Normalmente no podemos escoger a nuestros enemigos

Foto: Osvaldo Gutiérrez /ACN.

Por Giordan Rodríguez Milanés

Carlos Manuel de Céspedes intentó que algún gobierno de los Estados Unidos apoyara a Cuba en su lucha contra el colonialismo español. Presionado por algunos camagüeyanos anexionistas, llegó a comisionar a un hombre de su confianza para que explorara la posibilidad de que la Unión reconociera la causa cubana e, incluso, llegara a considerarla un estado de la Unión —aunque no lo fuera— como un mecanismo expedito para derrotar la metrópoli española. Algunos contemporáneos alertaron a Céspedes acerca de las implicaciones que tal maniobra tendría para la incipiente nacionalidad cubana a lo que el Padre de la Patria respondió:

“Una vez idos los españoles, expulsamos a los otros”.

Pero los estadounidenses tenían otros planes. No les interesaba guerrear con España sino esperar que Cuba cayera por su propio peso de fruta madura. No tardó Céspedes en percatarse de los verdaderos intereses del vecino. Aquello que Céspedes concluyó como resultado de su propia ingenuidad política, Ernesto Guevara lo definió con su: “Al imperialismo, ni un tantico así”.

La historia demuestra que solo los agresores pueden escoger a sus enemigos. Los que se defienden, jamás. Lo mismo que los amerindios no tuvieron alternativas ante la llegada de los conquistadores europeos, que a los africanos les fue impuesta la barbarie de la esclavitud, los gobiernos de los Estados Unidos le han impuesto a este país una confrontación ya histórica: bloqueo o embargo –como quieran llamarle—, atentados terroristas, persecución financiera, son hechos irrefutables que sólo se niegan a aceptar las mentes calenturientas de odio o congeladas por la ignorancia o derramadas sobre las conveniencias espurias.

El abusador necesita de la cooperación del abusado para consumar su obra de maltrechos. Hernán Cortés aprovechó las diferencias entre los aztecas y las tribus sometidas por, o contrarias a estos, para derrotar a Moctezuma. Los españoles por si solos jamás lo hubieran hecho.

Los negreros europeos usaron a los africanos de tribus rivales para cazar esclavos y alentaban las diferencias étnicas y culturales en las dotaciones para mantenerlos bajo control. Los nazis aprovechaban las diferencias ideopolíticas y antropológicas en los campos de concentración, para mantener bajo control a la población recluida.

Cuando un oprimido mordisquea la zanahoria que le brinda su opresor, y cree que con ello obtendrá las ventajas necesarias para saciar su hambre antes y mejor que sus semejantes, ese oprimido se convierte en aliado de su propio dueño. Tal es el falso ímpetu de algunos compatriotas, como el del burrito que avanza hacia la golosina que le pone al alcance su propia carga, y nunca la obtiene.

No hay que ser ni medianamente racional para darnos cuenta de que, cada error cometido por determinada estructura gubernamental o política cubana, fortalece el afán depredador de los más acérrimos e inescrupulosos adversarios de la Revolución Cubana. La pregunta es:

¿Por qué se siguen cometiendo estos errores?

El decreto 370, promulgado la semana anterior, vuelve a mostrarnos letra jurídica ambigua y oscura en el inciso que obliga a personalidades jurídicas y naturales a hospedar sus sitios webs en proveedores nacionales. Enseguida hay una reacción de los que vimos ahí una limitación al derecho que cada cual tiene de difundir información personal no lesiva para los demás, del modo y con los soportes que estime más convenientes.

Entonces acelera la maquinaria descalificadora de todo lo proveniente de Cuba. Produce en toda su gama que va, desde el choteo más contumaz, hasta los análisis en medios y redes de “expertos” y cubanólogos de la carreta. El dislate concreto sirve de referido en aras de alcanzar la zanahoria, y el burrito avanza con su triste rol de sicario virtual sobre su lomo.

Tiene la Patria de Martí un enemigo histórico que no escogió, y que no podemos soslayar. Y tenemos fabricantes de zanahorias y golosinas que, acaso sin saberlo, cooperan con el abusador, alimentan al oprimido vuelto instrumento del opresor. Hay que superar de una vez ese síndrome de la jutía y el avestruz manifiesto cada vez que un organismo –como el MICON, en este caso—, ostenta superficialidad, poco análisis de las consecuencias y falta de seriedad, al pasarse meses trabajando en la promulgación de un decreto para tener que rectificarlo al otro día en Twitter. Hay que pasar, de equivocados y reactivos, a certeros y proactivos, sobre todo, cuando esas equivocaciones son perfectamente evitables con un poco de cuidado, cultura del detalle y oído a la participación popular.

Ha de llegar el día en que aquel que calafeteó mal la trinchera, responda públicamente por su desidia o negligencia. El día en que sepamos, con nombre y apellidos, quién fue el que trajo la barredora de nieve, escribió una norma jurídica ambigua, desbarató un restaurante estatal en perfecto estado para reconstruirlo a un costo millonario… Ese día estaremos siendo como proyecto social menos vulnerable a la descalificación y las sistemáticas distorsiones de nuestra realidad porque, si bien uno no puede escoger al enemigo que lo agrede, sí puede evitar defenderse atado de manos y pies por la estupidez de los propios, aprovechada por quienes, nacidos cubanos, ponen sus ambiciones por encima de la Patria, y se convierten en los patéticos peones del enemigo.

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