Cuba cambia

Por Giordan Rodríguez Milanés

Todavía es el Grito. Aquella energía significante desplegada por la necesidad de supervivencia ha variado en dos sentidos: manipulados y manipuladores.

Dos deidades culturales sustentadas en la comunicación social: Dios Mercado y Santa Ideologética. A ambas, manipulados y manipuladores, les rinden culto sistemática y persistentemente con todo género de mediatizaciones orientadas a formar un sujeto con la mira puesta en el triunfo y el éxito milagrero –estados relacionados con el bienestar material a través del consumo, método de sometimiento del capitalismo—, o la cohesión social en torno a un liderazgo estatal –método, hasta nuestros días, de la llamada “construcción socialista”—.

Y estas deidades tienen cada una su propia religión, su propio sistema de ritos y liturgias diseñados y ejecutados para persuadir, convencer, convertir, coartar. La del Dios Mercado es el Imperialismo, cuyos monjes conforman la intelectualidad de derecha compuesta por académicos y asalariados de la desideologización, jugadores de las ruletas de la democracia representativa y la bolsa.

La religión de la Santa Ideologética es la mediocridad estatalizada, el totalitarismo. Allí donde las instituciones sociales no funcionan, o funcionan anodinamente, es adorada la Santa Ideologética. Su liturgia es la burocracia –que, por cierto, heredó del capitalismo y cultivó—, y sus actuales monjes, han cambiado las botas rusas por calzado converse y teléfonos móviles para pisotear –o al menos, intentar pisotear desde su posición administrativa o política—, los derechos de la gente común.

Mucho ha llovido desde el Quinquenio Gris, época en que se incorporaron a la radio y la TV jóvenes carpinteros, albañiles, rotulistas, mecánicos, maestros que, con poca o muchas aptitudes creadoras o formación estética, ocuparon el vacío de los parametrados. De aquellos jóvenes, algunos ahora son miembros de la UNEAC al resultar comprometidos realizadores, otros, han sido verdaderos verdugos de la innovación y la diversidad, y unos cuantos se fueron a Miami a integrar cierta abigarrada legión de intelectuales de derecha pro-imperialista disfrazada de patriotismo.

A esta altura, a uno no le queda otro remedio que hacerse la pregunta ineludible, la que se hicieron nuestros abuelos cuando la ofensiva del 68, la que se hicieron nuestros padres en 1990, la que se harán un día nuestros hijos y nietos: ¿Dónde estamos? ¿En qué punto de ese tránsito escabroso entre el ejercicio de la libertad a planazos de la dictadura del proletariado al ejercicio de la libertad responsable del socialismo, estamos en Cuba?

En Cuba, los manipuladores controlan los medios de comunicación, imponen el repertorio temático y procuran establecer hegemonías simbolizantes. Los manipulados, recién descubren con las redes sociales el camino de la emancipación espiritual.

Afortunadamente, Cuba cambia. Con lentitud, con la agonía de un tiempo que se resiste a morir, poco a poco la nación va buscando cómo desarrollarse aún con las escaseces materiales del bloqueo norteamericano.  Pugnamos en nuestro afán de superar el inmovilismo empresarial, los rezagos del racismo, la homofobia, la intolerancia en las relaciones sociales, el dogmatismo y la burocracia en la gestión social consideradas las escaseces mentales del bloqueo interno.  De tal modo, ese cambio tironea nuestra espiritualidad hacia el ejercicio responsable de la libertad, mientras la administración ideopolitizada de la radio y la TV se aferra aún a esquemas inoperantes y centralizados, añejas gestiones productivas que ni desembocan en una buena obra, ni permiten que la obra sea competitiva.

De hecho, el principal reto ideo-político del Estado cubano en función de la actualización del papel de los medios de comunicación, está en la eliminación del “trauma de los setenta” con el paso del paradigma de gestión de contenidos mediáticos de la seudo-cultura de la retórica a la cultura de la interactividad y la participación libertaria.

Hay que entender de una buena vez la alerta que nos hace Ricardo Ronquillo, últimamente, en diversos espacios de debate –uno de ellos, el congreso de la UNEAC—, acerca de la impostergable necesidad de que la prensa no sólo se integre a la agenda pública sino, además, lo haga con contenidos convincentes y formalmente atrayentes. Lo mismo es aplicable a la radio y la televisión cubanas si no queremos que estos medios mueran arrasados por las redes sociales y la blogosfera en los próximos meses.

Hay que pasar a interpretar la Ideología como la razón de todos expresada, y dejar atrás la Santa Ideologética de la razón impuesta por unos cuantos partidistas.  Nuestra gente, acaso podría decir nuestro pueblo, está aprendiendo a debatir, a expresar sus criterios, a ejercitar su derecho a la comunicación. Urge que el ICRT se incorpore a ese cambio, encuentre alternativas que tironeen en pos de la libertad responsable lejos de la superficialidad y el ramplonismo ortodoxo estandarizado por las consignas, frases hechas y enfoques anquilosados. Habría además que sustentar ese cambio en un modelo de gestión y producción de contenidos, y de sus posicionamientos, eficaz y eficiente, como el único camino que le queda a la radio y la televisión en Cuba.

A la decisión de la gestión administrativa, y de la socialización de la creación ideo-estética deben incorporarse graduados de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación del Instituto Superior del Arte, y otros entes incómodos y diversos de la ortodoxia partidista, que estimulen el vínculo real y constante –no aparente ni eventual— con las vanguardias intelectuales de cada localidad del país de modo audaz y creativo. El ICRT necesita comunicadores que salgan de la zona de acomodo que les ha propiciado estructuras cerradas de programación basadas en el funcionalismo lingüístico. Necesita creadores cuyas propuestas se canalicen más allá de enfoques informacionales transmisivos, y pasen a la acción y la participación de las audiencias desde lo bello, lo estéticamente bien elaborado, si pretende el ICRT recuperar para si su trascendencia revolucionaria y el grito libertario de los manipulados.