La grieta entre la iglesia y el estado cubano

Por Gabriela Mejías Gispert

Cuando era niña solía jugar durante horas con mi amiga Lucía que vivía a dos puertas de mi casa. Pasábamos mucho tiempo juntas porque íbamos a la misma escuela. Los domingos ella iba a la iglesia y luego jugábamos por la tarde. ¡Catequesis! Me dijo la vez que le pregunté qué hacían los niños que iban a la iglesia. Yo había entrado una vez con mi abuela, la única en mi familia que tenía una creencia religiosa. Me contaba que antes del triunfo de la revolución, en Santiago de Cuba, en ocasiones, durante las misas se pasaban furtivamente los bonos del M-26. Mi abuela me explicó qué era catequesis, me enseñó canciones de cuando asistía. Llegué a aprender alguna que otra de memoria.

La mamá de Lucía me dijo que yo no era “religiosa” porque mi familia era “comunista”. Si me preguntan hoy; diría que no profeso ninguna fe por decisión propia: tuve la oportunidad de elegir.

Me formé con una abuela católica y un Estado laico.

Mirándolo en retrospectiva me parece irrisoria la asociación, creo que la frase de Marx, totalmente sacada de contexto, caló muy hondo en el imaginario social. La grieta entre la iglesia y el estado cubano creó una división donde ambos eran antagónicos. El tema salió a flote una vez más durante las votaciones por el referéndum constitucional.

La naciente reforma de la constitución de la República de Cuba, tuvo 760   cambios, entre adiciones y modificaciones, proponiendo una legislación mucho más acorde con nuestra sociedad.

Afín con nuestros principios como país, se mostró una constitución más inclusiva, donde se anulaban las diferencias propias del estado civil. No se modificó ninguno de los artículos que constituyen la base de nuestra nación como estado marxista, leninista y fidelista. Dejando clara la postura de un Estado constituido donde las libertades individuales son respetadas, entre ellas las creencias y religiones por igual.

Con esto se ratifica el posicionamiento de un Estado secular, donde las autoridades no se posicionan públicamente hacia ninguna religión, ni las creencias religiosas pueden influir sobre las políticas nacionales.

Por eso me llamó notablemente la atención cuando nuestro presidente, utilizando su cuenta de Twitter expresó sus felicitaciones a Santa Clara, afirmando que cada vez es “más santa y más clara”.

No me inquieta en lo más mínimo que nuestro presidente profese alguna fe, si fuese el caso. Me preocupa su postura como dirigente de nuestra nación. Me preocupa la fuerza opositora de la iglesia ante la decisión del Estado de garantizar los derechos de matrimonio a todas las personas y la respuesta de la asamblea ante dicha fuerza.

El 11 de junio de este mismo año —post votaciones— las iglesias evangélicas deciden crear una alianza, alegando como razón principal no sentirse representadas delante de las autoridades y el pueblo cubano por el Consejo de Iglesias de Cuba. Hecho que no debemos perder de vista, pues estas mismas iglesias fueron las que más se opusieron a las reformas inclusivas de la nueva constitución.

Vivimos en tiempos de desarrollo, de madurez dentro de nuestro proyecto revolucionario y no deben desdibujarse en la euforia del cambio ciertas bases que nos permitieron llegar aquí.

El filósofo y politólogo Bruno Bauer señalaba, al hablar de la separación de la política y la religión: “Todo privilegio religioso en general, incluyendo por tanto el monopolio de una iglesia privilegiada, debería abolirse, y si algunos o varios o incluso la gran mayoría se creyeran obligados a cumplir con sus deberes religiosos, el cumplimiento de estos deberes debería dejarse a su propio arbitrio».

En palabras de Marx, “el Estado debe ser un mediador entre el pueblo y las libertades individuales, anulando así las diferencias que puedan presentarse en la sociedad civil. Corresponde a este la generalidad del pensamiento y el principio de su forma, la vida genérica, por encima de su vida material”.

El Estado debe ser imparcial y dejar que los elementos civiles tales como la cultura, la propiedad privada, la ocupación, la religión, el estado social, así como las diferencias étnicas y de género posean sus manifestaciones sin ser entorpecidas por la política y al mismo tiempo, estas no influyan en sus decisiones gubernamentales.

Anuncios