Vivir en el error

Por Mario Valdés Navia

A la clase política mexicana se le atribuye este axioma, válido para cualquiera de sus homólogas en el continente: “Vivir fuera del presupuesto es el mayor de los errores.” A la burocracia cubana le viene como anillo al dedo, aunque los factores que lo determinan no sean los mismos en el contexto de Cuba que en el resto de América Latina.

Mientras para los demás el lema expresa el afán insaciable de los políticos de oficio por meter las manos en el presupuesto nacional, provincial o local, cuando logran vencer en la puja electoral, a los burócratas cubanos eso no les afecta. Ellos fueron designados, no elegidos, y no los tumba nadie, a no ser que los quiten sus superiores.

Tradicionalmente, esta identificación de los burócratas socialistas con el presupuesto no se manifestaba en abultadas cuentas de ahorro, ni en una vida ostentosa. A inicios de la Revolución el que los dirigentes se instalaran en las mansiones burguesas vacías de Siboney, Miramar y Nuevo Vedado, y montaran sus carros, fue percibido más como un premio merecido a su valor y decisión que como mero botín de guerra.

Después, la vocación antimercantilista del joven socialismo cubano hizo que la satisfacción de las necesidades de los cuadros y sus familias a expensas del Estado se percibiera como una manera superior de distribución, más cercana a la comunista y ajena a las tentaciones del dinero. Rara interpretación que daría lugar a toda una gama de privilegios, prebendas y beneficios que los alejaría cada vez más de las condiciones reales de subsistencia del pueblo trabajador.

Con el tiempo, la burocracia empezó a habitar en un tejido propio, como una red social cerrada que se tornaba un agujero negro para los extraños y desarrollaba un espíritu de casta. De ahí que pasara a ser representada socialmente por gran parte de la población como una cleptocracia parasitaria, ajena a las vicisitudes de las masas.

Sin tierras que rentar, capital para invertir, o inteligencia que alquilar, la burocracia solo puede vivir parasitariamente, de ahí que sus mayores ingresos le lleguen casi siempre de manera subrepticia, ilegal e inmoral, por lo que su buen vivir es sinónimo de algún tipo de corrupción, más o menos desfachatada, mediante el ordeño sistemático del presupuesto nacional.

Para reproducir sus efectivos sin poner en riesgo sus privilegios, apela a los criterios de lealtad y confiabilidad por encima de la competencia a partir del mérito individual. De ahí que, a pesar del discurso oficial de confianza y apoyo en las nuevas generaciones, durante años el poder burocrático anquilosado concibiera a la juventud en un perenne estado de adolescencia y niñez, equivalente a inmadurez política. Con esto evitó por medio siglo que los jóvenes tuvieran oportunidad de acceder a los principales puestos de dirección y desbancar a la élite burocrática de sus posiciones de privilegio.

Luego del Período Especial, nuevas camadas contribuyeron a modernizar la composición de la burocracia cubana con el arribo de figuras más tecnocráticas como la de los gerentes, ligados al mercado global y las asociaciones con el capital extranjero. Pero siempre anclados firmemente en la clase burocrática, no solo por sus orígenes familiares y clientelares, sino por provenir muchas veces de otras capas de ella y mantener vínculos de subordinación y alianza permanente con los sectores medios y altos de la burocracia tradicional.

En la actualidad se da un fenómeno muy interesante, aunque proscrito en la prensa cubana y poco estudiado científicamente, a pesar de su divulgación abierta en las redes sociales. Los descendientes de la alta burocracia cubana han abandonado las penumbras de la esotérica existencia de sus familias para salir a la luz como nuevos ricos, o mejor, hijos predilectos del magro presupuesto nacional.

En Facebook, Instagram y Youtube es posible verlos en sus yates de placer, mansiones y restaurantes de su propiedad para turistas VIP, haciendo ostentación de una vida disipada a costa de un país en crisis. ¿De dónde salen esos lujos y excentricidades si sus padres y abuelos no tienen fortuna propia, sino que han vivido del presupuesto en función de sus cargos?

Realmente la desfachatez de estos descendientes parásitos de la alta burocracia no tiene límites y la comparación con otros casos en el mundo se torna difícil. Solo con que devolvieran al presupuesto nacional lo que han enajenado al peculio de la nación durante años para su beneficio personal se podría pagar, no solo el reciente aumento salarial y pensional, sino gran parte de la deuda externa del país.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

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