El lenguaje inclusivo y el lado bueno

Por Egor Hockyms

Pensemos por un momento en el grupo de filólogos que discute sobre lenguaje inclusivo. O mejor, en un grupo de ingenieros diseñando una maravilla tecnológica, o científicos a punto de hacer un gran descubrimiento. Cuando recreamos estas imágenes en nuestra mente, todas tienen un rasgo común: en ninguna hay mujeres. “Ingenieros” es un plural genérico o inclusivo en nuestra lengua, donde cabe con igual propiedad tanto Gustave Eiffel como Elizabeth MacGill, pero al escuchar la palabra, nuestra psiquis insiste cada vez en recrear solo hombres. No es que nos remita a la estadística de la experiencia; pasa igual si el grupo es de doctores, de abogados, o incluso de maestros o de cocineros.

Este ejemplo motiva comentarios de todo tipo, incluyendo por supuesto, la opinión recurrente sobre la poca importancia que tendrían esas representaciones involuntarias. Y es un buen punto. Al fin y al cabo, el masculino genérico es una convención de la lengua que todo el mundo conoce bien, y su carácter inclusivo, aunque no sea inmediatamente obvio para nuestra psiquis, está garantizado por la Real Academia.

Por demás, a muchos nos molesta esa manera irreverente de subvertir el idioma redefiniendo con liviandad lo que hemos siempre considerado bello y adecuado. El ímpetu con que alguien se hace prosélito de “médicos y médicas”, compañeres o amigxs, levanta las alarmas contra quien nos parece que, en una agitación de rebeldía progresista, no ha valorado suficientemente el sentido del ridículo. Así, en el mejor de los casos, como tolera el homófobo los desfiles del orgullo gay, toleramos nosotros estas desfachateces lexicales desde la preservación de un credo estético personal que consideramos culto, correcto y, a la larga, el bueno.

Pero si culto y correcto parecen fuera de duda, básicamente porque la Real Academia dejó claro que no hay compañeres que valgan, lo de bueno es todavía un poco confuso. La autoridad que fija el lado bueno no es sencillamente la ley; de ser así la ley Helms-Burton sería indiscutiblemente buena, y malo sería desde vivir en La Habana hasta tener una página en WordPress. La brújula moral de lo bueno, que es una construcción personal y casi nunca se puede codificar por completo en palabras, tiene sin embargo para muchos de nosotros un eje común. Es buena la educación, la salud, la justicia social, la transparencia, la igualdad, el reparto de la riqueza y, de forma general, es bueno apoyar al desfavorecido.

En cierto modo, la consciencia de estar al lado del desfavorecido es en nuestro pensamiento lo más cercano a una brújula moral. Es por momentos lo único que nos salva de perdernos en las complejidades terminológicas y conceptuales de cualquier razonamiento, lo que sirve como punto de referencia para fijar, si no una postura, al menos los términos de un análisis.

Tomemos por ejemplo la discusión sobre el matrimonio igualitario. Identificar al desfavorecido no nos fuerza necesariamente a apoyar la iniciativa, pero sí nos obliga a considerar los argumentos de oposición fuera de un marco aislado, contrapesándolos continuamente con su alternativa. De modo que votar en contra será inevitablemente concluir que la fuerza de esos argumentos es tal que vale la pena sacrificar la felicidad de miles de personas. Ese es el valor de la brújula, y esa es la base de la mayoría de nuestras discusiones aún cuando a veces no sea evidente.

Desde el debate sobre la viabilidad del modelo socialista hasta el reclamo de bajar los precios de Internet, nuestra brújula va o debería ir siempre sobre la búsqueda del desfavorecido para intentar al menos hablar en sus términos. No ayuda mucho a veces, porque el desfavorecido no siempre es el mismo para todos o porque diferimos en la manera de entender el modo de ponerse de su lado, pero siempre es una guía imprescindible. Así, por ejemplo, al enrolarnos en una discusión como la de socialismo vs capitalismo, siempre vamos sobre la mejor conveniencia de uno u otro sistema para los más humildes y no sobre una superioridad esotérica o anclada en tecnicismos. Cuando no nos centramos en el desfavorecido y la mejor manera de ayudarlo, el diálogo es de sordos.

