La República dorada

Por Alina B. López Hernández

Pseudorrepública, república mediatizada o neocolonia. De estas formas ha sido denominada. Desde hace un tiempo algunos historiadores la designan, con menos ensañamiento, república burguesa.

Para que naciera corrieron, durante décadas, ríos de sangre en toda la Isla. Por defenderla se hicieron dos revoluciones: la del treinta y la de los cincuenta.

Generaciones de cubanas y cubanos no permitieron que la tiranía le pusiera frenos. A diferencia de lo ocurrido en otras naciones del área, ningún déspota que la violentó llegó a cumplir una década en el poder.

De sus entrañas vienen nuestros padres y abuelos, personas de bien que sabían lo que era el amor a la Patria. “No el amor ridículo a la tierra o a la hierba que pisan nuestras plantas”, sino “el odio invencible a quien la oprime” y “el rencor eterno a quien la ataca”.

En su poema “El sitio en que tan bien se está”, Eliseo Diego esboza una república íntima, que trasciende la mera forma estatal:

Tendrá que ver cómo mi padre lo decía: la República. …

lleno el pecho, como decir la suave, amplia, sagrada mujer que le dio hijos.

Como si fuese una materia, una parte cualquiera de su vida.

República. Palabra que, al decir de mi amigo Javier—cuyo hijo nació como ella, un 20 de mayo—, el poeta transmuta “en realización, en esperanza, en duro fruto vital de los cubanos, en un símbolo de presente y futuro”.

El discurso historiográfico posterior a 1959, hizo degenerar a la República en una etapa arquetípica, pozo de iniquidades y adjetivos denostadores: gobiernos títeres, robo de fondos públicos, corrupción política y administrativa, juegos y prostitución… entre otros términos análogos. De ese modo la describen los libros de texto de Historia en las escuelas; así la aprenden los escolares desde su más tierna edad. Contra todo sentido, más benévolo ha sido el tratamiento que se ha dado al período del estalinismo en la antigua URSS que a nuestra desdichada república.

¿Podrá negarse que tuviera un poco de todo aquello? No. Pero junto a las sombras y los rincones oscuros, habría que reconocerle también las luces que sin dudas poseyó. Las libertades que garantizó a sus ciudadanas y ciudadanos. Haber parido, a fuerza de presiones populares, la constitución más avanzada de su época: la del 40. El hecho de haber sido el país más tolerante del hemisferio occidental en el campo ideológico y de haber formado a sus hijos en los más elevados principios cívicos.

No fue tan dorada y perfecta como quedó la efigie de La República que se guarda en el Capitolio Nacional, después de la obra de restauración que hace apenas unos días concluyó con un acto oficial. Sin embargo, no era tanto una estatua dañada lo que apuraba renovar; sino una imagen histórica injusta con la que durante más de medio siglo hemos erosionado la representación de nuestro pasado.

Para contactar con la autora: alinabarbara65@gmail.com

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