Entre símbolos, poder y saber: lenguaje inclusivo a debate

Por Yasvily Méndez Paz

El lenguaje ha sido un componente fundamental para el desarrollo de la humanidad. El uso de palabras, símbolos, imágenes, gestos, expresiones y conceptos es reflejo de nuestro pensamiento, moldeado por la realidad social que nos embarga. Lenguaje, poder y saber están estrechamente vinculados, y constituyen expresión de la ideología. Como plantea la Dra. C. Rosa Cobo Bedia: «El lenguaje no es una realidad neutra y ajena a las relaciones que existen en cada sociedad […]». De ahí que la polémica actual sobre el lenguaje inclusivo de género haya fomentado posiciones divergentes en varios espacios de discusión.

¿Qué se entiende por lenguaje inclusivo de género? Benvenides, estimades lectores. No es broma, los que defienden el lenguaje inclusivo de género –también denominado lenguaje no sexista— proponen nuevos estilos de comunicación que sustituyan el masculino genérico y el binarismo de género. Todo comenzó con los movimientos feministas de la segunda mitad del siglo XX, y las denuncias a las «marcas masculinas» de la lengua hispana.

A medida que se ha tomado conciencia sobre este tema, el debate ha ido intensificándose a nivel internacional. En varios países de habla hispana los jóvenes comienzan a repetir estos «modismos» en el lenguaje, y la comunidad académica no puede estar ajena a esta realidad. Lingüistas, politólogos, feministas y cientistas sociales han centrado su atención, grosso modo, en dos direcciones: lo puramente gramatical, y la significación política del asunto en cuestión. No pocos especialistas se han mostrado escépticos e incluso, han realizado críticas a los manuales donde se promueve el uso de prácticas comunicológicas y lingüísticas inclusivas.

Buscando la inclusión, las propuestas han ido variando. Primero se reemplazaba el masculino genérico por las formas femenina y masculina –conocido como desdoblamiento de género— (ej. todos y todas), pero ello no permitía incluir otras identidades de género. De manera que se han realizado otras proposiciones –como el uso de la x, @, e— que han provocado conmociones en la comunidad hispanohablante. Estas propuestas han coexistido en paralelo y sus usos dependen de efectos discursivos para quienes apuestan por su incorporación en las prácticas comunicológicas.

Los adeptos de estos nuevos estilos consideran que el lenguaje convencional –cuyas reglas son aprobadas por la Real Academia Española (RAE)— es machista y como tal debe ser ajustado a la nueva realidad social. Aunque reconocen que el masculino genérico se impuso por el carácter patriarcal de la sociedad –algo que ha sido denominado «patriarcado ancestral de la especie»— asumen que ya es hora de generar transformaciones en este sentido. Los detractores han esgrimido varias razones para censurar dichas prácticas. Algunos se oponen a la utilización de las formas femenina y masculina porque consideran que desvirtúa el principio de la «economía de palabras» en la Lengua de Cervantes; otros no creen correcto que el lenguaje inclusivo se permita en los colegios e, incluso, se ha llegado al extremo de despedir a profesores por enseñarlo a sus educandos.

El debate actual sobre el lenguaje inclusivo ha sobrepasado las fronteras de lo meramente gramatical y lingüístico.

No seamos ingenuos, el tema se ha convertido en el hándicap de sectores conservadores. Mario Vargas Llosa, afamado escritor peruano y Premio Nobel de Literatura, reconoció públicamente en una entrevista dedicada exclusivamente al tema que «el llamado lenguaje inclusivo era una especie de aberración dentro del lenguaje». ¿Casualidad?, no lo creo. No pocos lingüistas y especialistas de otras ramas del saber han reconocido el trasfondo ideopolítico de la temática. Santiago Kalinowski, lingüista y lexicógrafo de la Academia Argentina de Letras, considera que el lenguaje inclusivo obedece más a un fenómeno político que lingüístico. A su juicio es una intervención, una manera de impactar a nivel de la conciencia social sobre la injusticia de una sociedad donde persiste el patriarcado, incluso, a nivel del lenguaje. El neutro se propone para intervenir y demostrar esta idea, y precisamente estos «modismos» se utilizan fuera de las reglas aceptadas socialmente para generar un efecto de protesta con carácter político en el auditorio. Ha sido una manera de intervenir para crear un consenso, a lo que el experimentado académico denomina la «configuración discursiva de una lucha política».

¿Cuál será la posición acertada? O mejor, ¿existirá una posición acertada? El tiempo y la generalización de estas nuevas prácticas lingüísticas y comunicológicas en el lenguaje, nos dirá. No podemos obviar que la RAE tiene el deber de aprobar los cambios cuando se han afianzado en la lengua, y que se haya dedicado tanto debate a esta temática significa que la realidad ha cambiado. Mientras tanto, podemos mostrarnos escépticos o confiar en la idea quijotesca de luchar contra los molinos de viento. Escojamos el camino que nos parezca más adecuado…

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