El paraíso de los taínos

Por Gabriela Mejías Gispert

Casi al borde de la realidad, en el extremo oriental de Cuba existe un paraje donde sobreviven en pleno siglo XXI nuestras más antiguas costumbres. La Patana es un universo mítico, donde habitan algunos de los pobladores más antiguos de la isla. Sus rostros conservan las características taínas de las comunidades originarias, su gusto por el tabaco, el café, el frijol gandul y el amor por todo aquello que les brinda la naturaleza.

La Patana se encuentra ubicada sobre una meseta emergida al Este del municipio de Maisí, a cinco kilómetros al noreste de Punta de Quemados y debe su nombre a un cactus endémico de la zona oriental.

 Fundada en 1870 por una descendiente aborigen, Carmen Mosqueda y un oficial español de nombre Narciso Mosqueda, la comunidad se mantuvo oculta durante mucho tiempo. No se conoce con exactitud por qué se escondían, pero sus motivos les llevaron a crear una comunidad cerrada en la cual no salió ni entró nadie durante muchos años. Por esta razón la mayoría de sus descendientes conservan rasgos muy definidos y casi todos llevan el apellido de la pareja fundadora.

Los Mosqueda Mosqueda son personas bajitas, de pelo lacio y negro, tez oscura, ojos oblicuos y un hablar apuradito, pero amoroso, que mezcla los arcaicos con los modismos de los guajiros de Maisí. Una línea que hereda algunos rasgos españoles, agregando a su tez taína ojos celestes; sin embargo no existe la acostumbrada mezcla criolla con la raza africana.

En La Patana se levantan temprano, preparan café en un jarro grande y parten a trabajar en las plantaciones. Su actividad fundamental es la agricultura. Entre polymitas, ocujes, cafetales, palmas, chipojos, mariposas y cartacubas transcurren sus días en un territorio donde los relojes no existen. Sus conocimientos sobre agricultura son empíricos, sin embargo sus métodos de rotación de cultivos, control natural de plagas y manejo de recursos son muy efectivos.

Su sendero principal, de aproximadamente 6 km, tiene ramificaciones de pequeños caminos que desembocan en las casas de los lugareños. Aunque muchos aprendieron a leer y escribir casi nunca lo utilizan, la oralidad es la principal transmisión de sus costumbres e historias.

Así conocí a Nicomedes que me regaló la historia de la Vosión de Ovando, un alma en pena que desanda la zona, con una misión.

“Ovando asusta a la personas que andan por donde no tienen que estar, a veces aparece como un pájaro, a través del viento que hace hablar los árboles o como una india”.

Cuenta Nico que una vez la escuchó cuando volvía de pescar  “si te habla no puedes mirarlo, solo tienes que irte de ahí rápido”.

En La Patana se cree en el nagualismo, que es la capacidad de algunas personas de tomar el cuerpo y las almas de algunos animales; de esta forma todos los seres que habitan la comunidad trascienden el plano etéreo para formar parte de la espiritualidad naturalista.

Actualmente no es una comunidad cerrada, a pesar de su proximidad con todos los pueblos de la zona para muchas personas sigue siendo una especie de lugar mítico que queda muy lejos de cualquier sitio.

El Proyecto Expedición del Instituto superior de arte (ISA) visita La Patana cada año. El investigador Daniel Torres Etayo, que lidera el proyecto desde hace aproximadamente dos décadas, cuenta que la zona es rica arqueológicamente. Con 26 sitios importantes donde se encontraban aldeas, lugares ceremoniales y sitios de enterramiento. Incluso en los patios de muchas casas pueden encontrarse restos de cerámicas.

Para Daniel que viaja a la región desde hace casi 20 años, sus visitas se han convertido en un encuentro familiar. Cuenta que ha cambiado mucho a través del tiempo: ahora tienen una escuela, acueductos, un generador eléctrico en los hogares, paneles fotovoltaicos. Sin embargo los más jóvenes, cada vez con más frecuencia deciden subir a los pueblos cercanos, lo que pone en peligro la continuidad de la comunidad patanense.

Los más grandes no abandonan su paraíso casi nunca. Se sienten seguros en los caminos que pueden desandar aún en las noches más cerradas con la agilidad de un adolescente. Los ruidos de los pájaros, las ranas “campanita” que habitan los farallones, el sabor de la comida bajo la cocción de las brasas, el café triturado en el pilón y las noches estrelladas de La Patana.

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