de la primera enmienda? ¿No habría que revisar lo que pasa en el país desde el que migraron apenas unos meses o días atrás en términos de ordenamiento político —que reproduce continuidades dolorosas entre militantes comunistas y anticomunistas— y formación patriótica?

  • Profesor Asistente de Política y Relaciones Internacionales en la Universidad de Holy Names, Oakland, California.
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