Risa y crítica

Por Manuel García Verdecia

Una nota recientemente aparecida en la prensa nacional arremete contra el humor más extendido que se hace en Cuba porque, según el autor, mayoritariamente se arremete contra dirigentes e instituciones. La misma ha causado estupor y rechazo justificados, no solo por lo contundente de algunas apreciaciones sino, además, por cierto tono incitador a censura. Por eso ha resultado sumamente importante que un grupo de humoristas (que además de hacer humor poseen pensamiento crítico, o por eso mismo hacen humor) haya contestado recta y argumentadamente a las opiniones vertidas en el texto de marras publicado ni más ni menos que en el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, en Granma, el pasado 9 de agosto. Tal reacción demuestra que no estamos en tiempos de grisura, cuando un autor oculto tras un nombre anónimo podía atacar alguna obra y no había posibilidad de réplica. Y por réplica no sugiero guerra (odio toda actitud belicosa), sino diálogo franco y constructivo que es el que permite ganar cotas de más exactitud y beneficio.

Los creadores responsables y cívicos han ganado un espacio de libertad crítica que ya nadie puede arrebatarles, pues ellos también buscan lo mejor para el país donde viven y lo mejor no se puede construir sino desde la más profunda verdad, por dura que sea. Su obra, por lo general, expresa lo que es ya vox populi, pero además evidencia un innegable sostén en la realidad palpable que todos enfrentamos cotidianamente y los inspira un honesto sentimiento de sanear el ambiente para mayor ventura. Ya lo decía Martí: “La crítica es la salud”.

No quisiera llover sobre mojado, pero siempre es bueno agregar algún matiz. El humor es un acto esencialmente humano que, mediante la exageración y el ridículo, expresa nuestra inconformidad con lo que tenemos, sobre todo cuando a esto lo sustenta la insensatez y falta de lógica. Es una forma de hallar explicaciones y soluciones favorecedoras. Resulta un intento de restablecer la sensatez y la cordura en nuestra vida. De ahí su carácter altamente bienhechor. Como responde Guillermo de Baskerville a Jorge de Burgos, en la novela El nombre de la rosa: “… la risa es propia del hombre es signo de su racionalidad”. De aquí que obviamente todo lo que muestre falta de tal cualidad es blanco de la sátira. “Risa es crítica”, escribe Martí. Y pocos asuntos son tan irritantes para una sociedad como una burocracia cuantiosa e inoperante.

El crítico se pregunta por qué no reírse más de otros personajes que laceran nuestra vida social. Puedo afirmar que he sido testigo de muchas caricaturas, representaciones teatrales, filmes y chistes callejeros, donde se arremete contra las llamadas “jineteras”, los “luchadores” (esos que hacen cualquier cosa para ganar dinero), los chulos, los machistas, los arribistas nuevos ricos, los bodegueros y carniceros inescrupulosos, así como las actitudes agresivas de sucesivos presidentes, principalmente de Estados Unidos, entre otros temas. Son todos aspectos que inquietan a nuestra sociedad, como también lo es la ineficacia y apoltronamiento de ciertos dirigentes. Debe subrayarse que el creador y solo el creador tiene la auténtica facultad de escoger sus asuntos, pues uno no puede hacer arte por mandato o por consigna, sino porque nace de una necesidad expresiva entrañable e impostergable. Todo el que crea algo entiende perfectamente  esto sin más palabras.

Lo que habría que preguntarse es que si el burocratismo, la disfuncionalidad de los ciertos funcionarios es o no es un problema que aqueja a nuestra sociedad. No pienso que nadie vaya a dudar que lo sea. En la calle, en numerosas asambleas, en Congresos de la UNEAC y otras asociaciones se ha planteado. El humor es, tal vez, su forma más audible y atendida, por su exposición pública y la relevancia que cobra el humor en nuestras vidas, así como en la sanidad de nuestra cordura. Bien dicen los judíos que “Cuando el hombre ríe, Dios se preocupa”. El arte opera por intuición y percepción personal, por ahí construye sus ficciones. Sería necesario aplicar métodos de investigación sociológica para determinar con mayor exactitud si lo descrito es fehacientemente un problema. Sin embargo, el autor del artículo periodístico se funda en impresiones personales, de modo que tampoco él puede pretender tener toda la razón en este caso. Mientras tanto, el coro sigue apuntando a que hay serias dificultades en las formas y actitudes de determinados dirigentes e instituciones. Solo hay que asomarse a las cartas que envían lectores al mismo Granma o al diario Juventud Rebelde y allí sentiremos el escalofrío de corroborar cómo funciona lo que no funciona, es decir, el burocratismo.

