Cuerpos revolucionados

Foto: Kaloian Santos Cabrera

Por Gabriela Mejías Gispert

Muchas veces escuché la frase acuñada socialmente que una mujer perfecta es aquella que en el ámbito social se comporta como “señorita” y en la casa sabe complacer al hombre con toda la picardía que ello amerita. Aun no deja de sorprenderme la dicotomía de la frase.

Simone de Beauvoir decía “no se nace mujer, se llega a serlo”. Esta frase, muchas veces malinterpretada, no adhiere a que necesitemos más maquillaje, tacones, pelo alisado, un pintalabios rojo. Apunta a que ser mujer es una construcción social que nos moldea.

Nuestras diferencias biológicas parecieran ser razón suficiente para comenzar a llenar una mochila de cualidades y conductas prescritas, tanto para hombres como para mujeres.  Los cuerpos, sexualizados se convierten al nacer en un depositario de prerrogativas y obligaciones. Todo aquello que salga de lo preestablecido debe quedar confinado a lo privado, censurado.

Un cuerpo de mujer es privado, no debe mostrar, insinuar, es propiedad de quien la posee en la intimidad. Un cuerpo travestido es privado, un cuerpo transformado es privado, un cuerpo de mujer no deseable es privado, un cuerpo amanerado es privado…

Los cuerpos femeninos tienen solo dos opciones posibles desde la lógica patriarcal y ambas son “cosificadoras”. Objeto de pertenencia de su pareja u objeto de deseo sexual.

¿Cómo se explica, que incluso entre amigos, le pidan permiso al hombre si quieren sacar a bailar a su compañera?

En muchos videos clips se muestra el cuerpo en más ocasiones que la cara de la modelo. Así se define la identificación de una mujer anclada al cuerpo, donde el espacio corporal es la única variable que precisa que se es mujer.

El control que se tiene por el cuerpo, genera subidentidades dependiendo del uso que la mujer le de al suyo: si aún no ha desarrollado, es niña; si tiene hijos, es madre; si no tuvo relaciones con un hombre, es virgen; si comercia su cuerpo por dinero; es prostituta.

 Las discotecas tienen la política de que hasta cierta hora o en determinados días las mujeres entran gratis.

¿Es una medida de “caballerosidad” a la antigua?

No, las mujeres entramos gratis porque somos objeto de consumo, que atrae público masculino. Forma parte de un sinnúmero de discriminaciones positivas que vivimos diariamente.

La autonomía de la mujer pasa por su cuerpo; es por eso que el deseo femenino molesta: cuando no necesitan una aprobación para decidir qué ropa usar, tiene relaciones con varios hombres, cuando dice no rotundamente; ante una invitación masculina.

Vivimos en una sociedad donde lo que no entra dentro de la binaridad heteropatriarcal es sancionado: o eres femenina o eres un bombero; habla fuerte o pareces “mariquita”. La ostentación del deseo al ámbito público también molesta; basta con revisar la oleada de reacciones ante la posibilidad del matrimonio gay y los descabellados argumentos de quienes se oponen.

Las cubanas somos progresistas en esta cuestión de liberar el cuerpo; producto la escasez de ropa de una época y del calor; no tenemos tapujos en mostrar todo el esplendor de nuestras masas por fuera de las blusas. Pero no escapamos dichas subidentidades. Sentirnos cómodas, dispuestas, proactivas, independientes, son cualidades de nuestra sexualidad que siempre fueron delegadas a lo privado o condicionadas a ser “mal vistas”, antagónicas con ser profesionales, tomadas en serio en una conversación, obtener responsabilidades o ser madre.

Siempre al borde de las posibilidades las sociedades machistas ponen en jaque lo natural, más notablemente con la globalización de la moda: adelgaza, quítate el bigote, delinéate las cejas, plánchate el pelo…

No se trata de ser transgresoras por el solo hecho de ir contramandato, sino de poder abrazar aquello que nos hace plenas, identificar lo que concebimos por seguir la corriente y disfrutar nuestras “cuerpas” tal como las sintamos.

La revolución de los cuerpos también forma parte de nuestra revolución.

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