Un nombre no es un país

Foto: Trabajadores.

Por Giordan Rodríguez Milanés

Varias veces le he escuchado decir al Presidente: “Hay que pensar como país”, y es verdad. El país es lo más importante. El país más allá de un nombre, de la idea individual por justa que parezca o, en realidad, lo sea. El país somos todos. Cada uno, con nuestra diversa potencialidad. Pensar en el país, y actuar en consecuencia como en el triple play de la pelota donde cada cual se anticipa lo justo a la trayectoria de la bola, llega a la posición exacta, hace el movimiento correcto, captura, le lanza al otro jugador que hace lo suyo y así, hasta completar con éxito la perfecta combinación. Sé muy bien que no siempre el triple play se logra, que un milímetro tardío puede frustrarlo.  Pero ha de honrarse la virtud de quienes se lo proponen, y sueltan la vida en el intento de completarlo.

Un deporte como el béisbol puede resultar la metáfora de un país. Razón por la que, quizás, a la mayoría de los cubanos nos duelen tanto las derrotas en los campeonatos en los cuales participamos. Al menos, que la pelota fuera la metáfora de un país nos hicieron creer aquellas narraciones de Bobby Salamanca y Eddy Martin de los jonrones de Marquetti, Casanova, Linares; y los discursos en los que veíamos el amateurismo como símbolo de un sistema de valores alternativo al profesionalismo. La metáfora de la victoria que, al cambiar el mundo y quedarnos a la saga, se convierte en metáfora de la derrota porque seguimos aferrados a rutinas que ya no nos funcionan.

Porque si algo tienen los símbolos es su veleidad cuando cambia el referido. Ese incontrolable conflicto entre su trascendencia en la subjetividad y la negación dialéctica del objeto que lo sustenta. Pensar como país no debería ser, de ningún modo, aferrarse a un sistema simbólico cuyos referidos ya no son propicios objetivamente. Aquel ideal del deporte revolucionario, poseyó en su momento una trascendencia simbólica.

Pensar como país es entender que los deseos y el sistema de creencias propios pueden estar en contradicción con los del otro. Que nunca dos personas partirán del mismo punto. Que uno de los dos jardineros tendrá que detenerse, o hacerse a un lado, y dejar que el otro capture la pelota. He visto jugadas en que un infield captura, y le entrega al otro, que está de frente a la base, para que lance más cómodo y saque el out. Eso también es pensar como país.

Pensar como país es reconocer que una nación no es el nombre de una persona por enorme que sea su mérito histórico o sus cualidades. Que no hemos aprendido esa lección, lo demuestra toda la parafernalia periodística alrededor de la figura de Rey Vicente Anglada, actual mánager del equipo Cuba de pelota, como si fuera el Mago de Oz que va a resolver los problemas estructurales de nuestros deportes colectivos, entre ellos, claro está, el béisbol.

¿Y dónde están los que apostaron a Anglada por la victoria en la pelota, sin atenerse a esos problemas estructurales de nuestros deportes colectivos?

Espero anden reflexivos, que entiendan que ni Anglada, ni Carlos Martí, ni Civil, ni Roger…. Ninguno de ellos mientras haya Higinios y Aragones. No es por una cuestión de nombres y apellidos, ni por personalizaciones, sino por la mentalidad que esos nombres portan y la estructura de gestión obsoleta que conforman.

Un ejemplo exitoso es que ya Alcides Sagarra no está y aún tenemos un equipo de boxeo competitivo a nivel mundial.

En saber que un nombre en sí mismo, un líder –impuesto o verdadero—, sin el concurso de todos y cada uno,  casi nunca es la solución y puede convertirse en el problema cuando concentramos en este todas nuestras esperanzas, cuando le adjudicamos más de lo que humanamente puede hacer. Así le vamos insuflando un autoritarismo desmedido, un poder suprapersonal que no puede ostentar en detrimento la aplicación de la ciencia y la técnica, los saberes y los compromisos colectivos.

Un nombre no es un equipo de pelota, tampoco un nombre es un país. Como no lo es un gobierno; y mucho menos una auténtica Revolución.

Un país somos todos si nos crecemos en el amor, el trabajo y el compromiso. Si lloramos las derrotas y saltamos de alegría por los triunfos. Si aprendemos a reconocer las fallas, y las aprovechamos para ser mejores desde lo individual y grupal.

Un gobierno somos todos si cada uno ejerce los derechos cueste lo que cueste, y le duela a quien le duela, sin esperar que aparezca un nombre a hacerlo por nosotros.

Una Revolución auténtica somos todos si asumimos que somos perfectibles y transformables. Si tenemos la honradez y la humildad de entender cuándo ya no podemos con el reto que se nos plantea porque la vida cambió, y la historia tiene sus leyes imperecederas de renovación, su dialéctica.

Todos, juntos y diversos, podemos ser el jonrón que tanto deseamos.

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