Todas la sociedades tienen sus reglas

Foto: Portal web de Radio Rebelde

Por Miguel Alejandro Hayes

Todas las sociedades tienen sus reglas. Su espacio de interacción define las relaciones que en ellas se dan. En paralelo, existe un sistema de elementos teóricos y culturales que sirven para completar a su ordenamiento.

Uno de ellos, es el individuo liberal. No resulta tan importante una teoría acerca de él –la cual se expande y se adapta al propio desarrollo de la ciencia política y a sus diferentes lenguajes—; es más relevante, la práctica social que se sostiene legal y moralmente a partir de asumir y reproducir los esquemas generadores de dicho sujeto. Este, no es más que aquel que se subordina a la lógica un tipo de propiedad privativa, y para la cual se redactan las normas cívicas correspondientes.

Para medir a este hombre de la modernidad –y que fue cuestión que ocupó el pensamiento de Kant—, está el criterio de “la mayoría de edad”. Con ello se diferencia el niño –y toda la subjetividad que lo acompaña— del adulto y la “madurez” que se le atribuye. Que no es otra que el adaptarse a un conjunto de normas abstractas dictadas por una moral para nada espontánea. Y es que la figura del adulto está caracterizada –sobre todo en la cultura popular— por la responsabilidad, la aceptación y resignación de las normas mencionadas. Entonces aquel individuo liberal en su estado de adultez, no es otro que el individuo normalizado. Cabría entonces preguntarse si es eso una verdadera mayoría de edad.

La crítica al liberalismo, lo es a toda proyección que pretenda encarcelar las capacidades humanas como usuarias de un orden social de apropiación desigual del producto social. La adultez está marcada por una potenciación de las fuerzas creadoras poseídas desde la infancia; una maduración de las capacidades con las que se nacen y se cultivan en los primeros años de vida.

La verdadera mayoría de edad es el ejercicio de problematizar, incorporar, decidir, reflexionar.

El hombre como ser racional, tiene su adultez en la de sus reflexiones, no en ser ese adulto normalizado. Aspectos estos que no significan el caos ni la renuncia a tradiciones afectivas, como pueden ser el cuidado a los más pequeños o a los ancianos, pero sí replantearse un conjunto de reglas del orden social, referidas a lo político y sus acompañamientos jurídicos, morales, ideológicos, etc. Tampoco el problema es que haya un “molde” que normalice, ya que esto es un condicionamiento inevitable. Más bien, el problema está en el hecho de que este actúe como una estructura que delimita al sujeto, y no un mecanismo que fomente el pensamiento como acto de creación.

Por otro lado, en todas las sociedades donde se estimula la mentalidad reproductiva y repetitiva del hombre normalizado como vía para dar continuidad a las ideas dominantes –la ideología política es su cara más visible, y que utiliza los aparatos del estado—, los premiados son aquellos capaces de mostrar con hechos que en ellos se multiplican esas rutinas y formas establecidas por el sistema.

Los socialismos reales, portadores de un engendro de marxismo que no era más que un liberalismo, por supuesto que no escaparon de emplear la noción del adulto liberal normalizado, obediente al sistema político encabezado, como es tradición, por el partido.

La sociedad cubana, por su tradición estado-céntrica no está muy lejos de tropezar con la misma piedra. Así vemos que los jóvenes recompensados por la vieja tradición del comunismo dogmático –desde los tiempos de Mella—, han sido aquellos capaces de ser portadores de la obediencia. Pero el mecanismo de incentivos sociales determina la tendencia del tipo de persona que como sistema se estimula.

Hoy, se sigue avivando al adulto obediente, y no al reflexivo que sea capaz de cultivar las enseñanzas y pensarlas para la sociedad. No ser parte de la obediencia –siempre orgánica a jerarquías sociales—, es esa verdadera adultez, y no aquella de corte liberal. Va a ser que es cierto eso de que la rebeldía es expresión de madurez.

Ya decidirán a los que les corresponde,  por qué apostar.

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