En #BajenLosPreciosDeInternet sin embargo, en cierto modo las dos posiciones fundamentales tienen visiones distintas del desfavorecido. Para unos es el ciudadano desconectado que podrá conectarse si los precios bajan; para otros es un ciudadano también desconectado pero que igual no podrá conectarse, y aún comerá peor o tendrá menos medicinas como resultado indirecto de la recaudación de Etecsa. Aquí de nuevo la brújula que nos sirve para construir la plataforma de análisis no define una posición. Esta dependerá finalmente de nuestra estimación personal de las variantes, que involucra un gran número de juicios de valor, desde la importancia que le damos a la informatización hasta cuánta confianza nos inspiran los mecanismos financieros en Cuba.

Repasemos ahora desde esta perspectiva, como debemos hacer sistemáticamente con todo, nuestra visión sobre el lenguaje inclusivo.  Lo primero será identificar al desfavorecido, que en este caso son las mujeres y las niñas, esas que no aparecen en las imágenes mentales de ingenieros y doctores. Lo segundo es reconocer que a la hora de evaluar las importancias hay que tomar un poco de distancia. Los hombres debemos entender que nuestra comprensión de esa realidad es cuando menos limitada. Un poco como la del rico que habla de pobreza o la del blanco que habla de racismo, se trata de vivencias que somos incapaces de experimentar y muy a menudo incluso de ver. Tendremos siempre cosas que aportar, pero debemos hacerlo con especial humildad.

Por otra parte, todos, incluyendo las mujeres que estén contra el lenguaje inclusivo, debemos observar el respeto que merecen las diferentes sensibilidades. Si un grupo de mujeres que es cada vez mayor se siente discriminado por un lenguaje centrado en el hombre, si les parece que haber crecido oyendo hablar de científicos, de presidentes y de los logros del hombre moderno las (y nos) ha inconscientemente deformado, si les parece que vale la pena intentar revertir en algo ese efecto con un método nuevo, que puede ser radical en lo estético pero que no daña más que una convención lingüística, deberíamos, antes que reaccionar (ahora nosotros) con ligereza, volver sobre el problema en perspectiva, tratando como mínimo de pisar sobre el camino que marca la brújula.

Más allá del uso o no del masculino genérico, hoy casi nadie es ajeno a la realidad de la discriminación de género. La inmensa presión social, económica y sexual a la que las mujeres están sometidas desde pequeñas, en forma de acoso, de inseguridad, de desigualdad y de falta de oportunidades, resulta para muchos uno de los lastres más insoportables de la modernidad. Sus raíces afincadas en la tradición machista se desarrollan a lo largo de la vida en forma de sesgos y condicionamientos casi imperceptibles que están hondamente instalados en nuestras sociedades. Es en este contexto que decir “ingenieros” por “ingenieros e ingenieras” contribuye a reforzar la primacía masculina por vía de la estandarización de un modelo que en última instancia no deja de ser cínico; un poco como usar “ricos” para llamar a ricos y pobres o “blancos” para referirse a blancos y negros.

Como en tantos temas de importancia, la cuestión teórica y académica debe ayudarnos y no distraernos de la imperativa necesidad social. En un mundo donde el feminismo está aún en formación, donde los consensos sobre categorías y métodos son todavía débiles, intentemos al menos mantener un escepticismo solidario, siempre dispuesto a confabularse al lado del desfavorecido. En esto como en todo, desconfiemos constantemente de las ortodoxias, e intentemos que la única fuerza que nos movilice provenga exclusivamente de un profundo sentido de justicia social.

Para contactar con el autor: ehockyms@protonmail.com.

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