Sería útil revisar a lo largo de la historia del humor en Cuba (en el caso que analizamos) sus múltiples expresiones para notar cómo el mismo siempre atacó a “generales y doctores” que no hacían su trabajo del modo en que se necesitaba que lo hicieran, a alcaldes y notables arribistas y corruptos. Recuérdese al Bobo de Abela o al Loquito de René de la Nuez, por citar dos casos de humor gráfico.

Si bien no hay una zona de la conducta humana eximida de su análisis mediante el humor, cuando este se convierte en obra para compartir con grandes conglomerados humanos pues es obvio que busca temas de mayor impacto para la comunidad. No es lo mismo el chiste para consumo de un grupo de amigos en un parque, que el que se hace para promover el pensamiento reflexivo de una audiencia masiva. Esta impone una elección temática de interés más amplio. Precisamente el que los temas que estos eligen encuentren eco en el público es síntoma del reconocimiento de que lo tratado es preocupación de muchos. El análisis es a la inversa, el problema es el que genera la reacción del humor. No es el humor el que genera la existencia de funcionarios improcedentes.

Me parece que confundir la crítica a personas que no ejercen sus funciones debidamente con una crítica a la “institucionalidad” es una aberración exagerada. Por supuesto que sabemos que no todos los funcionarios son burócratas ni deshonestos, pero igual sabemos que no todos son eficientes y honrados. Si estamos en un grupo y alguien clama: “¡Al ladrón!”, esto no tiene por qué alarmar a quién no lo es. Ningún funcionario eficiente y decente debe sentirse aludido. Se critica lo que no anda bien o que definitivamente anda mal. Ya lo dice el refrán, “A quien le sirva el sayo que se lo ponga.” Y tal crítica no es de índole destructiva, todo lo contrario. Destructiva es una actitud que no se aviene con lo que se espera de la persona a cargo. El humor inteligente es siempre constructivo pues ataca nuestros defectos para que los notemos mejor y actuemos consecuentemente en su subsanación.

Se dice que esas personas atacadas asumen tareas “que nunca quieren ser tomadas por los más críticos”. Además de ser una hipergeneralización, es un señalamiento poco sólido. Muchos de nuestros máximos dirigentes –como Fidel, el Che, Raúl— han sido críticos de muchas de nuestras faltas. Precisamente fue Fidel quien, en un discurso en la Universidad de La Habana, hace unos años, advirtió que si algo podía destruir la Revolución era la corrupción. Tal vez los que no aceptan tareas de dirección lo hacen precisamente por ser críticos y percatarse de que, por ignorancia o por condiciones adversas a su naturaleza, no podrían realizar una labor eficaz. Esto no los exonera de sentirse ciudadanos y, por tanto, con derecho a criticar. Aquel que acepta un cargo público sabe que estará en la mirilla de muchos y uno de sus deberes es responder por su actuación.

Pero habría que preguntarse: el mal funcionamiento, la falta de previsión, la arrogancia directiva, la asunción de posturas personalistas, el incumplimiento de lo legislado, el acomodamiento, ¿todo esto es parte de la institucionalidad o es precisamente lo que atenta contra ella y la debilita? ¿Es el humor el que lacera la institucionalidad o las actuaciones indebidas que el mismo revela? No creo que haya un creador tan irresponsable y tonto que arremeta contra lo que es adecuado y racional. Estas dos cualidades sí responden a lo que está instituido.

Por supuesto que considero que no todo lo que se hace, en el humor o en otras manifestaciones artísticas, es cualitativamente infalible. Se observan deficiencias de elaboración y falta de creatividad en algunos casos. Pero esto debe abordarse desde una perspectiva estética y no sencillamente desde una postura defensiva desde el bando de los criticados. Esto no ayuda al arte y menos a la vida. La verdad debe siempre decirse por mucho que duela. Solo la verdad, con humor o con severidad, corrige y salva.

Anuncios