La gran responsabilidad de no hacer nada

Foto: Radio Habana Cuba

Por Egor Hockyms

Debe haber algún lector a quien le parezca, no ya natural o correcta, sino al menos útil todavía, para el presente y el futuro del socialismo cubano, esa unanimidad desconcertante de nuestros legisladores a todos los niveles. Debe haberlo, aunque sea por costumbre, porque durante años se legitimó el mecanismo como esencial para la supervivencia del proyecto socialista por vía de una dictadura del proletariado férrea y vertical. Más allá de los épicos aciertos y los sonados errores, construir las bases de aquel nuevo país, donde la soberanía y la justicia social se materializaban en medio de una situación excepcional de agresión y guerra fría, dependía quizás acertadamente de una unidad extrema.

Hoy, sin embargo, pocas cosas le hacen tanto daño al carácter socialista de la Tercera República (insisto cordialmente en aunar las repúblicas representativas) como esa mentalidad remanente de la unanimidad a ultranza, de la reiteración del discurso excluyente de la burocracia y, en suma, del acatamiento. Hoy, cuando las bases de la justicia social son ya profundas en el pueblo y en las instituciones, la constante injerencia imperialista ha demostrado ser todo menos una situación excepcional. De este modo, el empeño de amaestrar la voz diversa y transgresora del pueblo con el discurso de plaza sitiada no solo es inútil a largo plazo, sino que corroe las bases mismas del socialismo nuevo con más eficiencia que cualquier bloqueo.

Para muchos es bastante claro que necesitamos ya una asamblea dinámica, que se parezca a los debates que hay en nuestras casas y en nuestros entornos de confianza. Pero pensemos, ¿será eso realmente lo que la mayoría quiere? O será tal vez que nuestro lector “unanimista” no es tan escaso después de todo… Al fin y al cabo, las asambleas que votan de forma unánime a cuanto se les pide no están ahí por fatalismo, sino que han sido votadas y ratificadas por nosotros.

Nos indigna que las leyes más polémicas se aprueben sin oposición, que los temas más calientes se eviten con frialdad, que la presión parlamentaria hacia el gobierno y los ministerios se limite a asentir en las rendiciones de cuenta. Pero de algún modo, cuando estamos nosotros mismos frente a una boleta, actuamos como si, en el mejor de los casos, no estuviéramos haciendo nada trascendental. No puede ser más falsa la impresión, porque en ese preciso momento ponemos sobre nuestros hombros la responsabilidad de todas y cada una de las veces en que esos diputados levantarán sus manos.

Bajo la dictadura del proletariado en la Revolución, el proceso electoral se consolidó a todos los niveles más como una reafirmación de apoyo al liderazgo revolucionario que como un proceso de reflexión y selección de parlamentarios. Así, tanto la nominación y la elección de delegados como la ratificación de candidatos a las diferentes asambleas se pareció más bien a un proceso de selección de revolucionarios destacados o trabajadores ejemplares. Ahí se escondió quizás la más peligrosa de todas las caras de la unanimidad, y a partir de ahí la responsabilidad ha sido solo nuestra. Cuando ratificamos con liviandad a un diputado del que no estamos seguros que es capaz de oponerse a lo que considere incorrecto o a lo que crea que sus electores no apoyarían, estamos votando por otros cinco años de unanimidad.

La unidad frente al enemigo sacrificando la pluralidad, que ha estado en la base de todo el período revolucionario gracias a un permanente estado de excepción, resulta hoy en gran medida una premisa falsa. A este punto de madurez soberana hemos ya comprendido que el enemigo estará siempre, y por tanto el único camino posible de realización nacional es el de asumir nuestra diversidad de pensamiento y convertirla en fortaleza dentro de estas circunstancias en las que siempre viviremos. Si es cierto que Cuba como país está sometida en mucho a un tratamiento injusto y absurdo, más absurdo es paralizarnos esperando a que ese tratamiento cambie un día para entonces levantar el estado de sitio.

Pero por sobre todas las cosas lo más importante ahora es saber, tener la consciencia, de que la decisión de tomar o no el camino de la pluralidad es nuestra, completamente nuestra, no del imperio, pero tampoco del gobierno; somos nosotros como pueblo quienes podemos cambiarlo todo. Y de hecho podemos comenzar muy rápidamente, bastará que tomemos en serio nuestro deber ciudadano no nominando más unanimistas en nuestra circunscripción o, en última instancia, no votándoles. De hacerlo, unas asambleas municipales con delegados que crean en la pluralidad se formaría así de simple.

En cuanto a la asamblea nacional, sencillamente decidamos a la hora de votar no ratificar a diputados que consideremos unanimistas, o mejor, que no estemos seguros de que no lo son. Es todo; la asamblea no podrá formarse si los diputados no son ratificados y obligaremos así a las comisiones de candidatura una y otra vez a proponer candidatos hasta que estos verdaderamente nos representen, hasta que sean eco de nuestras discusiones y de nuestros disensos. Cada vez que enfrentemos una boleta debemos votar exclusivamente por quien nos convenza, eso es todo.

Eventualmente, esa presión hará que los candidatos tengan, por ejemplo, que hacer públicas sus posturas en relación a los temas más controversiales, so pena de no ser conocidos y por tanto tampoco ratificados. Tendrán además que convencer a los votantes, comprometiéndose a defender esas posturas contra la presión de la unanimidad. No es necesariamente un futuro lejano, todo eso puede pasar bajo las reglas de hoy, solo con la simple acción ciudadana de no votar nunca a un candidato que no nos convenza, a uno del que no estemos seguros.

Comenzando por nosotros mismos, podemos ayudar a establecer la conciencia ciudadana de que es preferible votar en blanco a votar por un diputado que no estemos seguros de que tenga nuestras ideas. Que votar en blanco no significa votar por el imperio ni por sus mercenarios; al contrario, significa presionar a las comisiones de candidatura para que hagan un mejor trabajo de representación democrática. Frente a candidatos unanimistas o que sencillamente no conocemos bien, el voto en blanco es el arma más revolucionaria y efectiva que tenemos para garantizar en la Tercera República la nominación de una representación parlamentaria genuina, comprometida con sus electores.

El unanimismo del parlamento no debe seguir desconcertándonos, porque es un resultado natural de las condiciones de la historia reciente y, en última instancia, el efecto de nuestro voto. Las manos que se levantan sincronizadamente en el coro de la Asamblea son en cierto modo nuestras manos, son la consecuencia de esa complicidad activa a la que venimos llamando “no hacer nada”. Para salvar la república nueva de la continuidad del unanimismo, disfrazado de única estrategia posible en un contexto de excepción que ya no es tal, la primera tarea que se impone hoy es hacer algo tan sencillo y básico como pensar el voto.

Para contactar con el autor: ehockyms@protonmail.com.

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